SU REINO NO TENDRÁ FIN

Cielo y tierra pasarán. Las modas pasarán, las personas, por muy importantes que sean…, pasarán. Lo que hoy no da lugar a duda, mañana es suplantado por algo mejor y desaparece. Todo es pasajero y caduco, pero el Reino de Dios no tiene fin. Doy tres razones de porqué el Reino de Dios no tiene fin: la primera es porque Dios es su fundamento: de Dios arranca y a Dios va, y se realiza en la voluntad de Dios. Segunda, porque su ley es el amor; el amor es el único que construye, da solidez y firmeza. Y tercero, su reino no tiene fin porque su rey es Jesucristo, el eterno viviente.

¿Quién puede asegurar eternidad a sus cosas? ¿Qué líderes o ideologías pueden sobrevivir al paso del tiempo? Cielo y tierra pasarán…, pero mis palabras no pasarán. Todos estamos sujetos a la caducidad, todos somos pasajeros. Nosotros deseamos vivir en plenitud y para siempre, pero sólo lo alcanzamos recibiéndolo del Rey de reyes que es el Señor y dador de vida.

En el Evangelio se nos dice: ‘Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. No es un reino improvisado y, lo mejor, es que es un reino en el que se nos espera. Tal es el deseo de Dios de que formemos parte de esta historia de amor, de este Reino de paz y justicia que en la primera lectura vemos cómo Dios mismo busca a sus ovejas: buscando su rastro, saliendo al paso de las dispersas, sacándolas de los lugares donde se desperdigaron en días oscuros con nubarrones. Recogerá a las descarriadas, vendará a las heridas, curará a las enfermas, las apacentará como es debido…

Hoy podríamos tener la impresión de que el Reino de Dios está cediendo espacio y terreno a los reinos del mundo. Son muchos los que no acuden a la llamada de Dios, por eso, podemos caer en la tentación de pensar que el Evangelio no da respuesta a todos y a todo.

Algunos viven cómodamente, piensan, de espaldas a Dios. Pero, ¿es posible vivir sin Dios, sin dejar que su Reino avance en nuestra vida? De alguna forma estamos influenciados por los valores del reino del mundo: tener más, el dinero, el disfrutar sin límites de los placeres del mundo, el dejarnos llevar por las pasiones, el vivir sin límites: ‘haz lo que quieras’. Pues, me vais a permitir que sea explícito en lo que voy a decir. El ‘haz lo que quieras’ es el mal que estamos viviendo actualmente, su raíz es satánica y sus consecuencias nos destruyen como personas. Me explico. El ‘haz lo que quieras’ significa que todo está permitido: la violencia, el dominio de los fuertes sobre los débiles, la venganza, la infidelidad, el abuso de poder, el vivir desde la mentira y simulación… representa la eterna presunción del hombre que quiere ocupar el lugar de Dios y ser dios de sí mismo, siguiendo las leyes que le resultan más cómodas y tratando de satisfacer su propio placer egoísta.

La invitación del ‘haz lo que quieras’ es el viejo mito de la vida desenfrenada, que sigue cosechando víctimas entre los jóvenes y menos jóvenes. En este reino Jesús no es el Rey, pues se caracteriza por el egoísmo y por la pérdida del sentido de pecado. El mensaje que se transmite es: todo es lícito, todo es posible, todo se puede hacer si uno quiere, es el relativismo moral que impide comprender lo que es correcto y lo que está mal.

El ‘haz lo que quieras’ sus consecuencias son destructoras; Jesús es Rey y su Reino no tendrá fin, porque al ‘haz lo que quieras’ se le precede el ‘Ama’. ‘Ama y haz lo que quieras’ pero Ama. El Reino de Dios no tendrá fin porque su ley es el amor. San Juan de la Cruz tiene un verso precioso: ‘al atardecer de la vida nos examinarán del amor’. No me examinarán a ver si gané mucho dinero, o recibí muchos aplausos, o si fui grande en el mundo, ni siquiera me examinarán de las veces que vine a Misa o recé rosarios…, No, el examen de Dios será sobre el amor: ‘Tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber’. ¿Qué le diremos a Dios en ese momento? No les di de comer, pero recé mucho y sin despistarme… Te recuerdo el pasaje del ‘Buen Samaritano’; quien quedó justificado no fue el sacerdote y el levita que tenían prisa para cumplir con el precepto, con el mandamiento y rezar a un Dios que no veían, el que quedó justificado fue el samaritano que renunció a lo suyo y se puso en la frecuencia de ser útil y servir al necesitado. En este pasaje Jesús nos pone de ejemplo a un extranjero, pero además, en el evangelio de hoy no se hace mención a la identidad de aquellos a los que debemos servir y también nos habla de que llegarán a la salvación aquellos que sin conocer a Cristo supieron amar en su vida.

De nada serviría que hoy en este templo proclamáramos que Jesús es Rey del universo si luego no le dejáramos reinar en nuestra vida, en lo cotidiano en lo de cada día. Proclamar a Jesús Rey de mi vida significa que le otorgo toda autoridad y decisión y que me dejo guiar por las actitudes y valores del Reino. No puedo decir que Jesús es Rey si no amo a quien me rodea y si no perdono a quien me ofende o pido perdón a quien he ofendido. No puedo decir que Jesús es Rey si vivo apegado al dinero, si no realizo con esmero y excelencia mis trabajos, si no respeto a quien me rodea, si no soy fiel a mi esposa o esposo, si maltrato a aquellos con quienes vivo… No puedo decir que Jesús es Rey en mi vida si no practico las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, visitar al enfermo o al preso, acoger al peregrino o transeúnte…, enseñar al que no sabe… No puedo decir que Jesús es Rey si no amo siempre, a todos y en toda circunstancia.

Los reyes de este mundo son reyes con pies de barro, son y se desvanecen sin darnos cuenta, están arriba y de repente caen en el olvido. Sus palabras son interesadas siempre, nada hay gratuito, todo es fruto de una estrategia de poder. Es muy distinto al Rey que hoy proclamamos. Cielo y tierra pasarán…, pero el Reino de Dios no tendrá fin porque Dios es su fundamento, porque su ley es el amor y porque Jesucristo es su Rey, el eterno viviente. No serviré nunca a reyes con pies de barro. Algunos se venden como la solución al orden social: ‘podemos’…? Perdón, ‘podemos robar como todos, sabemos, queremos y lo haremos’. No creo en ningún radicalismo y extremismo y menos a quienes se venden como corderos con piel de lobos. No tengo nada que perder, ni ganar, pero sé que El único Rey verdadero y Señor es Jesucristo el Hijo de Dios hecho hombre por amor. El sí vino a implantar un Reino de verdad y de vida, un reino de santidad y de gracia, un reino de justicia y de amor y de paz. Discúlpenme si a todos los demás les pongo una gran interrogación. Mi único salvador es Cristo y el único que da solución a los verdaderos problemas es quien venció a la muerte y al pecado por mí, por ti y por todos. A Él la gloria, el honor y el poder. Amén.

                                                                                       P. Ángel Hernández Ayllón

DOMINGO XXXIII, CICLO A

Nos encontramos en el último domingo del Año litúrgico, previo a la celebración festiva de Cristo Rey. La Iglesia es una comunidad en espera activa del retorno de Cristo.

 El Evangelio nos muestra un hombre rico que antes de marcharse a un país, según la versión de Lucas, un país lejano, repartió sus bienes entre sus empleados: a uno le encomendó cinco talentos, a otro dos y a otro uno. Este detalle es fundamental en nuestra relación con Dios. El ‘irse a un país lejano y repartir sus bienes’ habla que Dios tiene una presencia en este mundo no de intervención directa, y que esta hacienda-propiedad de Dios queda a nuestro cuidado, nos habla de la responsabilidad que tenemos de que el Reino de Dios avance, no sólo por Gracia de Dios, sino también por el compromiso de cada cristiano en su ambiente familiar, social, laboral… Que Dios se ausente, se vaya a un país lejano y nos encomiende la tarea del Reino, es la manera de imaginar que Dios no se hace presente como el gran director del teatro de títeres del universo. Dios no dirige o interviene directamente en lo que ocurre en este mundo. Si lo hiciera ¿dónde quedaría nuestra libertad? Es verdad que nos resulta más cómodo aplicarle toda responsabilidad a Dios: ‘Dios lo ha querido’, ‘si Dios quiere’… u otras, son expresiones en las que derivamos la responsabilidad a Dios…, pero justamente la parábola de los talentos nos está urgiendo a que seamos responsables en nuestra vida y nos comprometamos en las situaciones en las que podemos y debemos intervenir. Debemos ser místicos con los ojos abiertos. Nuestra fe no nos esconde en castillos espirituales. Recordemos también el pasaje de la multiplicación de los panes y los peces: ante la sorpresa de los apóstoles Jesús les dice: ‘dadles vosotros de comer’. Sólo tenemos cinco panes y dos peces…, evidentemente no es suficiente, pero Dios completa nuestra pequeñez y pobreza, no actúa sin nuestro trabajo, no suplanta nuestro esfuerzo. Respeta nuestra libertad y cuenta con ella.

El empleado negligente y holgazán, que piensa en sí mismo, representa la religiosidad individual. No producir los talentos, aunque sean mínimos, es pensar en nosotros mismos. Lo que no se entrega, decía Teresa de Calcuta, se pierde. Por eso, nuestra fe habla de comunidad, de compromiso. No es posible esconder el talento bajo tierra, no es posible vivir la fe individualmente, privadamente: mi fe, mi intimidad, mis devociones…; la fe es personal y lo personal habla y nos dirige a la comunidad. No hablemos de ‘mi salvación’, ‘mi religión’… Hablemos de nuestra salvación pues formamos parte de un pueblo. Nos dice Pedro en una de sus cartas que ‘somos familia escogida, sacerdocio al servicio del Rey, nación santa y pueblo adquirido por Dios’ (1Pe 2, 9).

El vivir la fe con la conciencia de formar parte de un Pueblo, nos abre a una relación maravillosa que es la de los hermanos. Ser cristiano no me pone en relación con Dios olvidando la realidad en la que vivo o ignorando insensiblemente las dificultades de los que me rodean. Cuando rezamos ‘Padre Nuestro’, ese comienzo de la oración del cristiano nos está recordando dos cosas: que a Dios le llamamos Padre y por lo tanto, nos situamos como hijos, pero además, si le aplicamos el ‘nuestro’ estamos declarando nuestra condición de hermanos y por lo tanto, no podemos vivir la fe sólo unidos a Dios y ajenos a los demás, no es posible, no es cristiano.

 La segunda lectura nos urgía a que despertáramos de la modorra en la que la sociedad actual nos introduce: estad vigilantes y despejados. Es una invitación a no perder de vista la meta y el camino que estamos haciendo. No podemos peregrinar de cualquier forma y no podemos desviarnos del camino. Estar vigilantes y despejados significa que no invirtamos el valor a las cosas, que sepamos distinguir entre lo relativo y lo absoluto, entre lo bueno y lo malo; significa no olvidar que nuestra meta no pertenece a este mundo, pues todo es pasajero y caduco, estar vigilantes y despejados es no dar espacio al pecado y a todo lo que nos divide, es abrir los ojos y descubrir que el otro, el que está cerca de mí, con el que vivo y trabajo es mi hermano y que no puedo crecer y madurar sin él. Estar vigilante y despejado es no vivir en la mentira de confundir lo urgente con lo importante o lo que tiene precio con lo que tiene valor, es descubrir a Dios como meta y guía en la vida. 

Hoy ponemos nuestra mirada en la Iglesia Diocesana y en la Iglesia necesitada y perseguida. Lo Diocesano me habla de que formo parte de una familia, una porción del pueblo de Dios; existe un vínculo fuerte que me une a aquellos que forman parte de mi diócesis: el obispo nos une como principio visible y fundamento de unidad… Hay momentos donde nos cuesta salir de nuestros particularismos, de nuestros grupos y corremos el peligro de olvidar que formamos parte de un cuerpo, de una historia, de una familia. Oremos hoy por la Iglesia Diocesana que nos engendra y alimenta en la persona de nuestro obispo y de toda la riqueza espiritual que en ella se encuentra. Oremos para que nuestras diócesis sigan siendo lugares donde el Evangelio se encarna y se transmite, donde la Palabra de Dios resuena y purifica, donde la Eucaristía se parte como alimento, donde la gente encuentre consuelo y apoyo.

A la Iglesia Necesitada y Perseguida la ponemos también en medio de nuestras intenciones y oramos en esta Eucaristía por las dificultades de tantos hermanos y comunidades que sufren la necesidad y la persecución. Que el Dios de la paz y la Vida que nos congrega en familia nos bendiga y cuide a todos. Amén.                     

 P. Ángel Hernández Ayllón.

Juan Pablo García Maestro: ‘Un nuevo modelo de parroquia en la Exhortación ‘Evangelii Gaudium’ del Papa Francisco’.

Un nuevo modelo de parroquia en la Exhortación Evangelii Gaudium del Papa Francisco.

Fue una auténtica bendición y una gran ayuda en nuestro caminar como comunidad parroquial el tener a Juan Pablo García Maestro el pasado sábado en nuestra parroquia.

En la ponencia que compartió con nosotros, “El nuevo modelo de parroquia en la Exhortación Evangelii Gaudium” del Papa Francisco, Juan Pablo, profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca y teólogo, querido amigo para esta comunidad, nos dio una visión global y muy precisa de cuáles son las tareas prioritarias para la Iglesia y las comunidades particulares, según el Papa: relanzar la misión, reafirmar y expresar la identidad del cristiano partiendo de Cristo muerto y resucitado, reformar la institución eclesial y reencantar y seducir con la vida y la misión de los cristianos.

Refiriéndose al ámbito de las parroquias, los nuevos movimientos y las comunidades de base, hizo hincapié en la importancia de la conversión personal y comunitaria, el sentido de ‘conversión pastoral’ y la importancia de la actitud del pastor en las comunidades, para que las parroquias sigan siendo estructuras vivas, plásticas, que sean lugares de creatividad misionera y de reforma y adaptación constante, de fusión con la realidad, con la gente, para ser más eficaces en su misión.

Según García Maestro, la Exhortación Evangelii Gaudium es sencillamente un programa de vida, pastoral, para toda la Iglesia Universal, un programa que está bien descrito y reflejado en las Bienaventuranzas, en el que el Papa llama a que la Iglesia sea una Iglesia de los pobres, en la que éstos sean los primeros, una Iglesia formada por cristianos (ordenados y laicos) corresponsables, que sea una Iglesia en salida, una Iglesia que ‘primeree’, es decir, que se adelante, que vaya al encuentro de los demás, de los alejados, de los excluidos, de los no creyentes. Sin temer que esto nos lleve a convertirnos en una Iglesia de ‘minorías’. Una Iglesia que demuestre que está cimentada en la misericordia.

Al igual que hiciera Francisco de Asís, el Papa Francisco ha relanzado el concepto de ‘hermano’, concepto básico, esencial y motor del ser cristiano, en una vuelta a Jesús de Nazaret, a quien el teólogo Dietrich Bonhoeffer definía como ‘un hombre para los demás’. Jesús es  un hombre para los demás, y así hemos de ser nosotros.

En el campo ecuménico e interreligioso, nos transmitió la necesidad de no absolutizar nuestro concepto de Dios, escuchar, dejar que el otro también hable. Y ‘primerear’ también con ellos, acercarnos nosotros primero, tomando la iniciativa. Ante los no creyentes, manifestó su opinión de que hemos de provocar preguntas, más que dar soluciones. Plantear en la sociedad el porqué de la muerte, del dolor, del ‘después’ de la vida… Es decir, volver a poner a la Humanidad ante preguntas radicales, que nos abran a la verdadera vida.

Y, como siempre, también nos planteó desafíos, abordar la formación de una manera seria, una formación que tenga en cuenta la realidad misma, cuestionarnos nuestra manera de orar, de celebrar, descubrir realmente a quién servimos, analizar nuestras fortalezas y debilidades para ser testimonio vivo de ese Jesús que sale al encuentro de la gente, trabajar en el descubrimiento de los pasos a dar para ser realmente parroquias en salida.

Concluyó recordándonos que estamos llamados a transformar, y para ello hemos de tomar muy en serio el conocimiento del mundo, los fenómenos de la inmigración, situación política, económica, social, la relación con el Islam, con los mass-media… para poder hacer lectura de los acontecimientos desde la fe.

Celebración de la santidad en las calles de Soria.

El pasado viernes 31 de octubre y el sábado 1 de noviembre, organizado por la Vicaría de Pastoral de la diócesis de Osma-Soria, realizamos en la Plaza de San Esteban de Soria una preciosa celebración de la santidad. Mediante un pequeño espectáculo de marionetas, presentamos las figuras de San Francisco y Santa Clara de Asís y Santa Teresa de Jesús.

Con bellas y animadas canciones, breves perfiles y el testimonio y las palabras de estos santos, fascinantes testigos de la fe, llevamos la alegría de Jesús y su luz y vida desbordante a las calles de nuestra ciudad, Soria, tan necesitada de esperanza.

Aquí mostramos algunas de las fotografías de este encuentro-celebración de la santidad y la vida. Porque Jesús es nuestra vida, Jesús es  la VIDA.

 

Domingo XXX. Ciclo A

Todos somos muy dados a proteger nuestros derechos, aunque a veces, algunos con bastante frecuencia, olvidan sus obligaciones. Algunos omiten sus responsabilidades laborales haciendo mediocremente sus trabajos, faltando a la puntualidad… Conocemos funcionarios que pasan más tiempo tomando su cafetito que cumpliendo con sus obligaciones profesionales, pero que ante un recorte salarial o cualquier aplicación que les exija reducir ‘sus derechos’ y ampliar ‘sus obligaciones’ o al menos realizarlas con mayor control, ponen el grito en el cielo.

La primera lectura del Éxodo es del mismo libro en el que Dios traza una alianza con los hombres: ‘Seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo’. Pero, como en toda alianza, aquí también hay condiciones: ‘No oprimir ni abusar del forastero, no explotar a viudas y a huérfanos…, pues si los explotáis y ellos gritan a mí, yo los escucharé, se encenderá mi irá y os haré morir’. Dice más: ‘si prestas dinero, no seas usurero cargándole intereses… Si el pobre grita, yo lo escucharé’.

Algunos piensan que estas advertencias no tienen consecuencias, pues se agarran a que ‘Dios es misericordioso’ y…, se amparan en la misericordia de Dios, tratándole como el abuelo que nada niega a sus nietos, porque desconocen todo lo que dice la Palabra de Dios: ‘si los explotáis y ellos gritan a mí, yo los escucharé, se encenderá mi ira y os haré morir’. En estos años, ha habido gente que ha actuado fuera de la ley y ha abusado de aquellos que ‘a toda costa’ buscaban trabajo para vivir. Algunos han hecho contratos atentando contra la dignidad de las personas y contra la justicia social; han abusado de las personas: les han exigido trabajar duramente en condiciones pésimas, mal pagados y algunos incluso sin contratos, sin seguridad social… Este tipo de personas tienen que saber que todo tiene sus consecuencias y que a Dios no se le pasa por alto las injusticias que ofenden y atentan contra la justicia. Si es cierto que Dios se ablanda ante un corazón arrepentido, pero no es menos cierto que Dios actúa con severidad ante las injusticias que se comenten contra los pobres.

¿Qué decir de las expulsiones en caliente en Ceuta y Melilla o de los enfermos de ébola en países africanos o de los desahuciados, o de los parados, o de los abortos…? Desgraciadamente son muchas las situaciones en las que actualmente el hombre y su dignidad quedan en entredicho. Pero, no pensemos que Dios pasa por alto ese tipo de comportamientos, pues Jesús expresó cuál es el verdadero culto que le debemos a Dios: ‘misericordia quiero y no sacrificios’.

En la época de Jesús los judíos tenían 613 preceptos que cumplir (y una buena memoria para recordar semejante lista). 248 eran preceptos positivos y, el resto, 365 eran prohibiciones: ‘no harás…, no harás… y no harás’. Vivían enredados en esa casuística. Podemos entender entonces que un doctor de la Ley se acerque a Cristo para tentarle con preguntas trampa. El domingo pasado veíamos cómo le planteaban ‘si era lícito pagar el tributo al César’. Y ahora le presentan otra pregunta, referida a las leyes: ¿Cuál es el principal de los mandamientos? ¿De los 613 cuál es el más importante?

Es complicado ¿verdad? Seleccionar entre 613 preceptos y dictar cuál es el principal. Por eso, los judíos lo más que lograban era dividirlos entre preceptos pesados y preceptos ligeros. Cristo es tajante y les dice: ‘Este es el primero y en el cual se funda toda la revelación de Dios. Habéis enredado la revelación del Señor de modo que ya ni se entiende, porque habéis hecho leyes de hombres en vez de la ley de Dios. Echemos abajo todos estos mandamientos humanos. Fijaos en lo principal. Este es el principal mandamiento: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser. Y el segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo’.

Lo original de Cristo no es decir que el principal mandamiento es amar a Dios, sino que puso en el mismo nivel ‘el amor al prójimo’ y la regla que dispuso fue ‘como a uno mismo’. Esto sí es original del cristianismo: tenemos que amar al prójimo como amamos a Dios, y no podemos separar estas dos direcciones del amor.

Hay quienes han olvidado amar a Dios y al prójimo y, tan sólo se aman a sí mismos; un amor propio que les lleva a negar a Dios y a enfrentarse con el prójimo, o a olvidarlo que es otra forma de golpearlo con el desprecio y la indiferencia.

Están también quienes entran en las iglesias, se comen a los santos, cumplen minuciosamente los preceptos y mandamientos de la Iglesia, pero, después olvidan sus obligaciones con el prójimo y pasan a su lado sin ningún tipo de sentimiento ante sus dificultades, sin empatía, sin mover un músculo para socorrerle.

Muchas veces hemos dicho que no es posible celebrar la Misa el Domingo con mucha devoción y vivir una semana cometiendo injusticias u omitiendo salir al encuentro de los necesitados. Jesús nos lleva a una vivencia de la fe en la que Dios es fuente y, a Él le debemos toda la Gloria, el Honor y el Poder, pero también nos enseña y nos lleva a reconocer en el prójimo la aplicación práctica de una fe que no nos puede esconder lo que vivimos o anestesiar ante tantas realidades humanas de dolor. Algunos se quedan tan anchos cumpliendo el mandamiento de acudir a Misa todos los domingos, pero no tienen ningún problema de pasar por alto las necesidades humanas cercanas a su vida; comulgan con toda devoción, con los ojos cerrados y con las manitas juntas, pero continúan con los ojos cerrados ante las necesidades de los demás y con las manos juntas inactivas e insolidarias.

¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley? Si la gloria de Dios es que el pobre viva, el mandamiento principal de la Ley es cuidar a quien vive una vida indigna, golpeada por la necesidad material o espiritual. Qué terrible tiene que ser luchar por llegar a fin de mes, o sacar a los hijos adelante con recursos escasos. Qué terrible vivir sin trabajo, hipotecado, desahuciado, con enfermedades terminales, en soledad; qué terrible vivir en pecado, sin conocer a Jesús, siempre con malas noticias; qué terrible vivir las cárceles de las adicciones: la droga, el alcohol, el sexo; qué terrible vivir la soledad o la violencia o el desprecio dentro del matrimonio o la familia… No seamos ingenuos para pensar que no hay necesidad a nuestro alrededor. Esas son las mentiras a las que nos acostumbran nuestros políticos, que suelen barrer ante ciertas visitas y meten la basura debajo de la alfombra. Sí hay necesidad, sí hay personas que están fuera de los límites sociales, sí es necesario que adoremos a Dios en la carne débil y golpeada de nuestros prójimos. Sí podemos adorar a quien tenemos a nuestro lado, dedicándole tiempo y cariño en sus necesidades y nuestros bienes si fueran necesarios. El diezmo no es dar de lo tuyo, sino devolver al pobre lo que le pertenece.

Es curioso que los políticos y otros piensan que las soluciones a los problemas sociales tienen que ser técnicas o económicas. La propuesta de Jesús es más sencilla y real, va a lo esencial: amar y amar; en tres direcciones: a Dios, al prójimo y a nosotros mismos. Amén.                                                                                      P. Ángel Hernández Ayllón

Dad frutos agradables a Dios

Domingo XXVII. Tiempo ordinario. Ciclo A.

Dad frutos agradables a Dios

Comienzan las lecturas con un pensamiento de amor y ternura: ‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña’. Sintámonos arrullados por ese canto de amor y acojámoslo no como extraños, sino como protagonistas de ese amor.

El Señor plantó la Iglesia en el mundo como una viña. Nos dice la Palabra que la entrecavó, la descantó y plantó buenas cepas… la cuidó con cariño, con esmero, con dedicación…, y esperó que diese uvas, sin embargo dio agrazones… Nos podemos interrogar nosotros ¿qué es lo que Dios espera de nosotros? Como Iglesia, la viña de Dios, ¿estamos dando los frutos esperados por Dios? La segunda lectura, nos sirve de examen de conciencia, pues nos habla de posibles frutos que debemos dar: ‘todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta’. 

En el Nuevo Testamento encontramos dos textos donde se nos urge a que demos frutos agradables a Dios: ‘El Espíritu da frutos de amor, alegría y paz; de paciencia, amabilidad y bondad; de fidelidad, humildad y dominio propio’ (Gálatas 5, 22-23), ‘…debes ser un ejemplo para los creyentes en tu modo de hablar y de portarte, y en el amor, la fe y la pureza de vida’ (1Timoteo 4, 11-12).

¿Cuáles son los frutos de nuestra vida? Por vuestros frutos os conocerán (Mateo 7, 20). ¿La gente identifica que somos cristianos por nuestra forma de vivir? El pasado martes entré a un bar para que retiraran un coche que habían aparcado en la puerta de los salones y, al entrar, había un grupo de personas conocidas que me insistieron que tomara algo con ellos. Al final me quedé y tomé un té. Una de las personas, aprovechando que había un cura delante, me espetó, con normalidad y una sonrisa en los labios, que estaba viviendo en pecado. Lo dijo sin ningún arrepentimiento y sin ningún dolor; sin embargo, a renglón seguido, me hacía propaganda ponderando mis virtudes -según ella- y animando a que todos fueran a mi parroquia… ¿Cómo vivimos nuestro bautismo? ¿Cómo cuidamos la viña de Dios en nosotros? Hay una desidia y mediocridad espiritual que en algunos casos es culpable, pues viven su situación irregular, y por lo tanto de pecado, sin ningún pudor y alardeando públicamente de ello. Es posible que, en algunos, haya más de estupidez que de maldad, pero en cualquier caso no creo que sea justo jugar con nuestra salvación, y menos, despreciar la sangre que Jesús derramó en la Cruz para liberarnos de nuestros pecados.

Como Iglesia no podemos aspirar a una religiosidad de cumplimiento, a una gracia barata en la que nos conformamos con los mínimos y siempre buscando rebajas, no podemos pretender tener influencia social…, hay actitudes que tenemos que purificar. Nos dice el Evangelio que el propietario de la viña, envió a sus criados a percibir los frutos que le correspondían. Si el Señor viniera repentinamente para solicitar los frutos de nuestra vida, ¿qué le daríamos?

Otra idea que nos transmite el Evangelio es que la propiedad privada ha de estar sometida al ‘destino universal de los bienes’. No es justo que unos pocos se apropien indebidamente de los bienes que pertenecen a todos, por eso, el propietario de la viña reclamaba los frutos que le correspondían, pero quienes se habían apropiado de ellos no querían desprenderse y para ello, como hemos escuchado en el Evangelio, llegaron hasta matar. ¿Qué estamos haciendo actualmente? Morir de hambre, con los medios que tenemos, es morir asesinado. Todo tiene sus niveles y grados. Si miramos a los ricos del mundo, a los políticos, a los futbolistas de élite…, a todos aquellos que acumulan cuantiosas riquezas, es cierto que se convierten en verdugos sin misericordia de muchos millones de personas que carecen diariamente de lo básico para sobrevivir. No hay derecho a tanta desigualdad, no podemos seguir alimentando una economía que mata y margina. Pero, analicemos nuestras vidas, pues a un nivel inferior y más pequeño quizás estemos haciendo uso de los bienes, aunque sean ‘los nuestros’, de una forma un tanto irresponsable e insolidaria. 

Los frutos que Dios espera de la viña plantada son el derecho y la justicia. Dar los frutos que Dios espera de nosotros es fomentar y cuidar el Reino de Dios en la tierra y hacer posible que los valores del Reino triunfen ante el egoísmo y la sinrazón. 

No vivamos un cristianismo de pantalla. Ahora mismo, hace mucho daño la falta de testimonio de aquellos que han sido bautizados y viven de cualquier forma, exponiendo la vida de gracia y viviendo sin darle importancia al pecado y a actitudes y comportamientos que van en contra de la fe. No podemos jugar a disfrazarnos de cristianos los domingos y vivir durante la semana olvidando, cuando no negando, los ideales del Evangelio. ¿Es posible ser cristiano y ser infiel a mi mujer o marido? Pues no. ¿Es posible ser cristiano y poner mi corazón en las riquezas a costa de pisar al de al lado y acumular y ahorrar siendo insensible a las necesidades básicas de los que me rodean? Pues no. ¿Es posible ser cristiano reduciendo mi fe a un cumplimiento dominical y olvidando a Dios en todo mi quehacer diario? Pues no. ¿Es posible ser cristiano manteniendo hábitos de diversión en los que todo vale, consumiendo de todo, flirteando con todos y no poniendo freno y moderación a los deseos y pasiones? Pues no. ¿Es posible ser cristiano y vivir una vida sin compromiso, preocupados sólo del más allá, olvidando el más acá? Pues no. ¿Es posible ser cristiano sin respetar y amar a la Iglesia? Pues no. ¿Es posible ser cristiano y dar la espalda a los más inocentes y necesitados, a los no nacidos y ancianos? Pues no… 

Debemos vivir como cristianos en los ambientes en los que nos movemos y hacerlo con la alegría propia de los hijos de Dios. Hace unos días un conocido que quiere casarse, lo va a hacer civilmente y alguien le sugirió que le casara yo por la iglesia, a lo que el muchacho contestó que por la Iglesia no; ante tal negativa alguien me dijo que le presionara un poco. Mi contestación fue clara y precisa: un matrimonio por la Iglesia obligado es un divorcio seguro. Prefiero que viva ‘en pecado’ pero que no se viva la fe obligadamente y por necesidad impuesta. Es una pena ver el panorama eclesial y la situación de muchos bautizados que han sido sacramentalizados por rutina, por inercia, por tradición…, y que ahora son indiferentes, cuando no contrarios a lo que la Iglesia les propone. La fe cristiana se debe transmitir por atracción, por seducción…, nunca por imposición. Nos sobran cristianos de nombre y nos hacen falta cristianos ‘de verdad’ de los que dan fruto, el fruto que Dios espera.

Querido hermano, hermana, tenemos la oportunidad, que es también obligación y desafío, de vivir santamente nuestra vida, dando lo mejor de nosotros mismos, viviendo con compromiso nuestro bautismo. Dar fruto en la vida, es vivir con compromiso la vida, sin perder la tensión de saber que un día nos presentaremos ante Dios y le daremos cuenta de todo lo que hemos vivido. El Señor envió a su Hijo para animarnos a vivir nuestra vida eucarísticamente, es decir, entregando nuestro cuerpo y derramando nuestra sangre por todos aquellos que siendo hijos de Dios están llamados a vivir en la verdad. Que tu vida dé fruto abundante, no te conformes con ir tirando de sensación en sensación. Amén                             P. Ángel Hernández Ayllón.

Reflexiones ante la retirada del anteproyecto de reforma de la ley del aborto.

DOMINGO XXVI. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A.
“Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió”. Estas palabras del profeta Ezequiel, seguro que para algunos no representan nada. Esos algunos son aquellos que han perdido el “Temor de Dios” y el respeto a la dignidad de la persona humana. La Palabra de Dios en proverbios nos dice que: ‘quien cierra sus oídos a los gritos del pobre, no obtendrá respuesta cuando le toque gritar a él’ (Prov 21,13).
Algunos viven su vida con un horizonte totalmente materialista. Hace unos días cuando nuestro Presidente retiró el anteproyecto de reforma de la ley del aborto, muchos pusimos en duda su “lealtad” y su palabra, que se desdice de una de las líneas de su programa electoral y lo hace por la presión del algunos y por la previsión de los votos que puede perder o conseguir con esta maniobra maquiavélica. No me fío de quien dice ‘digo y luego diego’ por interés y de quien sigue pensando que España va bien debido a la prima de riesgo y a otros criterios macroeconómicos que no impiden evitar la desigualdad y la penuria económica de muchas familias y de muchos parados, que se tienen que consolar con las adulaciones de Alemania, a pesar de los más de cinco millones de parados.
Tengo que felicitar a D. Alberto Ruiz Gallardon, ex-Ministro de Justicia por su honestidad al dejar paso a quienes a la política, un servicio honorable al bien de todos, la han convertido en estrategia para llegar a lo más alto, aunque ello les obligue a ir en contra de los principios e ideales… Perdón, olvidé que para estar en lo más alto, los principios e ideales se convierten en ideología de partido y en interés “puro y duro” de conseguir más escaños a “costa de todo”. Pues bien, como cristiano, mi única guía de navegación es la palabra de Dios, por eso creo firmemente que: “cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió”.
Es posible que a nuestro legítimo presidente le importe poco todo esto y piense que mientras esté arriba “todo vale”. Hasta el momento pensé que de políticos como Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Cayo Lara o Gaspar Llamazares, no se podría esperar otra cosa más que se manifestarán a favor del aborto, pero veo que las diferencias son mínimas.
Alguno puede pensar que estoy haciendo política, pero nada más lejos de la realidad, no es política de partido, lo que ocurre es que sí creo que el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia pueden y deben iluminar las situaciones sociales que nos toca vivir. A más de un político le encantaría que desde la iglesia evitáramos valorar y publicar sus miserias, golferías y omisiones y, es verdad, nadie está libre de pecado, pero lo cierto es que si la Gloria de Dios es que el pobre viva…, me van a permitir que señale con el dedo y diga que el pobre está siendo golpeado con leyes injustas que atentan contra la vida, contra el derecho al trabajo, contra la sanidad…
Por principio, la Iglesia nunca se ha definido políticamente y en su doctrina social ha hablado del peligro tanto del comunismo-socialismo como del capitalismo. Es cierto que el comunismo-socialismo ha perdido la referencia del hombre a Dios y, con ello, oculta la realidad del pecado y de la gracia, del perdón y de una vida posible a partir de la misericordia de Dios. Ahora bien, el capitalismo es otra enfermedad, tan perniciosa, pues también se niega a Dios y representa el ansia desenfrenada de riqueza personal elevada a la condición de principio único de la acción humana.
¿Dónde queda Dios en todo esto? ¿Y el hombre?, ¿y el necesitado?, ¿y el no nacido?, ¿y el parado?, ¿y el inmigrante?, ¿y el enfermo raro no rentable?… El único en quien confío es en Dios, mi Señor y Salvador, y en el único en quien puedo esperar es en Él; no son de fiar quienes van detrás ‘del sol que más calienta’ y son capaces de vender ‘lo más preciado’ para conseguir ‘treinta monedas de plata’.
La Palabra de Dios nos dirige a cumplir el derecho y la justicia. La justicia ha de ser la primera cualidad en el ordenamiento social. Además, Dios quiere la justicia, pues manifiesta su identidad: ‘Yo soy el Señor, vuestro Dios, que implanta en la tierra la lealtad, el derecho y la justicia, porque en eso me complazco’ (Jeremías 9, 23). Si la justicia identifica a Dios, eso quiere decir que practicar el derecho y la justicia equivale a conocer a Dios y, es claro que dar la espalda a un inocente no nacido equivale a vivir injustamente, a no conocer a Dios, a no esperar nada de él y a vivir más por interés que por amor.
Los que seguimos a Jesús sabemos que renunció al poder como autoridad, como imposición…; sabemos que se acercó y tocó a los pobres, que defendió a los oprimidos, que se puso de parte de los pequeños y excluidos, sabemos que entregó su tiempo y su vida a la causa del Evangelio, como Buena Noticia, como revolución del amor donde el más pequeño tiene voz y se valora en su dignidad.
Me vais a permitir que traiga al respecto unos principios de la Doctrina Social de la Iglesia. El primero es ‘que la autoridad debe emitir leyes justas conformes a la dignidad de la persona humana y a la recta razón’, de lo contrario, cuando las leyes agreden a las personas y son irracionales, cesan de ser leyes y se convierten en actos de violencia. Cuando una ley no actúa en orden al bien común, desatiende su fin propio y por ello mismo se hace ilegítima. El segundo principio es ‘que es legítimo resistir a la autoridad en caso de que ésta viole grave y repetidamente los principios del derecho natural’. Jesús censuró todo tipo de violencia física o estructural, pero la paz evangélica y la verdad no excluyen un determinado tipo de resistencia, como mínimo verbal, contra aquellas personas que no quieren la justicia. Por ello, el cristiano debe amar a todos, pero no a todos del mismo modo: al oprimido se le ama defendiéndolo y liberándolo; al opresor, acusándolo y combatiéndolo’.
La decisión del gobierno en esta cuestión es un error por dos razones: la primera es que España tiene una población muy envejecida, por lo que si no se apoya y defiende la vida por razones ético-morales, debería defenderse por razones demográficas, de población; además nadie se cree que apoye la familia y la infancia y a la vez mantenga y defienda leyes antinatalistas. Es un error no sólo político, sino racional y lógico.
Quiero concluir dirigiéndome al Sr. Rajoy, aun cuando sé que estas palabras no le llegarán ni le afectarán. Uno de los mayores riesgos para las democracias actuales es el relativismo ético, que niega la existencia de criterios objetivos y universales a la hora de establecer el fundamento y la correcta jerarquía de valores. Más aún, una autoridad ejercida por personas incapaces de asumir auténticamente como finalidad de su labor política el bien común y sí el prestigio o el logro de ventajas personales…, no es de fiar.
Animo a todos los cristianos y gente de bien que sin miedo y convicción defendamos los valores y principios que desde la política de partido se están negando y maltratando. Seamos políticos, es decir, intervengamos en lo público, en lo que a todos nos pertenece y no tengamos miedo a movilizarnos, a manifestarnos, a expresar públicamente con respeto que estamos a favor de la vida, de la dignidad de todo ser humano, en contra de toda violencia y de parte de los más débiles e indefensos.
Al declarar estas palabras, desde este lugar, soy consciente del atrevimiento y de la posible crítica por parte de algunos, pero prefiero cargar con esa crítica y no con la de tantos inocentes que mueren por la desidia, la cobardía, el abandono, el interés partidista y por leyes tan inhumanas. Nunca entenderé ni aceptaré que el aborto sea derecho; el único derecho no puede ser matar, sino vivir. El verdadero progresismo no es el que mata y perjudica a su especie y a los más inocentes, sino el que educa en los valores de respeto a la vida y cuida de los más débiles. A pesar del tono y del contenido, la Palabra de Dios termina con esperanza diciendo que ‘si el malvado recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá’. Amén. P. ÁNGEL HERNÁNDEZ AYLLÓN.

Entrevista a Pablo d’Ors – ABC, 1 de septiembre de 2014

Su «Biografía del silencio» lleva vendidos 20.000 ejemplares y está a punto de ser traducido al italiano. Es capellán en el Ramón y Cajal, donde asiste a los moribundos. Sopesa en silencio cada pregunta, pero una vez comprendida se lanza con claridad y precisión a responder, escandiendo las palabras de forma impecable, casi como si fueran versos de un poema que escribe en el aire, versos que tuviera muy pensados, pero que no por ello dejan de estar muy vivos.

Hablamos con Pablo d’Ors (Madrid, 1963) en su casa del madrileño barrio de Tetuán. Una casa-torre que hubiera agradado a Montaigne: santuario y biblioteca, capilla y reducto, espacio acogedor y lugar donde entregarse a la meditación. El silencio era tan extraordinario aquel primer domingo de agosto que parecía como si el mundo hubiera cristalizado en torno a nosotros. No había viento. No hacía calor. Las nubes, escasas, parecían haberse también detenido sobre el cielo de una ciudad poblada por tal vez cuatro millones de almas de las que casi no sabemos nada. Para escuchar. Un arte que practica este singular sacerdote y escritor, autor de libros que es difícil abandonar una vez que se entra en ellos: desde «El estreno» a «El amigo del desierto», desde «Andanzas del impresor Zollinger» a «El olvido de sí». No es raro por lo tanto que confiese mirando a los ojos que para él «la atención es la virtud por excelencia».

—¿Cuál es el estado general de su ánimo en este momento?

—Yo soy un entusiasta melancólico, y ese es en general mi estado de ánimo: el entusiasmo y la melancolía.

—Al inicio de su «Biografía del silencio» estampa un poema de Simone Weil, uno de cuyos versos reza: «Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención», y en los primeros compases, en la página 13: «como diría Simone Weil, no hay arma más eficaz que la atención». ¿Por qué? ¿Cómo de eficaz es ese arma?

Además de la memoria, los niños deberían ejercitar la atención
—Es la virtud por excelencia, para mí la atención es la virtud por excelencia. Creo que igual que cuando somos niños nos enseñan a ejercitar la memoria, deberían también ayudarnos a ejercitar la atención. Porque la atención es la manera de estar presentes al presente, a lo que sucede. Cuando estamos atentos, sabemos que vivimos; cuando estamos despistados o sin atención, no sabemos dónde estamos, ni lo que hacemos, ni lo que hemos hecho. Mi fascinación por la virtud de la atención ha ido creciendo estos últimos años. En este momento de mi vida se ha convertido en algo primordial. La atención es tanto como ser consciente, y yo lo pondría en la jerarquía de virtudes como la número uno.

—¿Cuándo descubrió a Simone Weil?

Me interesa la gente que no se puede comparar con nadie
—La leí hace muchísimos años, cuando estudiaba filosofía, pero realmente ha sido en esta última década cuando la he leído más a fondo, porque es ahora cuando he tenido un interés más fuerte por la dimensión mística de la vida. Ella, a mi modo de ver, es una de las figuras emblemáticas no solamente del feminismo, que eso es obvio, sino de la espiritualidad en el siglo XX. Es un icono extraordinario, porque no solamente tiene un pensamiento originalísimo, inclasificable, inédito en la historia del pensamiento y de la literatura, sino que su propia vida es paradigmática. Es una mujer que no se parece a nadie. La gente que me interesa más es la gente que no se parece a nadie, porque ¿con quién puedes comparar a Simone Weil? ¿Con quién puedes comparar a Charles de Foucauld o a Gandhi? Y ¿por qué me interesa la gente que no se puede comparar con nadie? Porque han hecho la aventura de ser ellos mismos. No se ajustan a ningún patrón, sino que hacen una cosa muy rara, que es escucharse a sí mismos. Y una cosa todavía más rara, que es obedecerse a sí mismos. Y una cosa que es el colmo: convertir esa obediencia y esa escucha en estilo de vida. Eso es, precisamente, lo que hace que la biografía de Simone Weil sea maravillosa.

—¿Por qué es tan difícil quedarse en silencio, quedarse a solas con uno mismo?

El silencio es un espejo de lo que somos, y lo que somos no nos gusta
—Porque el silencio es un espejo de lo que somos, y lo que somos no nos gusta. Por eso huimos de ello. Esta es la principal dificultad del silencio, o de la práctica del silenciamiento, podríamos decir. Estamos en una sociedad, en un mundo, en el que cada vez hay más ruido, más dispersión, más incapacidad de concentración o de atención, como decíamos antes. Por eso el silencio se ha convertido en el principal desafío. Cuando uno empieza a practicar la meditación, lo primero con que se encuentra son las inquietudes corporales, lo segundo son las distracciones mentales, y lo tercero las heridas del alma. Tanto las inquietudes, como las distracciones, como las heridas nos ponen progresivamente más y más nerviosos, y de ahí que huyamos del silencio.

—¿Qué clase de sacerdote es usted? [Ante algunas preguntas, como esta, Pablo d’Ors esboza, en completo silencio, una sonrisa, que se le dibuja primero en los labios, después en los ojos. Piensa y un instante, y habla]

Soy un pontífice, un hombre que tiende puentes
—Pues soy un pontífice, es decir, un hombre que tiende puentes. Así he entendido mi sacerdocio desde que era muy joven. Yo me ordené a los 27 años, y así lo sigo entendiendo hoy, incluso diría que cada vez más. Puente entre el mundo y Dios, entre la Iglesia y la sociedad, entre el arte y la religión, el cristianismo y el budismo, y hasta entre la vida y la muerte, puesto que trabajo en un hospital como capellán de enfermos, y me toca ser partero a la vida eterna. Estar en esa frontera, en esa mediación, es lo que siento como mi vocación más profunda.

—¿Y qué clase de escritor?

Soy un hombre enamorado del silencio, la palabra y la acción
—Yo era un hombre enamorado de la palabra y ahora, supongo que por la madurez, soy un hombre enamorado del silencio, la palabra y la acción. Porque creo que las tres son importante, y las tres definen a la persona. Un hombre logrado sería aquel que trabaja y da lo mejor de sí en estos ámbitos, en la palabra, el silencio y la acción. Yo me defino como un escritor cómico, místico y erótico. Pueden parecer cosas contradictorias, pero no lo son en absoluto, sino que van completamente ligadas. Mis temas son siempre el cuerpo y el alma, y si esto se puede afrontar de una manera lírica y cómica, pues tanto mejor. Lírica porque abre paisajes a la capacidad de ensoñar y de imaginar de los lectores, y cómica porque yo creo que el humor es la manera más elegante de ser humilde, y porque en un mundo tan grave como el nuestro, la ligereza es casi no solamente una virtud sino una necesidad.

—¿De qué tenemos tanto miedo?

Tenemos miedo de nuestras sombras
—En parte he respondido antes cuando he dicho de nosotros mismos. Tenemos miedo de nuestras sombras, de nuestra oscuridad, que está ahí. Porque el hombre no es solamente verdad, belleza y bien, como nos gustaría ser, sino que somos también codicia, ambición y vanidad: codicia en el tener, ambición en el poder y vanidad en el aparecer. Esas sombras, que también nos constituyen, nos dan miedo. Pero la aventura humana consiste justamente en redimir esas sombras. Redimir, que es una palabra genuinamente cristiana, significa cambiarlas de signo. Sin dejar de ser negativas, pierden su veneno y sirven para construirnos. De este modo, lo que se presenta como una adversidad se convierte en una oportunidad de crecimiento. Esas sombras, y esto es lo que se trabaja en la meditación, pueden ser ocasión de de realización humana. Es más, son el camino. Amor y dolor no son cosas distintas y opuestas, sino que son las dos caras de la misma moneda.

—¿Cuánto daño ha hecho y sigue haciendo el amor romántico en nuestro mundo occidental?

El amor romántico ha hecho mucho daño en Occidente
—Pues mucho, mucho daño. Quizás sea el último mito restante en Occidente: pensar que la pareja va a darnos la felicidad. Creo que es un error buscar la felicidad, y ello porque la solemos identificar con el bienestar. Lo que más bien deberíamos buscar –al menos, es lo que yo busco– es la plenitud, que es distinto, y que significa vivir intensamente aquello que te toca vivir. El amor romántico significa proyectar en alguien tu realización personal. No debe uno proyectar en nadie ni en nada la realización personal, sino solamente en sí mismo. El otro, la pareja, sería alguien con quien compartir esa búsqueda o esa entrega, pero no, ciertamente, aquel que te va a colmar esa expectativa.

—Después de todo el tiempo que lleva meditando, ¿se conoce de verdad a sí mismo, conoce su conciencia mejor que la palma de su mano?

Cuanto más medito, más misterioso me parezco
—[Suspira, antes de decir] Cuanto más medito, más misterioso me parezco. Esa es la verdad. Incluso podría decir, menos me conozco. Pero menos nervioso me pone ese desconocimiento, es decir, mejor convivo con ese misterio que soy. Yo creo que meditar es entrar en la nube del no saber, y que ese no saber no nos inquiete, sino que aprendamos a convivir en él de manera serena.

—Dice que «vivir es transformarse en lo que uno es». ¿Cuándo se sabe que uno se ha transformado en lo que es?

¿Cuándo sabe un manzano que es un manzano?
—¿Cuándo sabe un manzano que es un manzano? Cuando da manzanas y alimenta a la gente que está a su alrededor. ¿Cuándo sabes que tu vida está siendo lo que tiene que ser? Cuando estás cumpliendo aquello para lo que has venido. Cuando das frutos y la gente come de esos frutos y es feliz porque les has dado de comer.

—¿Qué reforma considera más urgente para la sociedad española?

—[Vuelve a suspirar, con algo que parece impaciencia, y tal vez lo sea] Pues quizá la educación. Yo creo que no está bien planteada desde la base. Seguimos pensando que la educación es fundamentalmente algo intelectual, amueblar una cabeza, pero el ser humano no es solamente mente; también es cuerpo y también es espíritu. Toda formación debería ser integral, haciéndose cargo de lo que el ser humano es. Evidentemente que yo utilizo una antropología cristiana, pero creo que otras muchas antropologías de otra índole compartirían esta visión.

—¿Qué libros han dejado una huella más honda en su formación intelectual y sentimental?

—«El peregrino ruso», que es un anónimo ruso; los «Diarios», de Kafka; «La broma», de Milan Kundera… ¿Sigo diciendo? «Tentación», de Janos Szekely, un húngaro que fue guionista de Lubitsch; «El sobrino de Wittgenstein», de Thomas Bernhard; «El libro del desasosiego», de Fernando Pessoa; «Los ojos del hermano eterno», de Stefan Zweig… ¿Sigo? «Stoner», de John Williams, lo leí hace un año y medio, y me pareció el mejor libro que he leído en muchísimo tiempo; «El canto del pájaro», de Anthony de Mello; «La montaña mágica», de Thomas Mann; las «Conversaciones con Goethe», de Eckermann… Creo que es suficiente.

—¿Qué aprendió de su etapa de misión en Honduras?

Nunca se debe olvidar que hay pobres en el mundo
—Fue una época muy feliz, y lo que me ha dejado es la conciencia del privilegio que supone haber nacido en un país como el nuestro, y la importancia de no olvidar nunca que hay tres cuartas partes de la humanidad que no tienen lo necesario para vivir. Yo creo que uno puede optar por vivir entre los pobres o decidir no vivir entre los pobres, pero nunca debe olvidar que hay pobres en el mundo.
—¿Qué le dice la teología de la liberación?

—En el seminario en el que yo estudié se respetaba mucho la teología de la liberación y estudiábamos a los teólogos de la liberación. Me produce un enorme respeto. Yo no me defino como un teólogo de la liberación, pero los he leído, los he estudiado, y creo que han hecho una aportación extraordinaria a la Iglesia.

—¿Quiénes son y qué buscan los Amigos del desierto?

Amigos del desierto difunde la práctica del silencio
—A raíz de la recepción extraordinaria que ha tenido el libro «Biografía del silencio», he ido recibiendo en este último año y medio muchos correos de personas de todo tipo, buscadores, pidiéndome que acompañara o les enseñara a meditar. Llegó un momento en que me sentí tan desbordado con todas esas demandas –porque prácticamente todos los días recibo correos de este tipo– que entonces, junto con un grupo de seis o siete amigos con los que comparto esta sensibilidad acerca de la importancia de la meditación y de la contemplación (yo los utilizo como sinónimos, puesto que meditación viene del latín, «meditatio», que significa «peregrinar hacia el centro»; y contemplación también viene del latín, «contemplatio», que significa «estar en el templo», así que para los creyentes nuestro centro es un templo), decidimos acompañar a cuantas personas quisieran en su peregrinaje hacia su propio centro. Fue así como nació la idea de crear una asociación, que ya está formalizada y que se llama Amigos del Desierto. Lo que hacemos es ofrecer retiros de iniciación, fundamentalmente en la práctica del silencio; también un día de práctica semanal aquí, en Madrid. Amigos del Desierto es una asociación que nace con la voluntad de profundizar y difundir la práctica del silencio y de la meditación.

—¿Hasta qué punto el dibujo que va conformando su vida se parece al que soñó cuando empezó a tomar conciencia de que la vida iba en serio?

La vida es mucho mejor que nuestros sueños
—La verdad es que la vida es mucho mejor que nuestros sueños. Esa es la verdad. Yo he sido muy soñador, pero ahora creo que soy una persona profundamente realista, aunque seguramente habrá más de uno que se carcajee si escucha esto. Creo que la verdadera espiritualidad te conduce a la realidad, te mete de lleno en este mundo. Si te saca de este mundo no es verdadera espiritualidad, es ideología, o es idealismo, o es otra cosa. Yo creo que mi vida me está conduciendo a puertos mucho más hermosos de los que yo había soñado, francamente.

—Parece que su entendimiento, por decirlo amablemente, con el cardenal Rouco Varela no era muy fluido. ¿Qué sintió ante la llegada del Papa Francisco?

—Sentí una gran alegría. En el instante en que fue elegido Papa Francisco I, yo estaba llegando a la ciudad de Piacenza, donde iba a dar una conferencia. Justo cuando llamé a la puerta de la casa de mi anfitrión, el Papa estaba saliendo al balcón del Vaticano. Cuando se me abrió la puerta, se me dio la bienvenida como si yo fuese el propio Papa. Fue una manera muy bonita de vivir esto. A medida que ha ido pasando el tiempo, esta ilusión inicial se ha ido confirmando en que había fundamento para ello.

—¿Qué reformas de la Iglesia le parecen más necesarias y urgentes?

Hay que recuperar lo más genuino del cristianismo
—El papel de la mujer en la Iglesia, el diálogo interreligioso, la presencia en el mundo de la pobreza, entre los más desfavorecidos, y luego yo diría –aunque esto es difícil de formular– algo así como un recuperar lo más genuino del cristianismo, que es Cristo mismo: una recuperación del Jesús histórico y de los Evangelios. Para España, en concreto, yo soñaría con una normalización de los cristianos en la vida pública, que no sea políticamente incorrecto definirse como cristiano, y que ser sacerdote no suponga tener una existencia marginal.

—¿En qué consiste el encargo que le ha hecho el Papa?

El encargo del Papa: escribir informes sobre la relación Iglesia-mundo
—El cargo es consejero del Consejo Pontificio de Cultura, y por tanto estaré a las órdenes del cardenal Ravasi, que es el presidente de ese consejo. La misión en concreto consiste en escribir una serie de informes cuando me los vayan pidiendo –ya me han pedido alguno­– sobre problemas que tienen que ver con la relación Iglesia-mundo. Ellos quieren opiniones de personas que de alguna manera tenemos nuestra identidad cristiana muy clara pero que al mismo tiempo estamos muy insertos en la realidad de este mundo.

—¿Es posible vivir una vida buena sin ningún Dios, una vida que termina radicalmente con la muerte?

Los cristianos no mueren con más serenidad que los no cristianos
—Por supuesto que hay que gente que no es creyente y que vive una vida muy buena. Yo no creo que sea necesario formalizar religiosamente tu cosmovisión para ser una buena persona. No creo que la fe en Dios te ahorre dificultades, aunque sí que te las redimensiona. En el hospital en que trabajo como capellán veo morir a muchas personas, por ejemplo. La mayoría, por mi condición sacerdotal, son creyentes que me han llamado para que les atienda en sus últimos momentos, o para que rece el responso una vez que han fallecido. No veo morir a los cristianos, en principio, con mayor serenidad que a los no cristianos.

—Juan Carlos Onetti se sirve del chivo expiatorio «que tiene toda sociedad convencional que desprecia al artista y al creador de ficción». ¿Para qué sirven los artistas? ¿Para qué sirve la literatura?

—El arte, igual que el amor, o igual que la religión, no son actividades útiles, sino actividades gratuitas; no se rigen desde la utilidad o lo pragmático, sino desde la gratuidad. Sirven, entre comillas, para recordarnos que nuestra vida no se reduce a lo útil o lo pragmático, sino que tiene una dimensión más profunda o más esencial, una dimensión que solamente el amor, el arte y la religión son capaces de recoger.

—¿Comparte el dictum presocrático de que «carácter es destino»?

—Lo comparto mucho. Creo que llevamos escrito lo que podemos ser en nuestro temperamento y carácter, pero también es verdad que hay auténtica posibilidad de transformación y de cambio, aunque siempre dentro de unas coordenadas. Me han preguntado, sobre todo en relación con la escritura, hasta qué punto uno nace o se hace. Creo que no hay alternativa. Que nacemos y nos hacemos.

—¿Qué han hecho, han dejado de hacer y deberían hacer los periódicos para elevar el tono intelectual y moral de España?

Los periódicos no deberían caer en la frivolidad
—[Suspira de nuevo] Es una pregunta muy difícil, ¿no? Yo creo que sí tenemos en este momento en España personas con capacidad intelectual para abrir horizontes nuevos, por lo que sería fundamental contar con estas personas. Eso sería lo primero que se debería hacer. Quizás también tener siempre un ojo atento para no caer en la frivolidad, que suele ser una pendiente por la que nos deslizamos con facilidad.

—En el primer cuento de «El estreno», el dedicado a Thomas Bernhard, escribe que tanto el narrador como el novelista adoptan al final el silencio como «la única de las éticas». ¿Es un anticipo de la «Biografía del silencio»?

Hay momentos para hablar y para callar. Cuanto más sabio, más callas
—Nunca lo había visto así, pero es bonito verlo así. Creo que hay momentos para hablar y momentos para callar, y generalmente cuanto más sabio eres, más callas. Veo mi obra mucho más coherente y armónica de lo que a un lector despistado le pudiera parecer. Aunque haya en mi producción libros más sarcásticos o más maliciosos, libros más benévolos o más tiernos, o libros más profundos, no deja de existir una coherencia interna muy grande. Si ahora relaciona el primero con el penúltimo, me gusta.

—En el segundo, el dedicado a Kundera y a Grass, se lee que lo más hermoso y nefasto del siglo XX ha venido de Alemania. ¿Cómo le influyeron sus años de formación en Viena y Praga?

Para mi experiencia iniciática me fui a Viena y Praga
—Ha sido muy determinante todo lo centroeuropeo y lo germánico para mí. Primero porque vengo de una familia con antepasados alemanes por parte de madre, luego porque estudié en el Colegio Alemán siendo niño, y luego porque efectivamente durante dos años viví en Praga y en Viena. Como hay escritores que para su experiencia iniciática se van a París, yo me fui a Viena y a Praga. Esos años –yo tenía 31, 32– fueron para mí mi bautismo de fuego en la literatura.

—En el cuento dedicado a Fernando Pessoa, titulado de forma reveladora «El monje secular», dice de él que «piensa mientras escribe, escribe para pensar». ¿Es su caso?

No escribo lo que pienso, escribo para saber lo que he pensado
—Sí, yo a veces he afirmado que no pienso con la cabeza sino con la mano. No escribo lo que pienso, sino que escribo para saber qué es lo que he pensado, lo que estoy pensando. Creo que eso es lo propio del escritor, que la escritura se convierte para él en un arte de revelación, no simplemente de comunicación. Y por eso es una aventura y es estimulante. Si uno ya sabe lo que va a escribir es muy aburrido transcribirlo, uno escribe para descubrirlo y para, descubriéndolo, darte cuenta de que eres mucho más sabio de lo que creías.

—En ese mismo relato escribe: «Ya tenía ganas Fernando de que el pasado concluyese para poder recordarlo, porque sabía, como todo escritor sabe, que la memoria del gozo es infinitamente superior a la vulgaridad del gozo mismo. Porque recordar el gozo era revivirlo sin sus límites». ¿Le pasaba eso al autor? ¿Le sigue pasando después de haber aprendido a meditar?

—A veces, cuando me leen cosas mías, me digo «¡qué buenas son!» [y se echa a reír con ganas]. Es muy bonito, y sobre todo haberlo escrito tan joven. A veces me da la impresión de que ya todo es decadencia, de que todo está dicho al principio. ¿Me sigue pasando esto? [Se toma su tiempo para pensarlo] Bueno, en alguna medida. Yo creo que no vivo con el desasosiego con el que vivía cuando escribí ese libro, «El estreno», que tenía 35 o 34 años, y tampoco vivo ahora con la avidez de quien quería beberse la historia de la literatura. Ahora, la verdad, es que no tengo esa pretensión en absoluto, y la verdad es que así se vive más a gusto. No diría yo que soy lo mismo que entonces, pero sí el mismo.

—La siguiente pregunta va en esa misma línea. En ese mismo cuento, hacia el final, dice que «lo malo de ser escritor es que es más importante la escritura que la vida». ¿Lo pensó alguna vez el autor, y no que era malo, sino que era más importante? ¿Y ahora?

Lo más importante es nuestra propia biografía
—Ahora no lo pienso. Ahora pienso que la obra más importante es nuestra propia vida, nuestra biografía. Y dentro de esa biografía están los libros que escribimos, claro. Es verdad que lo que un escritor quiere dejar para el futuro son sus libros, eso es cierto; pero además de mis libros, yo quisiera dejar el bien que haya podido hacer a algunas personas, a cuantas más mejor. Últimamente me siento como Schindler, el de la película. Había empezado a salvar a los judíos del exterminio, y al final se daba cuenta de que podía haber salvado a muchos más, y hasta se precipitaba para ayudar a cuantos más mejor. Yo me siento un poco así, con esa urgencia por ayudar a tantas personas a las que siento perdidas, o que confiesan abiertamente que lo están.

—Dice que Pessoa es con toda probabilidad el hombre que menos ha dormido de la historia de la humanidad. ¿Y Cioran?

Parece como si la piedad fuera una visión torpe de la realidad
—Supongo que también él muy poco, la verdad. Yo he leído a Cioran, pero tampoco he sido un fanático de sus libros, porque me resultaban muy duros, y muy desgarradores. Me llama la atención que en muchas contraportadas de novelas se dice: «Una visión lúcida y despiadada del ser humano». Parece como si se asociara la lucidez a la falta de piedad, pero nunca leeremos: «Una visión lúcida y pía del ser humano». Parece como si la piedad fuera una visión torpe de la realidad, y eso a mí me parece un error muy grave. No creo que lo impío sea necesariamente más lúcido que lo pío, antes bien lo contrario.

—Aurelio Arteta habla mucho de la compasión, como si fuera una virtud desprestigiada.

Poquísimos escritores son escritores de la luz
—Para mí esta visión compasiva, o piadosa en el mejor sentido de la palabra, me parece de una gran sabiduría. Y esto lo saco a colación porque casi todos los escritores son escritores de la oscuridad. Cioran o Bernhard, que hemos citado, o el propio Pessoa, aunque Pessoa tiene alguna cosa un poco más luminosa. Pero poquísimos escritores son escritores de la luz. Los puedes contar con los dedos de la mano. Y en cambio yo me siento llamado a ser un escritor luminoso, y eso no significa ser un escritor ignorante de la oscuridad. Pienso que la luz es más difícil de ver que la oscuridad, pero no porque no exista, sino porque exige entrenar más los ojos y entrenar más el corazón. Los escritores luminosos para mí han pasado ya por la oscuridad y han hecho el camino más largo. Muchos autores son muy implacables con sus personajes, muy crueles; yo me siento inclinado a ser tierno y benévolo con ellos.

—¿En qué medida influyó su abuelo en su forma de enfrentarse a la lectura y a la escritura?

Mi abuelo Eugenio ha sido una bendición y un estigma para mí
—Yo a mi abuelo no le conocí personalmente porque murió en el 54 y yo soy del 63, pero ha sido una figura muy presente en mi familia. Decidir ser escritor teniendo a Eugenio d’Ors como abuelo no ha sido fácil para mí. Porque el d’Ors por excelencia, siempre va a ser él. Aunque nunca se sabe… [y se ríe]. Pero sí, para mí era una persona de una categoría humana e intelectual de primerísimo orden. Muchas veces he respondido diciendo que mi abuelo ha sido una bendición y un estigma para mí, ambas cosas. Bendición porque me ha posibilitado moverme en una tradición familiar donde la cultura y la literatura tenían mucho predicamento; pero también estigma porque recuerdo que en el colegio, cuando hacia algo mal, solían reprochármelo con un: «Parece mentira que seas un d’Ors». Te cae entonces como una losa la responsabilidad.

—¿Cuándo decidió prescindir de la «J» a la hora de firmar sus libros y por qué?

—Lo primero que yo publiqué fue un anecdotario misionero, que no forma parte de mi biografía literaria porque no lo considero literatura; también una adaptación al teatro del «Cuento de Navidad», de Dickens. Esos textos los firmé como Pablo Juan d’Ors, que es como me llamo. Yo me llamo Pablo Juan porque mi padre se llamaba Juan Pablo, y él quería que yo fuese como él, pero al revés. Firmé Pablo J. ya en «El estreno», que fue realmente mi primer. La «J» desapareció con «Las ideas puras», mi segundo libro, no sé si por consejo del propio Herralde o de alguno de mis hermanos.

—En «Andanzas del impresor Zollinger» cuenta que August no hubiera encontrado una choza en el bosque de St. Heiden si no hubiera construido la suya. ¿Dónde aprendió mejores parábolas, en Kafka o en los Evangelios?

Kafka y los Evangelios son las dos fuentes parabólicas por excelencia
—Pues son precisamente para mí las dos fuentes parabólicas por excelencia: los Evangelios y Kafka. Pero me quedo con los Evangelios.

—Más adelante, en el mismo libro, escribe: «era un experto en hacerse sordo a los ruidos externos». ¿Ya había aprendido a meditar cuando escribió esas palabras?

—¡Que va, que va! Si lo extraordinario de la escritura es que no es un testimonio de lo vivido, sino una profecía de lo que vas a vivir. Y por tanto te encuentras que luego vives lo que has escrito. Podría dar muchos ejemplos de cosas que he encontrado después que haberlas escrito. En aquella época, yo no meditaba en el sentido estricto. Claro que desde que tenía veinte años y entré en el seminario, hacíamos diariamente un tiempo de silencio. Pero no era el silenciamiento tal y como ahora lo entiendo.

—¿Qué le saca de quicio, si es que algo le desquicia?

Me saca de quicio la hipocresía, la maledicencia, el ruido
—Pues me desquicia la hipocresía, en primer lugar. También la frivolidad, por ejemplo, esos programas basura de televisión, la verdad es que no los soporto. Me ponen enfermo. Y la maledicencia, hablar mal de los demás, también me parece que es algo muy grave. La ostentación, también me saca de quicio, o por lo menos me disgusta profundamente. El ruido, el ruido me saca de quicio. Eso sí.

—¿Escuchamos demasiado poco a los árboles, a los animales y a los otros?

El problema número uno es ponernos en el lugar del otro
—Sí, el problema cuando hablamos del silencio, el problema número uno es nuestra dificultad para escuchar, para ponernos en el lugar del otro…

—Simone Weil otra vez…

—Sí. ¿Por qué escuchar es difícil? Porque escuchar, al menos mientras estás escuchando, supone el olvido de ti. Lo que es difícil es olvidarse de uno mismo, y eso es a lo que enseña la meditación. La meditación enseña a no tenerte a ti como centro, sino a descentrarte para luego encontrarte. La meditación es un proceso de empobrecimiento que luego va a derivar en una riqueza extraordinaria, pero no deja de ser una pobreza espiritual, un vacío, que dicen en el budismo.

—Dice que «un árbol no puede ser cortado impunemente sin permiso». Muchos, y estoy pensando en amigos y compañeros de trabajo, se reirían e ironizarían sobre esa frase. Y sin embargo no creo que se rieran ni se rían los niños.

—Muy bonito.

—¿Abraza literal y metafóricamente a los árboles? ¿Nos iría mejor a los hombres si abrazáramos literal y metafóricamente a los árboles, como hacía Chejov?

Nos iría mejor si abrazáramos más árboles y personas
—En general nos iría vendría bien si abrazáramos más, árboles, personas y todo lo abrazable que exista. Creo que hay un aprendizaje también mediante el contacto corporal, y que eso es imprescindible como fuente de conocimiento. Cuando la parábola de Zollinger, yo no había abrazado a ningún árbol; fue a partir de ahí que empecé a abrazarlos de vez en cuando.

—¿Comparte los versos de Ezra Pound «dejad hablar al viento. Ese es el paraíso»?

—Sí, es bonito. Lo comparto.

—¿Cómo se acompaña a un moribundo? ¿Es acaso la expresión máxima de la ética de la atención y el cuidado?

Los moribundos son espejos de tu propia indigencia
—No sí si la expresión máxima, pero desde luego una de las expresiones más sublimes. Yo ahora mismo no cambiaría mi trabajo de acompañar a los enfermos y a los así llamados terminales por ningún otro. Porque tiene una densidad emocional, existencial, religiosa de primer orden. Empiezas a acompañar a los moribundos con decencia cuando no les ves como pobres hombres o pobres mujeres que se están muriendo, sino que empiezas a verles como espejos de tu propia indigencia, es decir, cuando te das cuenta de que ellos eres tú. Entonces ya cambia la clave, ya no eres la persona buena que estás echando una mano, sino que tú eres el que estás ahí, despidiéndote de la vida. Entonces es cuando se vive con la adecuada profundidad.
—¿Le da miedo la muerte?

Dejar de luchar, entregar la vida, es también una virtud
—La verdad es que no. Francamente. Puede parecer una chulería, pero no me da miedo morir. A veces, cuando escucho que la gente dice cómo ha luchado tal o tal persona por la vida, y que ha pelado hasta el final, yo pienso que no es que combatir por la vida no sea una virtud, pero creo que entregarla y rendirse también lo es. Y esto no lo dice nadie. Nunca lo sabes, pero creo que cuando me llegue ese momento a mí, yo voy a entregar la vida rápido. No creo que la única virtud sea la lucha. Más que la muerte, lo que me da miedo es no saber sufrir con dignidad.

—¿Quién es Pablo d’Ors?

—Un hijo de Dios. Un hijo de Dios.

EL PAPA URGE A “PARAR LOS CRÍMENES” EN IRAK

Comentando con dolor las noticias «increíbles y abrumadoras que llegan de Irak», el Papa hizo presente la tragedia de «millares de personas, entre los que hay numerosos cristianos, expulsadas brutalmente de sus casas, niños que mueren de sed y de hambre durante la fuga, mujeres secuestradas, personas masacradas, violencia de todo tipo…».

El Santo Padre mencionó también la «destrucción por todas partes, destrucción de casas, destrucción del patrimonio religioso, histórico y cultural…». Con gran fuerza afirmó que «¡Todo esto ofende gravemente a Dios y ofende a la humanidad! ¡No se extiende el odio en nombre de Dios! ¡No se hace la guerra en nombre de Dios!».

El Papa dio las gracias «a quienes están llevando, con valentía, ayuda a estos hermanos y hermanas», y pidió una solución política a nivel internacional y local para «parar estos crímenes».

Ante unos treinta mil peregrinos que acudieron al rezo del Ángelus en la plaza de San Pedro a pesar del calor, el Papa anunció que había nombrado «enviado personal» suyo al cardenal Fernando Filoni, «que mañana sale de Roma».

Respecto a Gaza, el Santo Padre lamentó que «después de la tregua, se haya reanudado una guerra que siega víctimas inocentes, incluidos niños, y que sólo sirve para empeorar el conflicto entre israelíes y palestinos».

Después de rezar con los fieles por la paz en las dos zonas de guerra en Medio Oriente, el Papa invitó a rezar también «por las victimas del virus Ébola y todas las personas que están luchando por pararlo».

Diario ABC, 10 de agosto de 2014

Reflexión del cardenal Maradiaga ante la crisis de Gaza

“En Gaza, el campo de batalla son barrios llenos de niños, mujeres y hombres”

“La población no tiene un lugar seguro para refugiarse, cuando caen las bombas”

Religión digital. 1 agosto 2014

(Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, presidente de Cáritas Internationalis).- La población no tiene un lugar seguro para refugiarse, cuando caen las bombas en aquella pequeña franja de tierra, densamente poblada, que es Gaza. Allí ven a su hijos asesinados, sus barrios arrasados y sus esperanzas de paz futuras destrozadas.

El campo de batalla son barrios llenos de niños, mujeres y hombres. Con hospitales abarrotados de heridos y muertos, escuelas bombardeadas, incluso cuando sirven como refugio.

Como Caritas, hemos exhortado al alto el fuego permanente, aunque sea solo un primer paso en el camino hacia una paz justa, que se base en negociaciones inclusivas en toda la región.

El camino de la reconciliación es largo, pero inicia dentro de nosotros mismos. Israel y Hamás, ¿cómo es que miran ustedes la brizna que hay en el ojo de su hermano, y no reparan en la viga que hay en el propio? Lo que deberían hace es deponer las armas y tomar un binóculo, para comprobar que la mayoría de sus víctimas son personas inocentes.

Ésta es la tercera guerra en cinco años, entre Israel y los activistas de Gaza. Los palestinos de Gaza ya viven una vida en la que escasea el suministro de agua, la mayor parte de la comida proviene de las organizaciones humanitarias y está fuera del alcance de sus habitantes la dignidad de poder tener un trabajo.

Caritas facilita ayuda material y espiritual a la población de Gaza, en momentos de necesidad y desesperación .

Exhortamos para que se levante el bloqueo de Gaza y se permita a su habitantes proteger la propia vida y medios de sustento, con el fin de poder vivir una vida digna.

Cuando recientemente encontró a los presidentes de Israel y Palestina en el Vaticano, el Papa Francisco dijo: “Para conseguir la paz, se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra. Se necesita valor para decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia; sí a la negociación y no a la hostilidad; sí al respeto de los pactos y no a las provocaciones; sí a la sinceridad y no a la doblez”.

Como Caritas, rezamos por la paz en Tierra Santa. Rezamos por las familias palestinas y israelíes que han perdido a sus hijos, madres y hermanos y por los que han resultado muertos. Nuestras oraciones van a los niños que viven en el terror, cuyas cicatrices mentales seguirán siendo profundas, incluso mucho tiempo después de que termine esta guerra.

La Confederación Caritas envía su cariño y solidaridad a los empleados de Caritas que arriesgan su vida cada día trabajando en Gaza. Son personas que trabajan humildemente y sin tregua al servicio de Jesús, en las condiciones más difíciles que se puedan ustedes imaginar. ¡Que Dios les acompañe en cada paso que den! También rezamos por nuestros compañeros de Caritas Jerusalén y el apoyo vital que ellos ofrecen constantemente a los compañeros que trabajan en el terreno.

Mientras conmemoramos el Centenario de la I Guerra Mundial, recordamos las palabras del Papa Benedicto XV: “La fuerza puede reprimir el cuerpo, pero no puede reprimir las almas de los hombres” y rezamos porque a pesar de estos tiempos terribles de guerra y opresión, las almas de los palestinos y los israelíes seguirán siendo libres para creer en un futuro de justica y paz.