OPCIÓN PREFERENCIAL POR CRISTO Y POR QUIENES SON SU IMAGEN

Hace unos días los obispos aprobaban y publicaban la instrucción pastoral ‘Iglesia, servidora de los pobres’. Es un documento necesario, que si lo acogemos y lo ponemos en práctica, mi opinión es que dará muchos frutos a nivel pastoral. Es de lectura sencilla y bastante breve. Sería bueno que en parroquias y grupos se hiciera una lectura y se estudiara buscando las claves para actuar y comprometernos en la realidad que nos toca.

Algunos pueden pensar que es inoportuno por el momento electoral en el que nos encontramos, pero también se puede convertir en oportunidad para que iluminemos y ponderemos nuestra postura política, es decir, la dimensión política de la fe, y ejerzamos nuestro derecho y obligación desde una conciencia madura y comprometida, iluminada desde los principios de la doctrina social. El discurso interesado de los políticos debería estar sometido a un juicio sobre aquellos que están en los márgenes, que son aquellos a los que como Iglesia debemos servir con más atención y cuidado. ¿Qué representan los pobres para nuestros políticos?, ¿en qué lugar los sitúan?

Es una locura que edifiquemos nuestra sociedad de espaldas a los más necesitados, a los más vulnerables, a los que menos cuentan. Es injusto y, por tanto, inhumano prescindir de aquellos que más dificultades tienen para caminar en la vida. Decía Mons. Romero que ante los problemas sociales ‘ningún cristiano debe decir ‘yo no me meto, yo no me comprometo’, porque eso sería ser mal cristiano, siendo también mal ciudadano’. Además, ‘el cristiano que no quiera vivir este compromiso de solidaridad con el necesitado no es digno de llamarse cristiano’.

Es una pena ver que los pobres ocupan lugares secundarios en nuestros trabajos, en nuestros intereses, por eso ‘la dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica, pero a veces parecen sólo apéndices agregados desde fuera para completar un discurso político sin perspectivas ni programas de verdadero desarrollo integral’ (EG 203). También dentro de la Iglesia los pobres deberían ocupar los primeros puestos y un gran interés por los más débiles, pues ‘sin la opción preferencial por los más pobres, el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día’ (EG 199).

Ahora bien, la pobreza que más humilla a la persona no es la material, sino la espiritual, la que oculta al hombre el verdadero sentido y destino en la vida; la pobreza espiritual nos lleva a alimentar excesivamente lo material olvidando quién nos da la vida, quien nos la mantiene y cuál es nuestro destino más allá de la muerte y cuál es el sentido de la vida en aquellas realidades que nos producen dolor y sufrimiento: ‘la peor discriminación que sufren es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe. La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria’ (EG 200).

Como Iglesia tenemos que trabajar para que a nadie le falte lo material y también lo espiritual. Celebrar la fe nos obliga a compartir la vida y el amor y a seguir el ejemplo de Cristo que ‘siendo rico se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza’ (2Cor 8, 9). El misterio y ejemplo de Cristo, ¿lo tenemos que contemplar o imitar? Ante las próximas elecciones no debemos dejar todo en manos de los políticos, o al menos entender que la política la hacemos todos, aunque la representen unos pocos. Como cristianos debemos ofrecer nuestro estilo, que es el Reino de Dios: hacer presente a Cristo con nuestras vidas en la sociedad, desde el estilo de Jesús. No olvidemos que: ‘el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero, al fin y al cabo, sin Dios no puede menos que organizarla contra el hombre’. Vivamos la utopía del Reino: ‘Que nadie nos robe la esperanza de hacer otro mundo posible’.       P. Ángel Hernández Ayllón

CRISTO, PIEDRA ANGULAR. Homilía del Domingo IV de Pascua

La piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en piedra angular. ¿Qué significa esta expresión? La piedra angular en donde todo se apoya y sin la cual el edificio se viene abajo. ¿Sobre qué estamos edificando? ¿Cuál es nuestra piedra angular?

Actualmente se nos invita a consumir sensaciones, experiencias, a viajar…, se nos ofrece todo y muchas veces no se nos da nada. Cuando quitamos la piedra angular a nuestra vida hay momentos en los que no podemos dar respuesta a las preguntas que la vida nos hace. Cuando miramos al Resucitado siempre renace la esperanza, pero ¿qué ocurre cuando nos olvidamos de quien tiene la respuesta y da sentido a nuestras vidas?

Todos sabemos qué ocurre cuando edificamos la vida sin fundamento, sin verdaderos apoyos, cuando intentamos llenarnos de cosas, cuando nos dejamos llevar por las metas humanas de consumir, tener, alcanzar, viajar… Hay personas que han corrido mucho, han llegado muy alto, tienen nombre social…, pero sin embargo, hay una tristeza vital, la tristeza dulzona que amodorra al mundo y que nos hace perder el sentido de las cosas y oscurece el destino al que estamos llamados.

Hay personas que han perdido de vista su destino en la vida. Algunos reducen su vida a comer, beber, relacionarse, trabajar y huir de todo aquello que perjudica y dificulta la vida, como la enfermedad y la muerte. Pero, ¿a qué estamos llamados? ¿cuál es nuestro destino? ¿nuestra vida la podemos reducir a comer, reproducirnos, viajar, dormir, enfermar y morir? Entonces, ¿nuestro destino es el mismo que el de un pájaro, un perro, o un caballo? Mi destino personalmente no. Nos lo dice la Palabra de Dios: ‘Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar y, bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos’.

¿Quiénes son los arquitectos? Son los que proyectan y ordenan la sociedad: políticos, profesores, guionistas… A Dios lo han marginado de nuestra sociedad y lo han pretendido ocultar, algunos hasta matar. No tenemos que irnos muy lejos. El discurso político de agrupaciones ‘progresistas’ antiguas y otras emergentes quieren marginar el sentimiento religioso, quieren romper relaciones diplomáticas con el Vaticano, quieren hacernos creer que la fe, lo religioso no ha de ser público. Mi fe, la de Cristo, me impide vivirla íntima y privadamente, pues fue Él quien dijo que una vela no la podemos poner debajo de la mesa, si no que tenemos que ponerla visible para que alumbre a los de casa. Estos arquitectos utilizan sus púlpitos, mucho más visibles que en el que yo me encuentro, para ridiculizar la fe sencilla, pero valiente y pública de muchos creyentes que tenemos a Cristo como piedra angular de nuestra vida. La ley de libertad religiosa no puede impedir y obstaculizar que vivamos, celebremos y manifestemos nuestra fe.

Es un momento fundamental el que estamos viviendo, pues hay grupos que se están manifestando en contra de principios que para nosotros son fundamentales. No podemos enfrentarnos a nuestra obligación de ciudadanos sin haber hecho una reflexión ponderada y madura de qué nos ofrece cada uno y cuáles son las consecuencias.

Es claro que todos tenemos una responsabilidad en la construcción del bien común y que todos debemos participar, los cristianos también; como creyentes, todos tenemos que aportar al bien de la sociedad nuestra genialidad y originalidad evangélica y no dar la espalda a la construcción de una sociedad mejor y más humana; los cristianos, en esto, debemos estar muy comprometidos para que la piedra angular no se deseche y desprecie. La dimensión política de la fe es fundamental, no podemos cerrar los ojos a la realidad social que nos rodea y, menos aún, no podemos callarnos ante propuestas políticas que vulneran los derechos de las personas y arrinconan la libertad religiosa. Como cristianos tenemos la obligación de ofrecer una palabra creyente y unos criterios y propuestas para que nuestros políticos no abandonen el bien común de las personas por los intereses partidistas de poder.

El Reino de Dios en el que los bautizados estamos comprometidos tiene que dar luz. La economía, el poder político, los arquitectos de este mundo tienen respuestas técnicas que no responden a las necesidades de muchos. Uno de los problemas a los que nos enfrentamos actualmente es que a Dios se le ha negado su lugar en la sociedad, en la familia y en la vida de muchas personas. Cerrar los ojos ante Dios, nos convierte también en ciegos ante los demás. En palabras de Mons. Óscar Romero: ‘Dios es el Dios de Jesucristo. El Dios de los cristianos no tiene que ser otro, es el Dios de Jesucristo, el que se identificó con los pobres, el que dio su vida por los demás, el Dios que mandó a su Hijo Jesucristo a tomar una preferencia sin ambigüedad por los pobres’. ¿Qué lugar ocupan los pobres en nuestra sociedad? ¿Hasta qué punto los programas políticos están preocupados por asegurar la dignidad de cada persona? ¿Qué lugar ocupan los parados, los transeúntes, los privados de libertad, los desahuciados…? Una sociedad que le preocupa más el dinero y su inversión que las necesidades de las personas es una sociedad que no tiene respuestas a las cuestiones más importantes.

Pero, tenemos que tener cuidado de no mirar la mota del ojo ajeno sin ver la viga que llevamos en el nuestro. Por eso, dentro de la Iglesia debemos analizar si Cristo es la piedra angular. ‘Este es el compromiso de ser cristiano: seguir a Cristo en su encarnación, y si Cristo es Dios majestuoso que se hace hombre humilde hasta la muerte de los esclavos en una cruz y vive con los pobres, así debe ser nuestra fe cristiana. El cristiano que no quiere vivir este compromiso de solidaridad con el pobre, no es digno de llamarse cristiano’.                                  P. Ángel Hernández Ayllón  

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2015

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2015

Fortalezcan sus corazones (St 5,8)

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.

Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.

El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.

1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia

La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.

2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades

Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).

Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.

En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).

 También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.

Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.

Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.

3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente

También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?

En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.

En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.

Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.

Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.

Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.

Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís

Franciscus 

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2015

Fortalezcan sus corazones (St 5,8)

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.

Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.

El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.

1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia

La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.

2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades

Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).

Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.

En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).

 También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.

Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.

Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.

3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente

También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?

En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.

En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.

Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.

Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.

Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.

Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís

Franciscus 

 

UN DIOS QUE RECONCILIA

Homilía del Papa Francisco en la Casa  Santa Marta. 23/1/15

Dios ha reconciliado consigo el mundo en Cristo y nos confió a nosotros el mensaje de reconciliación (cf. 2 Corintios 5, 19). Es hermoso este trabajo de Dios: reconciliar. Dios nos encomienda también a nosotros esta tarea, es decir, realizar la reconciliación, reconciliar siempre.

No cabe duda que el cristiano es hombre y mujer de reconciliación, no de división. Y sabemos que el padre de la división es el diablo. Es Dios mismo quien da este ejemplo de reconciliar al mundo, a la gente. Hemos escuchado en la primera lectura, de la Carta a los Hebreos (8, 6-13), esa promesa tan hermosa: “Yo haré una nueva alianza”. Es una cuestión tan decisiva que cinco veces en este pasaje se habla de la alianza. En efecto, es Dios quien reconcilia, estableciendo una nueva relación con nosotros, una nueva alianza. Y por ello envía a Jesús; el Dios que reconcilia es el Dios que perdona. Este pasaje termina con esa hermosa promesa: “Ya no recordaré sus pecados”. Es el Dios que perdona, que reconcilia. Sella la nueva alianza y perdona. Pero ¿cómo perdona? Ante todo, Dios perdona siempre. No se cansa de perdonar. Somos nosotros quienes nos cansamos de pedir perdón. Cuando Pedro preguntó a Jesús: ¿cuántas veces tengo que perdonar?, ¿siete veces?, la respuesta recibida fue elocuente: «No siete veces sino setenta veces siete» (cf. Mateo 18, 21-22). Es decir, siempre, porque precisamente así perdona Dios: siempre. Si tú has vivido una vida con muchos pecados, muchas cosas malas, pero al final, arrepentido, pides perdón, te perdona inmediatamente.

En cambio nosotros no tenemos esta certeza en el corazón y muchas veces dudamos  si Dios perdonará. En realidad  sólo hay que arrepentirse y pedir perdón: ¡nada más! ¡No hay que pagar nada! Cristo pagó por nosotros y Él perdona siempre.

Otra cosa importante es que Dios no sólo perdona siempre, sino también que perdona todo: no existe pecado que Él no perdone. Tal vez alguien podría decir: «Yo no voy a confesarme porque he hecho muchas cosas malas, muchas de esas cosas, por lo que no tendré perdón…». En cambio, esto no es verdad, si tú vas arrepentido, Dios lo perdona todo. Y muchas veces no te deja hablar: tú comienzas a pedir perdón y Él te hace sentir la alegría del perdón antes de que tú hayas acabado de decir todo. Como sucedió con ese hijo que, tras haber malgastado todo el dinero de la herencia con una vida inmoral, luego se arrepintió y preparó el discurso para presentarse ante su padre. Cuando llegó el padre no lo dejó hablar, lo abrazó: porque él perdona todo. Lo abrazó.

Luego hay otra cosa que hace Dios cuando perdona: hace fiesta. Y esta no es una imagen, lo dice Jesús: “Habrá fiesta en el cielo cuando un pecador vaya al Padre”. Así cuando nosotros sentimos nuestro corazón apesadumbrado por los pecados, podemos decir: vayamos al Señor a darle alegría para que me perdone y haga fiesta. Dios actúa así: hace fiesta siempre porque reconcilia.

Las palabras de la Carta a los Hebreos sugieren algo hermoso sobre el modo de perdonar de Dios: Dios olvida. Con otras palabras la Escritura dice también: «Tus pecados los arrojaré al mar y si son rojos como la sangre, llegarán a ser blancos como un corderillo» (cf. Miqueas 7, 19; Isaías 1, 18).

Dios, por lo tanto, se olvida. Y así, si alguno de nosotros va al Señor y dice: ¿Te acuerdas, yo ese año hice aquella cosa mala?, Él responde: «No, no, no. No recuerdo». Porque una vez que Él perdona no recuerda, olvida, mientras que nosotros muchas veces con los demás llevamos una “cuenta corriente”: este una vez hizo esto, una vez hizo esto otro…». En cambio,  Dios, no: perdona y olvida. Y si Él olvida, ¿quién soy yo para recordar los pecados de los demás? El Padre, sin embargo, olvida, perdona siempre, todo y hace fiesta, quiere reconciliarse y encontrarse con nosotros.

Cuando uno de nosotros —un sacerdote, un obispo— va a confesar, siempre tiene que pensar: ¿estoy dispuesto a perdonar todo,  a perdonar siempre? ¿Estoy dispuesto a alegrarme y hacer fiesta, a olvidar los pecados de esa persona? Si tú no estás dispuesto, mejor que ese día no vayas al confesonario: que vaya otro, porque tú no tienes el corazón de Dios para perdonar. En la confesión, es verdad, existe un juicio, porque el sacerdote juzga, diciendo: «has hecho mal en esto, has hecho…». Sin embargo, es más que un juicio: es un encuentro, un encuentro con el Dios bueno que siempre perdona todo, que hace fiesta cuando perdona y que olvida tus pecados». Nosotros sacerdotes debemos tener esta actitud: hacer encontrar. En cambio, muchas veces las confesiones parecen un trámite, una formalidad, donde todo parece mecánico, pero ¿dónde está el encuentro con el Señor que reconcilia, te abraza y hace fiesta? Este es nuestro Dios, tan bueno.

Es importante enseñar a confesarse bien, de modo que aprendan nuestros niños, nuestros jóvenes, y recuerden que ir a confesarse no es ir a la tintorería para que te quiten una mancha: confesarse es ir al encuentro del Padre que reconcilia, que perdona y que hace fiesta.

Pensemos en esta alianza que el Señor hace cada vez que pedimos perdón y en nuestro Padre que siempre reconcilia: el Dios reconcilió consigo al mundo en Cristo, confiando a nosotros la palabra de la reconciliación.  Que el Señor nos dé la gracia de estar contentos hoy por tener un Padre que perdona siempre, que perdona todo, que hace fiesta cuando perdona y que se olvida de nuestra historia de pecado.                                                            PAPA FRANCISCO

CRÓNICA DE LA SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Crónica Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2015

En el evangelio de Juan, en el pasaje en el Jesús, atravesando Samaria, se detiene a beber agua en un pozo en el que había una mujer samaritana, leemos: Jesús le dice: ‘Dame de beber’ (Juan 4, 7). Este es el deseo de todo ser humano. Dios, que se hace hombre en Cristo, es capaz de dirigirse a esta mujer y pedirle de beber. Y es Él mismo quien sale a nuestro encuentro y nos ofrece el agua viva, el agua que verdaderamente sacia la sed y es fuente de vida eterna.

El domingo 18 de enero celebramos el comienzo de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Comenzamos la Semana con la lectura pública de un Manifiesto en la Plaza de San Esteban, tras el cual nos unimos todos en oración por la Unidad de los cristianos. Oración, música y grandes paneles con algunos grandes testigos de la fe que han ido abriendo el camino hacia la Unidad, como Juan XXIII, el Hermano Roger de Taizé, Atenágoras I o Paul Couturier, entre otros, para expresar nuestro deseo de cumplir la voluntad de Jesús, que seamos todos Uno.

El lunes 19 comenzamos a las cuatro de la tarde con un estudio bíblico en un café local, con las primeras reflexiones propuestas para cada día de la Semana en los materiales este año. Un momento para la reflexión conjunta, en el que analizamos cuál es el verdadero significado de ‘atravesar Samaria’, salir al encuentro del otro, del distinto, del que despreciamos o ignoramos…

A las siete y media, en la Casa diocesana tuvo lugar una presentación de la Semana con entrega de materiales, introduciendo a tres figuras importantes en la construcción de la Unidad: el sacerdote ortodoxo rumano Dumitru Staniloae, que fue presentado por el P. Gabriel Danila,  el pionero del Ecumenismo en España D. Julián García Hernando, presentado por José Luis Martín y el Hermano Roger, fundador de la Comunidad de Taizé, por Maite Eguiazábal, como cristianos de las tres grandes tradiciones, ortodoxa, católica y protestante, respectivamente. Todos ellos contribuyeron en gran medida a la construcción del camino hacia la Unidad.También compartimos los mensajes, oraciones, videos y canciones que nos enviaron desde la Primera Iglesia Baptista de Abilene (Texas), para  unirse en oración a nosotros en estos días tan especiales: son hermanos con quienes compartimos el Camino y la Misión, por Amor. Nos acompañó, siempre desde el cariño, la cercanía y la fraternidad, nuestro amigo Ahmed El Boutaybi, presidente de la Comunidad Islámica de Soria, con quienes compartiríamos días después varios encuentros dentro de la programación de la semana.

El martes 20, tercer día de celebración, disfrutamos de un Café-tertulia con profesores, maestros, políticos…Hablamos de Ecumenismo, del porqué de la necesidad de beber de otros pozos, de nuestra aportación como creyentes a la construcción de una sociedad mejor, de la importancia de unirnos en el trabajo de hacer presente a Dios en la sociedad. Estuvimos presentes un grupo muy diverso de cristianos y contamos con las siempre ricas aportaciones de Ahmed El Boutaybi. A la reflexión de la necesidad de caminar juntos hacia la unidad de los cristianos, añadimos también la de caminar en entendimiento y respeto junto a nuestros hermanos de otras religiones, del tender siempre puentes de conexión hacia el otro, puesto que Dios se hizo hombre y derramó su sangre por todos y cada uno de los habitantes de la Tierra. Por este motivo, y pensando también en los miles de personas, cristianos y gentes de otras religiones que están derramando hoy su sangre, se puede decir que estamos viviendo un ecumenismo de la sangre, esa Sangre que nos une y nos salva.

Pasadas las seis y media, probablemente, en el día más frío del año, nos situamos  en la plaza de San Esteban y presentamos a nueve figuras importantes en el caminar ecuménico, ortodoxos, protestantes y católicos, testigos poderosos del Amor de Dios que han contribuido en mucho a abrir nuestros corazones al deseo de Unidad: los patriarcas Atenágoras I y Teoctist, Maria Skobtsov, Dietrich Bonhoeffer, el Hermano Roger de Taizé y Sor Minke de Vries, Juan XXIII, Paul Couturier y Chiara Lubich. Dando pinceladas sobre sus vidas e invitando a los viandantes a que nos acompañaran tomando algo caliente y un dulce, fue una tarde en la que dejamos la semilla de la Unidad en nuestras calles.

También estuvimos presentes en la Misa de ocho de la parroquia de El Salvador, donde pudimos orar, junto a la comunidad reunida por la Unidad de los Cristianos.

El miércoles 21, pasó el día con nosotros Dominik Kustra, miembro de Ayuda a la Iglesia Necesitada. En dos colegios, en la radio, en la universidad (de la mano de D. Pedro Utrilla, delegado episcopal de pastoral universitaria), en la visita a las hermanas clarisas, en la conferencia que impartida en la Casa Diocesana de Soria, transmitió la terrible realidad de persecución y genocidio que se está viviendo en algunos países del mundo, Irak, Nigeria, Siria, Pakistán… Hizo especial referencia a su reciente visita a Irak, donde fue junto a otros dos misioneros a pasar la Navidad con la familia cristiana en Irak, que tan duramente está sufriendo las consecuencias de la persecución y la necesidad extrema. Pudo ver que, a pesar de todo, estos hermanos cristianos por los que nosotros oramos, también oran por nosotros, pero por un motivo bien diferente… Oran para que fortalezcamos o recuperemos nuestra fe en occidente. Por otra parte, expresó la necesidad de ayuda, ya que en muchos casos, como el de Irak, la única ayuda que reciben los miles de refugiados que viven en campos en tiendas de campaña, sin colegios y pasando todo tipo de necesidades, proviene exclusivamente de la Iglesia. Nos acompañó durante la conferencia de nuevo Ahmed El Boutaybi, que nos abrió una vez más las puertas de su casa para compartir la deliciosa cena en familia.

El jueves 22 celebramos la Vigilia de Oración Ecuménica en la parroquia de San Francisco de Asís (Soria), a las siete y media de la tarde. Presidían la celebración el obispo de nuestra diócesis de Osma-Soria, D. Gerardo Melgar, y el P. Gabriel Danila, sacerdote de la Iglesia Ortodoxa Rumana en Soria, a quienes acompañaba el párroco, D. Julián Callejo. Fue una oración muy sencilla, en la que oramos y meditamos en torno al Misterio del Agua Viva, agua de vida eterna. Unidos en oración las comunidades ortodoxa y católica, una vez más experimentamos la vivencia sanadora de la reconciliación y manifestamos desde lo profundo de nuestro corazón, desde la oración común, nuestra voluntad de seguir la voluntad de Dios, y de caminar unidos, según Dios quiera, y por los medios que él quiera, presentándonos como ofrendas vivas de un ecumenismo visible, de la vida, del día a día, desde la pequeña realidad en la que Dios nos ha situado. La proclamación del Credo común, nuestra oración, unidos, al Padre, y los gestos de paz con los que concluimos la bella celebración, sellaron en Cristo esta realidad.

El viernes 23, después del enriquecedor estudio bíblico, nos concentramos en la Plaza de Mariano Granados. Allí, rodeados de las imágenes de los grandes testigos de Cristo y constructores de Unidad que estamos presentando a lo largo de la semana, construimos una cruz con rostros de personas, muchas personas, personas diferentes…, como representación de nuestra unidad en la diversidad. Y compartimos palabras de sabiduría, de amor de aquellos que nos han precedido en la fe. ‘Nunca vaciles en tender la mano; nunca titubees en aceptar la mano que otro te tiende’, decía San Juan XXIII. Y con esa actitud, fuimos presencia viva en la calle de ese Amor que nos une y alienta. Concluimos orando y rezando el Padrenuestro, todos unidos de la mano. A continuación, en la casa diocesana, pudimos contemplar y emocionarnos con la película ‘Madre Teresa’, en la que se pone de manifiesto la singularidad, valentía, firmeza y coherencia en el seguimiento de esta mujer que quiso hacer siempre la voluntad del Señor, sin esperar nada, al lado de los más pobres entre los pobres en humildad, entrega y fidelidad radical.

El sábado 24 fue un día muy especial. Pasado el mediodía, celebramos una preciosa concentración juntos cristianos y musulmanes. Ahmed El Boutaybi, acompañado por muchas personas de su comunidad, y la Asociación de mujeres musulmanas con niños que portaban mensajes de paz, junto a ortodoxos y católicos, formamos un numeroso grupo de gente que inundamos la plaza de San Esteban y parte del Collado con palabras y gestos de fraternidad, reconciliación y paz. Se unieron un grupo de niños y jóvenes de la parroquia de Santa María La Mayor que venían todos unidos sosteniendo una cuerda. Al llegar formaron un círculo con ella que nos unía a todos los presentes, queriendo manifestar con ello el lazo de fraternidad que nos une a los que nos reconocemos hijos de Dios.

Dirigiendo el encuentro el P. Ángel Hernández, tras unas palabras de Ahmed y la lectura de un texto que hacía referencia a la voluntad siempre de paz del verdadero musulmán, el P. Gabriel Danila leyó la Palabra de Dios en el pasaje del buen samaritano y el mandamiento del amor. Entre todos leímos el Decálogo de Asís para la paz, a cuyos compromisos nos adherimos plenamente. Y, por último, la Asociación de Mujeres musulmanas leyeron una declaración de condena al terrorismo. Concluimos haciendo un llamamiento a una libertad de expresión con unos límites bien marcados, sin ofender o insultar a los demás. Por último, unimos nuestras manos durante unos instantes y nos saludamos con abrazos llenos de verdadera alegría y emoción. El té y los dulces que compartimos y el rato de convivencia que disfrutamos fueron un signo más de nuestro caminar en la diversidad (que nos enriquece) hacia una meta común, vivir y transmitir, con nuestras vidas, el Amor de Dios en este mundo.

El estudio bíblico de las cuatro de la tarde, dirigido por un querido hermano evangélico, fue una auténtica bendición. Pudimos analizar juntos el pasaje de Jesús y la Samaritana, en las últimas reflexiones propuestas en el Octavario. Constatamos una vez más la riqueza que nos aportamos unas Iglesias a otras, en el compartir nuestros respectivos dones, y la ayuda que esto supone para ahondar en el conocimiento pleno de la Verdad, Dios, y para sostenernos en el seguimiento.

A las seis de la tarde, todos reunidos en la Ermita de Nuestra Señora del Mirón, dirigimos a Dios nuestra oración, participando de una oración ortodoxa, el Canon del Paráclisis, oración de gran profundidad y belleza que nos hizo sentir esa pertenencia espiritual a la única Iglesia de Cristo, la invisible, la formada por todos aquellos creyentes en Cristo Jesús. Tras la predicación del P. Ángel Hernández, a invitación del P. Gabriel, se realizó una colecta para la campaña por Irak de Ayuda a la Iglesia Necesitada. Como siempre, después de la bendición y la unción de aceite que nos impuso el P. Gabriel, compartimos unos deliciosos dulces rumanos y gozamos de un rato de encuentro y convivencia.

El domingo 25 concluimos esta semana de bendición compartiendo una comida fraterna que nos ha llenado a todos de una alegría grande y profunda. Un centenar de personas de distintas confesiones, distintas religiones, distintas nacionalidades, distintas culturas, distintos colores… pero que compartimos un sueño común que se puede hacer realidad, el vivir unidos, en paz, en un proceso de conocimiento mutuo que nos lleve a estar cada vez más cerca unos de otros. Había todo tipo de platos sobre la mesa, bandejas llenas de exquisito couscous, deliciosos  sarmales rumanos, platos bolivianos, dominicanos, brasileños, ecuatorianos, un rico caldo calentito y las tradicionales tortillas españolas, postres y dulces diversos de todos estos países…Tuvimos también muy presente, como cada día, a nuestra querida Iglesia hermana, la Primera Iglesia Baptista de Abilene (Texas), que nos acompaña esta semana y cada día en oración y comunión.

Desde la Delegación de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso se agradeció a esta gran familia la participación en los encuentros de estos días y se entregaron algunos regalos a aquellos con quienes el caminar ecuménico e interreligioso se hace posible: la comunidad ortodoxa rumana, a la comunidad islámica, a la Asociación de Mujeres musulmanas, a Emilio José, misionero soriano que lleva años en Camerún, a Martín Zamora, sacerdote soriano con un gran testimonio de Seguimiento, a Juan Carlos Cacho, político local que siempre ha luchado por la integración y que lleva sus principios cristianos a la esfera política y a Jesús Rivera, cristiano comprometido y profesor de religión que está aportando una gran riqueza a la educación de nuestros jóvenes con su firmeza de fe y su sensibilidad ecuménica y de diálogo y respeto entre religiones.

Damos gracias a Dios por haber podido compartir esta intensa semana de bendición. Que sea visible para todos que nos unen lazos de fe y de amor cuya única fuente es Dios y que estamos dispuestos a ser velas encendidas en el caminar diario entre la gente que nos rodea. El P. Paul Couturier, promotor de la Semana de Oración, decía que la unidad de los cristianos llegará tal y como Dios quiera y por los medios que Él quiera. Así, oramos:

Señor Jesús, que en la víspera de morir por nosotros,
oraste para que todos tus discípulos sean perfectamente uno,
como Tú en Tu Padre y Tu Padre en Ti,
haznos sufrir dolorosamente
la infidelidad de nuestra desunión.
Danos la lealtad de reconocer,
y el valor de rechazar,
lo que se oculta en nosotros de indiferencia,
de desconfianza e incluso de hostilidades mutuas.
Concédenos encontrarnos todos en Ti,
a fin de que de nuestras almas y de nuestros labios suba incesantemente
Tu oración por la Unidad de los Cristianos,
tal como Tú la quieres,
por los medios que Tú quieras.
En Ti, que eres la caridad perfecta, haznos encontrar el camino
que conduce a la Unidad en la obediencia a Tu Amor y a Tu Verdad,
a fin de que el mundo crea que Tú has sido enviado por el Padre. Amén.

COMIDA FRATERNA (Conclusión de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2015)

El domingo 25 de enero hemos concluido la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, y lo hemos hecho compartiendo una comida fraterna que nos ha llenado a todos de una alegría grande y profunda. Hemos acudido un centenar de personas de distintas confesiones, distintas religiones, distintas nacionalidades, distintas culturas, distintos colores… pero que compartimos un sueño común que se puede hacer realidad, el vivir unidos, en paz, en un proceso de conocimiento mutuo que nos lleve a estar cada vez más cerca unos de otros.
Había todo tipo de platos sobre la mesa, bandejas llenas de exquisito couscous, deliciosos  sarmales rumanos, platos bolivianos, dominicanos, brasileños, ecuatorianos, un rico caldo calentito y las tradicionales tortillas españolas, postres y dulces diversos de todos estos países…
Hemos tenido también muy presente a nuestra querida Iglesia hermana, la Primera Iglesia Baptista de Abilene (Texas), que nos acompañan esta semana y cada día en oración y comunión.
De sobremesa, desde la Delegación de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso se ha agradecido a toda esta gran familia la participación en los encuentros de todos estos días y se han entregado algunos regalos a aquellos con quienes el caminar ecuménico e interreligioso se hace posible la comunidad ortodoxa rumana, a la comunidad islámica, a la Asociación de Mujeres musulmanas, a Emilio José, misionero soriano que lleva años en Camerún, con una bella historia de vida, a Martín Zamora, sacerdote de nuestra ciudad con un gran testimonio de entrega y seguimiento, a Juan Carlos Cacho, político local que siempre ha luchado por la integración y que lleva sus principios cristianos y coherencia de vida a la esfera política y a Jesús Rivera, cristiano comprometido y profesor de religión que está aportando una gran riqueza a la educación de nuestros jóvenes con su firmeza de fe y su sensibilidad ecuménica y de diálogo y respeto entre religiones.
Damos gracias a Dios, todos unidos, por haber podido compartir esta intensa semana de bendición. Que sea visible para todos que nos unen lazos de fe y de amor cuya única fuente es Dios y que estamos dispuestos a ser velas encendidas en el caminar diario entre la gente que nos rodea.

SANTA INFANCIA Y CONCLUSIÓN DE LA SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Otra semana que tenemos dos celebraciones: la Santa Infancia y la conclusión de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

La Santa Infancia quiere ser una ayuda que los niños realizan con otros niños que están en peores circunstancias, a nivel material y a nivel espiritual y afectivo. El niño tiene derecho a jugar, a ser querido en el entorno familiar, a recibir una educación, a formarse en la fe, a tener una asistencia sanitaria… pero, ¿qué ocurre en muchos lugares del mundo? Los niños forman parte del grupo de invisibles y su voz no resuena en los foros y asambleas donde se reparten los bienes de todos. Son muchos niños los que en vez de un balón, o un libro escolar, o el sueño de salvar al mundo…, tienen que cambiarlo por dedicar su tiempo y su niñez a trabajar, a sacar un dinerillo para poder sacar adelante a su familia, o cuántos niños sueñan con poder ir al ‘Cole’… Muchos niños carecen de lo material, de lo afectivo, de lo espiritual, de la sanidad, del ocio… El niño sigue siendo en nuestro mundo alguien vulnerable, débil, alguien cuyas necesidades no aparecen en los planes electorales o en las partidas presupuestarias de las grandes instituciones. Es fantástico que muchos misioneros estén entregando su vida, sus fuerzas, su talento…, a sacar adelante a los niños que como tú, como yo, como mis sobrinos o tus nietos tienen derecho a sonreír, a soñar, a esperar… Gracias a los miles de misioneros que abrís caminos de vida: Alberto Cisneros en Nicaragua y una gran multitud en todo el mundo. Gracias.

La semana de oración ha sido una maravillosa oportunidad de hacer real y presente la fuerza de la Palabra de Dios: dame de beber, significa una gran riqueza espiritual que hemos ido descubriendo a lo largo de la semana y a lo largo de nuestras relaciones de fraternidad. ‘Dame de beber’ es reconocer que ‘tu agua’ también es solución a mi necesidad, es descubrir que el pozo puede ser profundo pero es la respuesta al cansancio que acumulo en mi camino, es reconocer al hermano, que aun en medio de las dificultades, ¿cómo es posible que tú siendo judío me pidas a mí que soy samaritana?…, ¿cómo es posible que tú siendo protestante u ortodoxo, o católico…? ¿cómo vas a tomar de mi agua, si ni siquiera tienes con qué beber? ‘Dame de beber’ ha sido estos días la oportunidad  de volver a descubrir que ‘el otro’ el que es distinto, el que reza distinto, el que viste distinto, el que…, es mi hermano y no puedo seguir caminando en la vida sin reconocerle, sin encontrarme con él, sin hacer el esfuerzo de caminar a su lado, sin tener la humildad de pedirle que sacie mi sed con el agua de su pozo…

‘Dame de beber’ es lo que Jesús nos ha pedido a todos y nos pide. El día de la Vigilia de Oración en San Francisco fue preciosa la reflexión que D. Gerardo y el Padre Gabriel hicieron de la unidad y del texto evangélico. ‘Dame de beber’, Jesús tiene sed de reconciliación, de encuentro, de caminar juntos… ¿En dónde se hace presente Dios, el verdadero? ¿En Jerusalén, en el monte Garizim? ¿En la Iglesia ortodoxa, en la protestante, en la católica…? ¿En dónde? La respuesta de Jesús es clara: los verdaderos adoradores, lo harán en Espíritu y Verdad. El Espíritu da unidad y la Verdad nos muestra nuestros pecados. Por último, Jesús le dice que vaya a buscar a su marido y la mujer samaritana le dice que no tiene marido, que ha tenido cinco, pero que con el que vive ahora no es su marido… Es precioso saber que Jesús quiere desposarla, desposarnos en un sentido espiritual. Jesús es el esposo, y sólo así lo religioso nos purifica y libera a todos. Podremos seguir buscando ‘esposos’ y ‘pozos para saciar la sed’ pero sólo Cristo, único fundamento, piedra angular, agua pura y limpia, camino, verdad y vida…, sólo Jesús puede restaurar nuestras relaciones, purificar nuestros corazones y ayudarnos a ser humildes y generosos a la hora de pedir y dar agua de nuestro pozo. Que Dios nos cuide en nuestras relaciones, para que siempre descubramos que ‘el otro’ es mi hermano y que ‘su agua’ puede sanar mi sed. Querido hermano protestante, ortodoxo, musulmán… ‘Dame de beber’.

ENCUENTRO INTERRELIGIOSO Y ORACIÓN ORTODOXA

Ayer sábado fue un día muy especial e intenso en la Semana de Oración. Pasado el mediodía, celebramos una preciosa concentración juntos cristianos y musulmanes. Ahmed El Boutaybi, presidente de la Comunidad Islámica de Soria, acompañado por muchas personas de su comunidad, y la Asociación de mujeres marroquíes con niños que portaban mensajes de paz y de condena al terrorismo, junto a ortodoxos y católicos, formamos un numeroso grupo de gente que inundamos la plaza de San Esteban y parte del Collado con palabras y gestos de fraternidad, reconciliación y paz. El día era  precioso, a pesar del frío reinante estos días, lucía el sol con mucha fuerza y la temperatura era muy agradable.
Se acercaron un grupo de niños y jóvenes de la parroquia de Santa María La Mayor que venían todos unidos sosteniendo una cuerda. Al llegar formaron un círculo con ella que nos unía a todos los presentes, queriendo manifestar con ello el lazo de fraternidad que nos une a todos aquellos que nos reconocemos hijos de Dios.
Dirigiendo el encuentro el P. Ángel Hernández, tras unas palabras de Ahmed y la lectura de un texto que hacía referencia a la voluntad siempre de paz del verdadero musulmán, el P. Gabriel Danila leyó la Palabra de Dios en el pasaje del buen samaritano y el mandamiento del amor. A continuación entre los participantes, leímos el Decálogo de Asís para la paz, a cuyos compromisos nos adherimos todos  los presentes. Y, por último, la Asociación de Mujeres Musulmanas leyeron una declaración de condena al terrorismo y denunciaron el afán de los intereses mundiales por enfrentarnos en una falsa guerra de religiones que lo único que causan es dolor, destrucción y muerte, cuando en realidad, todos los creyentes en Dios sólo tenemos ansia de paz y respeto mutuo. Concluimos haciendo un llamamiento a una libertad de expresión con unos límites bien marcados, siempre y cuando no se ofenda ni insulte a los demás. Por último, unimos nuestras manos durante unos instantes y nos saludamos con abrazos unos y otros con verdadera alegría y emoción.
El té y los dulces que compartimos y el rato de convivencia que disfrutamos todos juntos fueron un signo más de nuestro caminar en la diversidad (que nos enriquece) hacia una meta común, vivir y transmitir, con nuestras vidas, el Amor de Dios en este mundo.
El estudio bíblico de las cuatro de la tarde fue una auténtica bendición. Pudimos analizar juntos el pasaje de Jesús y la Samaritana, en las últimas reflexiones propuestas en el Octavario. Constatamos una vez más la necesidad que tenemos unos de otros, unas Iglesias de otras, para ahondar en el conocimiento pleno de la Verdad, Dios, y para ayudarnos y sostenernos en el seguimiento.
A las seis de la tarde, todos reunidos en la Ermita de Nuestra Señora del Mirón, dirigimos a Dios nuestra oración, participando de una oración ortodoxa, la Paraclisis, oración de gran profundidad y belleza que nos hizo sentir esa pertenencia espiritual a la única Iglesia de Cristo, la invisible, la formada por todos aquellos creyentes en Cristo Jesús, independientemente de nuestras respectivas confesiones. Se realizó una colecta para la campaña por Irak que Ayuda a la Iglesia Necesitada está llevando a cabo para ayudar a los cristianos perseguidos y sufrientes en aquél país. Como siempre, después de la bendición y la unción de aceite que nos impuso el P. Gabriel, compartimos unos deliciosos dulces rumanos y gozamos de un rato de encuentro y convivencia.