DOMINGO IV DE ADVIENTO. CICLO B.

Estamos en vísperas del gran acontecimiento de la historia, de lo sublime, de lo más grande…; estoy seguro que no faltará quien piense que estoy hablando de la lotería nacional, pero siento decirles a esas personas, que lo más grande, lo más sublime, lo que cambia vidas, familias, corazones, redime a los cautivos y perdona a los pecadores, no es precisamente el dinero, la lotería nacional…, No, el único que puede tocar a todos sin excluir a nadie, el único que viene a nuestra pequeñez y nos levanta de nuestra pobreza…, es Jesucristo, el Hijo de Dios que desciende al mundo, sin importarle el rebajarse de su condición divina. Jesucristo verdadero Dios, se implica en nuestras cosas, en nuestras dificultades y se hace ‘verdadero hombre’. La locura del amor de Dios, ésta sí que es la mejor lotería, porque ésta nos toca a todos cada día y especialmente cada Eucaristía que tenemos la oportunidad de recibirle y acogerle convirtiéndonos en templos donde Dios habita.

La primera lectura nos habla de la actitud con la que debemos acoger este maravilloso misterio: la sencillez y humildad de saber que todo lo recibimos de Dios. Sencillez y humildad que se encarna en María: ‘Llena de gracia… ¿cómo será eso si no conozco a varón? No te preocupes el Espíritu Santo te cubrirá con su sombra… pues, la respuesta de María es sencilla, decidida y valiente: ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra’.

Todo arranca en Dios y todo permanece en Dios. En las lecturas descubrimos cómo el plan de salvación de amor de Dios es desde siempre y para siempre. Dios le promete al Rey David su constante apoyo: ‘Cuando tus días se hayan cumplido, y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas y consolidaré el trono de tu realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre’. Esa promesa que David recibió en vida se cumplió en la persona de María engendrando en su vientre al Rey de reyes, a Aquel en quien todas las promesas se cumplen, a Aquel que es la Palabra definitiva de Dios.

María junto a Belén es el pensamiento de Dios que se hace ternura, que se hace adoración, esperanza; es Dios que viene a nosotros en María. No olvidemos esto, hermanos: toda la salvación de nuestra historia, la salvación de cada uno de nosotros, el problema personal que me parece que nadie lo conoce y que a nadie le interesa, sí hay quien lo comprenda y sí hay a quien le interesa. Dios te amó desde toda la eternidad. Tú eres también un detalle de esa historia que Dios quiere hacer para gloria suya.

Esta es la alegría del cristiano: ‘Sé que en Dios soy un pensamiento; yo, por más insignificante que sea, el más abandonado de los seres, en quien nadie piensa, soy amado de Dios’. Hoy, que se piensa en los regalos de Navidad, ¡cuántos hermanos nuestros en quien nadie piensa!: enfermos, privados de libertad, excluidos sociales, inmigrantes…, familias divididas, mujeres que viven con dolor la perdida de sus hijos ‘abortados’…, mujeres golpeadas físicamente y moralmente, también las prostitutas…, los parados, los abusados laboralmente…, los transeúntes… para todos ellos, y para muchos más, la Navidad es un anuncio de paz, de amor, pero de alguien que no se centra en los días de Navidad para anestesiar su conciencia sino que sigue mostrando su amor a lo largo del año. Su nombre es Jesús, el Hijo de Dios y hermano nuestro.

Afortunadamente en todo esto, no hay primeros premios, ni se reducen a algunos, la gran fiesta de Navidad, ‘el Dios con nosotros’ es para todos, sin excepción, ni exclusión, pero eso sí, habrá quien se quede fuera del festín, no por Dios que excluya del banquete y de la fiesta a alguien, sino porque habrá quien no quiera participar de esta invitación. No vivirán la generosidad y el amor de Dios los satisfechos, los soberbios, los necios que no ven más allá de lo que tocan y olvidan que están llamados a alcanzar la meta de llegar a Dios, los que se dejan dominar por las pasiones y le dan espacio al pecado y no le abren la puerta a Dios. Pidamos por todos ellos, por los que piensan en un más acá que les cierra a un más allá, pidamos por los que han perdido a Jesús en la Navidad, por los que no viven la sencillez y humildad de María para acoger a Jesús, pidamos por los de corazón duro que no dan espacio a los más pequeños y necesitados que es dónde Cristo nace cada día de forma real.

Queridos hermanos, no olvidemos que Dios nos ama de verdad, sin distinción ni categoría social, sin hombres de primera y de segunda clase. Nos ama y pensó en nosotros. Seamos sencillos y humildes para dejar que Dios nazca en nuestras vidas, no en figuras de porcelana, sino en nuestras actitudes, en nuestros proyectos, en la relación con los demás. Como cristianos no vivamos la Navidad como la viven los paganos, dejemos a Jesús ocupar su lugar y nacer en nuestras vidas. ¡Feliz Navidad para todos!

 P. Ángel Hernández Ayllón

ESTAD ALEGRES… NOS VIENE UNA BUENA NOTICIA

Estad alegres… Nos viene una Buena Noticia. Domingo III Adviento. Ciclo B.

El Evangelio nos habla de Juan Bautista que tenía dos misiones importantes: la primera dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. Aunque él no era la luz, sino tan sólo testigo de la luz. La segunda misión es la de ser voz que grita: allanad el camino al Señor.

Ser luz y ser voz. Luz para iluminar, para ayudar a salir de las tinieblas y voz para avisar, recordar, anunciar y también para denunciar. Un cristiano ha de iluminar y ha de proclamar, no es posible un cristiano apagado y callado.

No podemos olvidar que Jesucristo hace presente el amor de Dios y lleva a cabo la profecía de Isaías. La vida de Jesús ilumina y da sentido a las múltiples situaciones de limitación y dolor que vivimos: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor’. El Señor viene a dar buenas noticias, a vendar los corazones, a dar libertad, a sanar, a perdonar… Jesucristo viene a sacar de las tinieblas en las que muchas veces vivimos y darnos un mensaje de salvación, de amor y de paz de parte de Dios.

Pero, ¿qué Navidad estamos preparando? ¿A quién estamos esperando? Nos dice Juan que la luz vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron, pero a los que la recibieron les dio poder para ser hijos de Dios. Pues bien, Jesús viene a traernos luz y una Palabra, un mensaje de salvación y de paz, pero provoca dos reacciones: en unos la fe y en otros el rechazo, prefieren las tinieblas a la luz.

¿Es posible rechazar el amor, la paz…? No es lógico, pero sabemos que sí es posible y la realidad es que algunos prefieren vivir de espaldas a Dios. Pero, ¿cuáles son las consecuencias de vivir de espaldas a Dios? Destacaría dos: la pérdida de esperanza y la tristeza existencial. La raíz de la falta de esperanza está en el intento de olvidar a Dios en nuestras vidas; nos llenamos de cosas, necesitamos consumir de todo, pero no nos satisface nada, siempre necesitamos más y más. Hay una necesidad interior que nada puede llenar, además, el olvido de Dios conduce al abandono y al enfrentamiento con el hombre. Permitidme, una pequeña valoración: es curioso que en la Navidad todos tengamos necesidad de darnos a los demás, ¿por qué no hacerlo durante el año? ¿Es proporcional la ayuda que prestamos a los demás con lo que invertimos en nosotros? ¿Estamos dispuestos a que nos afecte la vida de los demás o tan sólo queremos dar cosas puntualmente? Más todavía, cuando perdemos la esperanza no sabemos dar sentido al sufrimiento, a las dificultades, a la enfermedad y mucho menos a la muerte. Cuando perdemos la esperanza la vida se reduce a lo que vemos y tocamos y perdemos de vista la meta a la que somos llamados.

Otra consecuencia de vivir de espaldas a Dios es la tristeza existencial. Vivimos en una sociedad con acceso a ‘muchas cosas’, podemos satisfacer muchos deseos e incluso caprichos, sin embargo, arrastramos una tristeza que no encuentra motivos interiores para vivir con gozo y alegría. La segunda lectura nos desafía precisamente a ‘estar siempre alegres, a dar gracias constantemente por todo. El prefacio de la Misa nos dice: ‘En verdad es justo y  necesario es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar’. ‘Darte gracias siempre y en todo lugar’.

 

La alegría del mundo depende del tener, del disfrutar, de experiencias que vienen del exterior…, son alegrías, algunas muy intensas, pero siempre pasajeras, que dejan el corazón herido y que nos llevan a buscar más y más y siempre más intenso.

 

La alegría del Evangelio, sin embargo, nace del encuentro con Cristo y del compartir con los pobres. «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 2).

 

La alegría nos viene en una persona, la de Jesús, el Hijo de Dios. Allanemos el camino, es decir, preparemos nuestra vida para acogerle. Te formulo dos preguntas: ¿Vives la alegría, vives desde la alegría? Quizás estés lleno de cosas que no te satisfacen o quizás estés cargando con dificultades grandes que te hacen perder los motivos de esperar y de vivir: una enfermedad, un no saber cómo afrontar los pagos del alquiler, de la calefacción, un tener que soportar el alcohol en mi marido, la muerte de un ser querido… Te formulo la segunda pregunta: ¿De qué forma vas a acoger a Jesús en tu vida? Se me ocurren algunas: vive la oración cada día, haz una buena confesión, no tengas miedo a desprenderte de tus bienes, comparte de lo tuyo, se más austero, dedica tiempo al silencio, visita enfermos, no hables mal de los demás, perdona a quien te haya ofendido y pide perdón a quien le hayas herido, apaga la televisión e interésate por los de tu casa…

 

La Palabra nos recuerda que no hay otro dios fuera del Señor: Yo soy el Señor y no hay otro. En el Evangelio Jesús nos dice: ‘Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. Aquí reside el motivo de nuestra tristeza o de nuestra alegría.

 

Quizás estemos usurpando a Dios lo que le corresponde y estemos viviendo una vida sujeta a lo material, a lo caduco, a lo pasajero, a la embriaguez del dinero, de la apariencia…, que no alcanza su plenitud y alegría porque le falta lo más importante y fundamental: dar a Dios lo que le corresponde, ponerlo en su lugar.

 

Allanar el camino al Señor es descubrir que Dios no es un accesorio más…, algunos piensan que sin Dios es posible vivir bien y que Dios lo único que hace es complicar la vida…, nada más falso de la realidad. Dios no es un obstáculo, ni un problema, todo lo contrario; Dios es nuestro mejor aliado, pues el misterio del hombre se esclarece únicamente en el misterio de Dios. Vive el tiempo de Adviento preparando la venida del Señor, Él es luz y trae un mensaje de salvación para que seas feliz.

                                                                                  P. Ángel Hernández Ayllón

II DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO B

En este domingo la Palabra de Dios nos plantea una misión: ‘Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos’; pues bien, también nos da respuesta a dos preguntas.

La primera pregunta sería: ¿Quién viene? ¿A quién esperamos? La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Una persona sólo puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando se confía por entero a su Creador. Sólo es feliz el hombre que tiene esa confianza y entrega total a Dios. ‘Nos hiciste para ti, nos hiciste para ti Señor y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti’ (San Agustín).

Hay una atracción entre Dios que nos ha creado para ser felices y nosotros que aspiramos a completar esa misión, alcanzar esa meta. En la primera lectura nos encontramos al pueblo de Israel a finales del destierro, después de la dura experiencia del destierro el mensaje de Dios al profeta es: ‘Consolad, consolad a mi pueblo’. El profeta no silencia que todo el destierro ha venido fruto de los pecados, de las idolatrías, de las injusticias sociales, de los abusos, de las mentiras… Cuántas veces vivimos situaciones similares, de destierro, de desolación, de abandono… La causa suele estar en el pecado. Hace unos días hablé con una familia que viven la separación por orden judicial debido a la violencia que ejercían en su relación… Una vez que están viviendo el destierro, la separación…, están doloridos, tristes, con lágrimas en los ojos, con muchas preguntas; a lo largo de mi vida he conocido personas que viven el destierro producido por las adicciones; muchos de ellos han perdido familia, salud e ilusión por vivir… ¿cuántos destierros reales y actuales? Destierro es todo lo que te quita paz y alegría. Cuántos pecados nos destierran a lugares donde vivimos la soledad, el frío, la necesidad.

Atentos: Dios quiere hacer sentir al hombre que no puede encontrar en las cosas de la tierra, la alegría que Él le ha dado para llenarla solo Él. NO olvidemos que lo que existe en el tiempo tiene un valor relativo, con el tiempo todo se acabará, de ahí que Dios en la segunda lectura nos promete y nos invita a que ‘esperemos en un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia’. No seamos necios, lo material no perdura eternamente, no absoluticemos nada de este mundo. Sólo hay un absoluto: el que nos está esperando en los cielos que no pasarán y en la tierra que no pasará. Este es un primer mensaje de la Palabra de hoy: ¡Qué triste es que la Navidad se haya comercializado y se haya profanado y no hayamos comprendido que la Navidad es este anhelo de Dios por encontrarse con el hombre y del hombre que no será feliz mientras no se encuentre con Dios!

La segunda pregunta a la que vamos a responder es: ¿por qué caminos viene Dios a la historia? ¿Por qué camino voy a encontrar yo, concretamente, a ese Dios que viene a salvar?

Jesús, el Hijo de Dios vivo, se encarnó en nuestra historia por medio de la sencillez, la humildad, por eso el primer camino que debemos recorrer es el de la sencillez. Descubrir a Jesús en lo sencillo es descubrirlo en los pequeños, en los desapercibidos, en los necesitados… Hace años, en Belén, también pasó desapercibido por los poderosos, por los satisfechos, por los que no tienen tiempo, ni ganas, ni dinero, ni amor…, para entregarlo a los demás.

Preparar el camino del Señor y allanar sus senderos es descubrirle en las presencias misteriosas, pero reales que Él tiene en los más pequeños; en este adviento todos tenemos la oportunidad de preparar el camino al Señor para no rechazarle o ignorarle en este tiempo de gracia.

Por eso, otro camino que tenemos que recorrer es el de la gracia. Vivir en gracia supone y significa que limpiemos, que ordenemos… nuestra morada. Hace unos días fui a confesar al Sagrado Corazón a unos niños y niñas. Me encanta confesar a niños y niñas de estas edades porque hay mucha sinceridad y limpieza de alma. Alguno de ellos hacía como 6 meses e incluso un año que no se confesaban y, entonces les planteé lo siguiente: ¿te imaginas que no hicieras la cama o recogieras tu habitación durante 6 meses o un año? Las respuestas fueron categóricas: sería un cuadro, no quiero ni puedo imaginar la cara de mi madre, apestaría… Pues mirad, si respondemos con la sencillez de un niño, nos damos cuenta que nuestra alma también la tenemos que ordenar y limpiar con frecuencia. ¿Con cuánta frecuencia? Mi consejo es que no pase más de un mes, pues estoy seguro que no estamos hablando de ‘pecados inconfesables’ (se entiende), pero el mayor problema es ir perdiendo la sensibilidad del pecado y perder el Santo Temor de Dios que nos ayuda a amar a Dios y no querer contrariarle en nada. El Santo Temor no es tener miedo a  Dios, sino amarle tanto que no queremos hacer nada que vaya en contra de su voluntad. Celebremos el sacramento de la Reconciliación.

Preparar el camino al Señor, allanar sus senderos es no permitir que el pecado anide en nuestro corazón, actitudes y acciones. Allanar el camino al Señor es permitir que la misericordia de Dios de respuesta a nuestra pequeñez, limitación y pecado. Allanar el camino al Señor es no responder desde el ‘ojo por ojo’ sino desde ‘el amaos los unos a los otros’. Allanar el camino al Señor es mirar al otro como hermano, es no permitir que el rencor o el odio aniden en la vida. Allanar el camino es pensar no sólo en nosotros mismos, sino también en los demás, es compartir nuestro tiempo y nuestros bienes con quienes los necesitan, es poner nuestra mirada en Dios y saber que todo pasa y que todo es caduco. Allanar el camino al Señor es vivir con la confianza en su Palabra, sabiendo que las limitaciones de este mundo son pruebas que debemos pasar, pero que estamos llamados a un encuentro gozoso con Dios y con quienes nos han precedido en esta vida.

Como creyentes nos llevamos dos tareas para vivir con los demás: consolar a quienes viven en destierro, soledad, tristeza y angustia. El consuelo que debemos darles muchas veces será la compañía, el cariño, los bienes materiales…, pero no olvidemos que el mayor consuelo que podemos ofrecerles es llevarles a Jesús. Seamos consuelo para los demás. La segunda tarea es la de allanar el camino al Señor, es decir, facilitar que Jesús nazca y venga y se convierta en consuelo para mí, para ti y para todos. No perdamos la oportunidad de vivir el Adviento como tiempo de gracia. Acordémonos que habrá quien nos quiera ofrecer mucho y al final no nos dé nada. Sólo hay uno, Cristo Jesús que nos ha ofrecido un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia. A Él el honor, la gloria y el poder. Amén.

Ángel Hernández Ayllón

ADVIENTO, TIEMPO DE ALEGRE ESPERANZA Y RESTAURACIÓN

Adviento, tiempo de alegre esperanza y restauración.

Este domingo la Palabra es una fuerte invitación a la vigilancia, a estar despiertos, despejados, preparados… El mundo nos propone muchas sensaciones y experiencias pero casi siempre a costa de anular lo espiritual, de anestesiar la parte íntima de la persona. No hay lugar para Dios, algunos a lo más, aceptarán una presencia íntima, privada, separada de la realidad social y humana. Dios recluido en las sacristías y en las conciencias. Hace unos días hablaba con una amiga que había formado parte de una Asamblea de ‘Podemos’ y me alertaba justamente por su planteamiento respecto a la religión: la religión fuera de la escuela, fuera del espacio público…

Pues mirad, el Adviento es justamente lo contrario: acoger a un Dios que sí le interesa lo cotidiano, nos mueve a dejar a Dios el espacio que le corresponde en nuestra vida y en la sociedad. El misterio que preparamos en el Adviento es justamente la venida, la proximidad, la cercanía de un Dios Amor que quiere intervenir en ‘lo nuestro’ y lo hace para redimir, restaurar, sanar, liberar… El Adviento tiene que ser para los cristianos un tiempo en el que renovemos nuestra fe y experiencia en un Dios Amor y cercano que influye en nuestras vidas.

Pero, ¿cómo buscar a Dios si no reconocemos que tenemos necesidad de él? No podemos desear la liberación si no tenemos conciencia de estar oprimidos. Es cierto, que uno de los males que arrastramos es haber perdido la conciencia de pecado y la necesidad de Dios en nuestra vida.

Son muchos los factores que influyen en tan profundas pérdidas. Algunas causas vienen de fuera: potenciar excesivamente lo sensitivo, darle culto de idolatría a los bienes de este mundo, una religiosidad superficial, un individualismo que nos cierra a los pobres y necesitados, olvidar cuál es nuestra meta definitiva…; pero además, algunos han perdido la conciencia de pecado y la necesidad de Dios por los malos ejemplos, silencios, omisiones y pecados de quienes deberían ser ejemplo en sus comunidades. Es doloroso escuchar y tener que aceptar los pecados y actos delictivos en los que algunos clérigos han incurrido. Ante tan vergonzosas situaciones el Papa marca el camino: tolerancia cero, pedir perdón a la víctima, acompañarla y acudir con urgencia a los tribunales. Es un mal que termina por afectar a toda la Iglesia y que pone en cuestión la maravillosa obra que la Iglesia está realizando en los lugares más olvidados, por miles de cristianos anónimos, sacerdotes y laicos. Como sacerdote pido perdón en nombre de la Iglesia a todas las víctimas y a todas las personas sencillas que sienten dolor y desazón por los acontecimientos que se están investigando últimamente.

Ante las supuestas situaciones nuestra posición es clara: son crímenes detestables y pecados horribles. Pero, ¿cómo reaccionamos? Lo primero es sentir un profundo dolor, pues es la Iglesia la que se pone en entredicho. Lo inmediato es acompañar a las víctimas en su dolor y acudir con urgencia a los tribunales colaborando con ellos. Ahora bien, el adviento nos ayuda a responder y a situarnos ante el misterio de la vida, de dolor y del pecado, desde la clave de un Dios que se aproxima a nuestra realidad humana para elevarla y sanarla. Hoy más que nunca necesitamos de un Dios encarnado que se hace presente en nuestra debilidad. Jesús vino no a condenar, sino a salvar, a redimir, a rescatar lo que estaba perdido: ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos, por eso el Adviento nos habla de restauración, de reconciliación, de salir al encuentro de aquellos a los que les hemos retirado la confianza y la vida les ha robado las oportunidades. El Papa ha ‘primereado’ esta crisis. Su inmediatez y contundencia en la acción marcan de nuevo el camino a seguir: las llamadas a la víctima, su petición de perdón, el compromiso para resolver el asunto con urgencia, su invitación a denunciar ante los tribunales y su propuesta para formar parte de la Comisión de víctimas.

Jesucristo condenaba el pecado, pero acogía al pecador. Justamente el Adviento nos prepara para recibir a Jesús que vino restaurar, a acoger, a purificar, a sanar… Ante el pecado o delito, el mundo no entiende de procesos humanizadores, de restauración, de reconciliación…, la justicia humana aun cuando debería ser restaurativa, no acoge sino que aplica una pena fría…

La iglesia nace y renace continuamente de la gracia de Dios, por eso, aprovecho para animar a todos y a cada uno de los bautizados a que no nos avergoncemos del Evangelio y de la Iglesia que es nuestra madre; es cierto que está llena de arrugas, pero sigue siendo nuestra madre, la que nos engendra y alimenta. En el Credo profesamos que es Santa en sus medios, en su fundamento, en su institución…, pero pecadora en sus miembros y por lo tanto necesitada de conversión diaria en ti y en mí.

Pues bien, ante esta realidad dolorosa de pecado en la Iglesia y en cada uno de nosotros, el Adviento es un tiempo de conversión, de purificación, de pedir a Dios que nos mantenga en la vigilancia, que estemos atentos en nuestra vida y en nuestra comunidad para que siempre demos lo mejor y nuestras actitudes y planteamientos pastorales permitan que Cristo Jesús se encarne y nazca entre nosotros. No podemos vivir el adviento alimentando actitudes que corrompen el Evangelio, por eso, se hace urgente que como comunidad permitamos a Dios habitar y fecundar nuestras vidas.

El salmo responsorial nos decía: Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. “Restáuranos, que brille tu rostro”. Es la meta que nos debemos proponer en este Adviento, que brille el rostro de Dios en nosotros, en nuestras acciones y en nuestras actitudes y que finalmente Jesús nazca en nuestras vidas. Para ello, debemos estar vigilantes y no debe decaer nuestra esperanza. Quiero terminar con la segunda lectura: ‘En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús…: porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo… y Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el tribunal de Jesucristo Señor Nuestro. Y Él es fiel’. Gracias a todos vosotros, los que formáis esta comunidad, por vuestro testimonio cristiano, por vuestra fidelidad, por vuestro compromiso… Hay manchas en la Iglesia, pero también hay un testimonio sincero y fuerte en todos vosotros. Le pido a Dios para que todos, vosotros y yo, seamos fieles a su gracia y caminemos por el Adviento manifestando a los demás que Jesús está vivo y que la vida de Cristo es con mucho lo mejor. Que Dios cuide de su Iglesia y nos de la gracia de una renovación profunda que nos restaure, para que Cristo brille con su luz. Amén.                                               P. Ángel Hernández Ayllón

SU REINO NO TENDRÁ FIN

Cielo y tierra pasarán. Las modas pasarán, las personas, por muy importantes que sean…, pasarán. Lo que hoy no da lugar a duda, mañana es suplantado por algo mejor y desaparece. Todo es pasajero y caduco, pero el Reino de Dios no tiene fin. Doy tres razones de porqué el Reino de Dios no tiene fin: la primera es porque Dios es su fundamento: de Dios arranca y a Dios va, y se realiza en la voluntad de Dios. Segunda, porque su ley es el amor; el amor es el único que construye, da solidez y firmeza. Y tercero, su reino no tiene fin porque su rey es Jesucristo, el eterno viviente.

¿Quién puede asegurar eternidad a sus cosas? ¿Qué líderes o ideologías pueden sobrevivir al paso del tiempo? Cielo y tierra pasarán…, pero mis palabras no pasarán. Todos estamos sujetos a la caducidad, todos somos pasajeros. Nosotros deseamos vivir en plenitud y para siempre, pero sólo lo alcanzamos recibiéndolo del Rey de reyes que es el Señor y dador de vida.

En el Evangelio se nos dice: ‘Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. No es un reino improvisado y, lo mejor, es que es un reino en el que se nos espera. Tal es el deseo de Dios de que formemos parte de esta historia de amor, de este Reino de paz y justicia que en la primera lectura vemos cómo Dios mismo busca a sus ovejas: buscando su rastro, saliendo al paso de las dispersas, sacándolas de los lugares donde se desperdigaron en días oscuros con nubarrones. Recogerá a las descarriadas, vendará a las heridas, curará a las enfermas, las apacentará como es debido…

Hoy podríamos tener la impresión de que el Reino de Dios está cediendo espacio y terreno a los reinos del mundo. Son muchos los que no acuden a la llamada de Dios, por eso, podemos caer en la tentación de pensar que el Evangelio no da respuesta a todos y a todo.

Algunos viven cómodamente, piensan, de espaldas a Dios. Pero, ¿es posible vivir sin Dios, sin dejar que su Reino avance en nuestra vida? De alguna forma estamos influenciados por los valores del reino del mundo: tener más, el dinero, el disfrutar sin límites de los placeres del mundo, el dejarnos llevar por las pasiones, el vivir sin límites: ‘haz lo que quieras’. Pues, me vais a permitir que sea explícito en lo que voy a decir. El ‘haz lo que quieras’ es el mal que estamos viviendo actualmente, su raíz es satánica y sus consecuencias nos destruyen como personas. Me explico. El ‘haz lo que quieras’ significa que todo está permitido: la violencia, el dominio de los fuertes sobre los débiles, la venganza, la infidelidad, el abuso de poder, el vivir desde la mentira y simulación… representa la eterna presunción del hombre que quiere ocupar el lugar de Dios y ser dios de sí mismo, siguiendo las leyes que le resultan más cómodas y tratando de satisfacer su propio placer egoísta.

La invitación del ‘haz lo que quieras’ es el viejo mito de la vida desenfrenada, que sigue cosechando víctimas entre los jóvenes y menos jóvenes. En este reino Jesús no es el Rey, pues se caracteriza por el egoísmo y por la pérdida del sentido de pecado. El mensaje que se transmite es: todo es lícito, todo es posible, todo se puede hacer si uno quiere, es el relativismo moral que impide comprender lo que es correcto y lo que está mal.

El ‘haz lo que quieras’ sus consecuencias son destructoras; Jesús es Rey y su Reino no tendrá fin, porque al ‘haz lo que quieras’ se le precede el ‘Ama’. ‘Ama y haz lo que quieras’ pero Ama. El Reino de Dios no tendrá fin porque su ley es el amor. San Juan de la Cruz tiene un verso precioso: ‘al atardecer de la vida nos examinarán del amor’. No me examinarán a ver si gané mucho dinero, o recibí muchos aplausos, o si fui grande en el mundo, ni siquiera me examinarán de las veces que vine a Misa o recé rosarios…, No, el examen de Dios será sobre el amor: ‘Tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber’. ¿Qué le diremos a Dios en ese momento? No les di de comer, pero recé mucho y sin despistarme… Te recuerdo el pasaje del ‘Buen Samaritano’; quien quedó justificado no fue el sacerdote y el levita que tenían prisa para cumplir con el precepto, con el mandamiento y rezar a un Dios que no veían, el que quedó justificado fue el samaritano que renunció a lo suyo y se puso en la frecuencia de ser útil y servir al necesitado. En este pasaje Jesús nos pone de ejemplo a un extranjero, pero además, en el evangelio de hoy no se hace mención a la identidad de aquellos a los que debemos servir y también nos habla de que llegarán a la salvación aquellos que sin conocer a Cristo supieron amar en su vida.

De nada serviría que hoy en este templo proclamáramos que Jesús es Rey del universo si luego no le dejáramos reinar en nuestra vida, en lo cotidiano en lo de cada día. Proclamar a Jesús Rey de mi vida significa que le otorgo toda autoridad y decisión y que me dejo guiar por las actitudes y valores del Reino. No puedo decir que Jesús es Rey si no amo a quien me rodea y si no perdono a quien me ofende o pido perdón a quien he ofendido. No puedo decir que Jesús es Rey si vivo apegado al dinero, si no realizo con esmero y excelencia mis trabajos, si no respeto a quien me rodea, si no soy fiel a mi esposa o esposo, si maltrato a aquellos con quienes vivo… No puedo decir que Jesús es Rey en mi vida si no practico las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, visitar al enfermo o al preso, acoger al peregrino o transeúnte…, enseñar al que no sabe… No puedo decir que Jesús es Rey si no amo siempre, a todos y en toda circunstancia.

Los reyes de este mundo son reyes con pies de barro, son y se desvanecen sin darnos cuenta, están arriba y de repente caen en el olvido. Sus palabras son interesadas siempre, nada hay gratuito, todo es fruto de una estrategia de poder. Es muy distinto al Rey que hoy proclamamos. Cielo y tierra pasarán…, pero el Reino de Dios no tendrá fin porque Dios es su fundamento, porque su ley es el amor y porque Jesucristo es su Rey, el eterno viviente. No serviré nunca a reyes con pies de barro. Algunos se venden como la solución al orden social: ‘podemos’…? Perdón, ‘podemos robar como todos, sabemos, queremos y lo haremos’. No creo en ningún radicalismo y extremismo y menos a quienes se venden como corderos con piel de lobos. No tengo nada que perder, ni ganar, pero sé que El único Rey verdadero y Señor es Jesucristo el Hijo de Dios hecho hombre por amor. El sí vino a implantar un Reino de verdad y de vida, un reino de santidad y de gracia, un reino de justicia y de amor y de paz. Discúlpenme si a todos los demás les pongo una gran interrogación. Mi único salvador es Cristo y el único que da solución a los verdaderos problemas es quien venció a la muerte y al pecado por mí, por ti y por todos. A Él la gloria, el honor y el poder. Amén.

                                                                                       P. Ángel Hernández Ayllón

DOMINGO XXXIII, CICLO A

Nos encontramos en el último domingo del Año litúrgico, previo a la celebración festiva de Cristo Rey. La Iglesia es una comunidad en espera activa del retorno de Cristo.

 El Evangelio nos muestra un hombre rico que antes de marcharse a un país, según la versión de Lucas, un país lejano, repartió sus bienes entre sus empleados: a uno le encomendó cinco talentos, a otro dos y a otro uno. Este detalle es fundamental en nuestra relación con Dios. El ‘irse a un país lejano y repartir sus bienes’ habla que Dios tiene una presencia en este mundo no de intervención directa, y que esta hacienda-propiedad de Dios queda a nuestro cuidado, nos habla de la responsabilidad que tenemos de que el Reino de Dios avance, no sólo por Gracia de Dios, sino también por el compromiso de cada cristiano en su ambiente familiar, social, laboral… Que Dios se ausente, se vaya a un país lejano y nos encomiende la tarea del Reino, es la manera de imaginar que Dios no se hace presente como el gran director del teatro de títeres del universo. Dios no dirige o interviene directamente en lo que ocurre en este mundo. Si lo hiciera ¿dónde quedaría nuestra libertad? Es verdad que nos resulta más cómodo aplicarle toda responsabilidad a Dios: ‘Dios lo ha querido’, ‘si Dios quiere’… u otras, son expresiones en las que derivamos la responsabilidad a Dios…, pero justamente la parábola de los talentos nos está urgiendo a que seamos responsables en nuestra vida y nos comprometamos en las situaciones en las que podemos y debemos intervenir. Debemos ser místicos con los ojos abiertos. Nuestra fe no nos esconde en castillos espirituales. Recordemos también el pasaje de la multiplicación de los panes y los peces: ante la sorpresa de los apóstoles Jesús les dice: ‘dadles vosotros de comer’. Sólo tenemos cinco panes y dos peces…, evidentemente no es suficiente, pero Dios completa nuestra pequeñez y pobreza, no actúa sin nuestro trabajo, no suplanta nuestro esfuerzo. Respeta nuestra libertad y cuenta con ella.

El empleado negligente y holgazán, que piensa en sí mismo, representa la religiosidad individual. No producir los talentos, aunque sean mínimos, es pensar en nosotros mismos. Lo que no se entrega, decía Teresa de Calcuta, se pierde. Por eso, nuestra fe habla de comunidad, de compromiso. No es posible esconder el talento bajo tierra, no es posible vivir la fe individualmente, privadamente: mi fe, mi intimidad, mis devociones…; la fe es personal y lo personal habla y nos dirige a la comunidad. No hablemos de ‘mi salvación’, ‘mi religión’… Hablemos de nuestra salvación pues formamos parte de un pueblo. Nos dice Pedro en una de sus cartas que ‘somos familia escogida, sacerdocio al servicio del Rey, nación santa y pueblo adquirido por Dios’ (1Pe 2, 9).

El vivir la fe con la conciencia de formar parte de un Pueblo, nos abre a una relación maravillosa que es la de los hermanos. Ser cristiano no me pone en relación con Dios olvidando la realidad en la que vivo o ignorando insensiblemente las dificultades de los que me rodean. Cuando rezamos ‘Padre Nuestro’, ese comienzo de la oración del cristiano nos está recordando dos cosas: que a Dios le llamamos Padre y por lo tanto, nos situamos como hijos, pero además, si le aplicamos el ‘nuestro’ estamos declarando nuestra condición de hermanos y por lo tanto, no podemos vivir la fe sólo unidos a Dios y ajenos a los demás, no es posible, no es cristiano.

 La segunda lectura nos urgía a que despertáramos de la modorra en la que la sociedad actual nos introduce: estad vigilantes y despejados. Es una invitación a no perder de vista la meta y el camino que estamos haciendo. No podemos peregrinar de cualquier forma y no podemos desviarnos del camino. Estar vigilantes y despejados significa que no invirtamos el valor a las cosas, que sepamos distinguir entre lo relativo y lo absoluto, entre lo bueno y lo malo; significa no olvidar que nuestra meta no pertenece a este mundo, pues todo es pasajero y caduco, estar vigilantes y despejados es no dar espacio al pecado y a todo lo que nos divide, es abrir los ojos y descubrir que el otro, el que está cerca de mí, con el que vivo y trabajo es mi hermano y que no puedo crecer y madurar sin él. Estar vigilante y despejado es no vivir en la mentira de confundir lo urgente con lo importante o lo que tiene precio con lo que tiene valor, es descubrir a Dios como meta y guía en la vida. 

Hoy ponemos nuestra mirada en la Iglesia Diocesana y en la Iglesia necesitada y perseguida. Lo Diocesano me habla de que formo parte de una familia, una porción del pueblo de Dios; existe un vínculo fuerte que me une a aquellos que forman parte de mi diócesis: el obispo nos une como principio visible y fundamento de unidad… Hay momentos donde nos cuesta salir de nuestros particularismos, de nuestros grupos y corremos el peligro de olvidar que formamos parte de un cuerpo, de una historia, de una familia. Oremos hoy por la Iglesia Diocesana que nos engendra y alimenta en la persona de nuestro obispo y de toda la riqueza espiritual que en ella se encuentra. Oremos para que nuestras diócesis sigan siendo lugares donde el Evangelio se encarna y se transmite, donde la Palabra de Dios resuena y purifica, donde la Eucaristía se parte como alimento, donde la gente encuentre consuelo y apoyo.

A la Iglesia Necesitada y Perseguida la ponemos también en medio de nuestras intenciones y oramos en esta Eucaristía por las dificultades de tantos hermanos y comunidades que sufren la necesidad y la persecución. Que el Dios de la paz y la Vida que nos congrega en familia nos bendiga y cuide a todos. Amén.                     

 P. Ángel Hernández Ayllón.

Juan Pablo García Maestro: ‘Un nuevo modelo de parroquia en la Exhortación ‘Evangelii Gaudium’ del Papa Francisco’.

Un nuevo modelo de parroquia en la Exhortación Evangelii Gaudium del Papa Francisco.

Fue una auténtica bendición y una gran ayuda en nuestro caminar como comunidad parroquial el tener a Juan Pablo García Maestro el pasado sábado en nuestra parroquia.

En la ponencia que compartió con nosotros, “El nuevo modelo de parroquia en la Exhortación Evangelii Gaudium” del Papa Francisco, Juan Pablo, profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca y teólogo, querido amigo para esta comunidad, nos dio una visión global y muy precisa de cuáles son las tareas prioritarias para la Iglesia y las comunidades particulares, según el Papa: relanzar la misión, reafirmar y expresar la identidad del cristiano partiendo de Cristo muerto y resucitado, reformar la institución eclesial y reencantar y seducir con la vida y la misión de los cristianos.

Refiriéndose al ámbito de las parroquias, los nuevos movimientos y las comunidades de base, hizo hincapié en la importancia de la conversión personal y comunitaria, el sentido de ‘conversión pastoral’ y la importancia de la actitud del pastor en las comunidades, para que las parroquias sigan siendo estructuras vivas, plásticas, que sean lugares de creatividad misionera y de reforma y adaptación constante, de fusión con la realidad, con la gente, para ser más eficaces en su misión.

Según García Maestro, la Exhortación Evangelii Gaudium es sencillamente un programa de vida, pastoral, para toda la Iglesia Universal, un programa que está bien descrito y reflejado en las Bienaventuranzas, en el que el Papa llama a que la Iglesia sea una Iglesia de los pobres, en la que éstos sean los primeros, una Iglesia formada por cristianos (ordenados y laicos) corresponsables, que sea una Iglesia en salida, una Iglesia que ‘primeree’, es decir, que se adelante, que vaya al encuentro de los demás, de los alejados, de los excluidos, de los no creyentes. Sin temer que esto nos lleve a convertirnos en una Iglesia de ‘minorías’. Una Iglesia que demuestre que está cimentada en la misericordia.

Al igual que hiciera Francisco de Asís, el Papa Francisco ha relanzado el concepto de ‘hermano’, concepto básico, esencial y motor del ser cristiano, en una vuelta a Jesús de Nazaret, a quien el teólogo Dietrich Bonhoeffer definía como ‘un hombre para los demás’. Jesús es  un hombre para los demás, y así hemos de ser nosotros.

En el campo ecuménico e interreligioso, nos transmitió la necesidad de no absolutizar nuestro concepto de Dios, escuchar, dejar que el otro también hable. Y ‘primerear’ también con ellos, acercarnos nosotros primero, tomando la iniciativa. Ante los no creyentes, manifestó su opinión de que hemos de provocar preguntas, más que dar soluciones. Plantear en la sociedad el porqué de la muerte, del dolor, del ‘después’ de la vida… Es decir, volver a poner a la Humanidad ante preguntas radicales, que nos abran a la verdadera vida.

Y, como siempre, también nos planteó desafíos, abordar la formación de una manera seria, una formación que tenga en cuenta la realidad misma, cuestionarnos nuestra manera de orar, de celebrar, descubrir realmente a quién servimos, analizar nuestras fortalezas y debilidades para ser testimonio vivo de ese Jesús que sale al encuentro de la gente, trabajar en el descubrimiento de los pasos a dar para ser realmente parroquias en salida.

Concluyó recordándonos que estamos llamados a transformar, y para ello hemos de tomar muy en serio el conocimiento del mundo, los fenómenos de la inmigración, situación política, económica, social, la relación con el Islam, con los mass-media… para poder hacer lectura de los acontecimientos desde la fe.

Celebración de la santidad en las calles de Soria.

El pasado viernes 31 de octubre y el sábado 1 de noviembre, organizado por la Vicaría de Pastoral de la diócesis de Osma-Soria, realizamos en la Plaza de San Esteban de Soria una preciosa celebración de la santidad. Mediante un pequeño espectáculo de marionetas, presentamos las figuras de San Francisco y Santa Clara de Asís y Santa Teresa de Jesús.

Con bellas y animadas canciones, breves perfiles y el testimonio y las palabras de estos santos, fascinantes testigos de la fe, llevamos la alegría de Jesús y su luz y vida desbordante a las calles de nuestra ciudad, Soria, tan necesitada de esperanza.

Aquí mostramos algunas de las fotografías de este encuentro-celebración de la santidad y la vida. Porque Jesús es nuestra vida, Jesús es  la VIDA.

 

Domingo XXX. Ciclo A

Todos somos muy dados a proteger nuestros derechos, aunque a veces, algunos con bastante frecuencia, olvidan sus obligaciones. Algunos omiten sus responsabilidades laborales haciendo mediocremente sus trabajos, faltando a la puntualidad… Conocemos funcionarios que pasan más tiempo tomando su cafetito que cumpliendo con sus obligaciones profesionales, pero que ante un recorte salarial o cualquier aplicación que les exija reducir ‘sus derechos’ y ampliar ‘sus obligaciones’ o al menos realizarlas con mayor control, ponen el grito en el cielo.

La primera lectura del Éxodo es del mismo libro en el que Dios traza una alianza con los hombres: ‘Seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo’. Pero, como en toda alianza, aquí también hay condiciones: ‘No oprimir ni abusar del forastero, no explotar a viudas y a huérfanos…, pues si los explotáis y ellos gritan a mí, yo los escucharé, se encenderá mi irá y os haré morir’. Dice más: ‘si prestas dinero, no seas usurero cargándole intereses… Si el pobre grita, yo lo escucharé’.

Algunos piensan que estas advertencias no tienen consecuencias, pues se agarran a que ‘Dios es misericordioso’ y…, se amparan en la misericordia de Dios, tratándole como el abuelo que nada niega a sus nietos, porque desconocen todo lo que dice la Palabra de Dios: ‘si los explotáis y ellos gritan a mí, yo los escucharé, se encenderá mi ira y os haré morir’. En estos años, ha habido gente que ha actuado fuera de la ley y ha abusado de aquellos que ‘a toda costa’ buscaban trabajo para vivir. Algunos han hecho contratos atentando contra la dignidad de las personas y contra la justicia social; han abusado de las personas: les han exigido trabajar duramente en condiciones pésimas, mal pagados y algunos incluso sin contratos, sin seguridad social… Este tipo de personas tienen que saber que todo tiene sus consecuencias y que a Dios no se le pasa por alto las injusticias que ofenden y atentan contra la justicia. Si es cierto que Dios se ablanda ante un corazón arrepentido, pero no es menos cierto que Dios actúa con severidad ante las injusticias que se comenten contra los pobres.

¿Qué decir de las expulsiones en caliente en Ceuta y Melilla o de los enfermos de ébola en países africanos o de los desahuciados, o de los parados, o de los abortos…? Desgraciadamente son muchas las situaciones en las que actualmente el hombre y su dignidad quedan en entredicho. Pero, no pensemos que Dios pasa por alto ese tipo de comportamientos, pues Jesús expresó cuál es el verdadero culto que le debemos a Dios: ‘misericordia quiero y no sacrificios’.

En la época de Jesús los judíos tenían 613 preceptos que cumplir (y una buena memoria para recordar semejante lista). 248 eran preceptos positivos y, el resto, 365 eran prohibiciones: ‘no harás…, no harás… y no harás’. Vivían enredados en esa casuística. Podemos entender entonces que un doctor de la Ley se acerque a Cristo para tentarle con preguntas trampa. El domingo pasado veíamos cómo le planteaban ‘si era lícito pagar el tributo al César’. Y ahora le presentan otra pregunta, referida a las leyes: ¿Cuál es el principal de los mandamientos? ¿De los 613 cuál es el más importante?

Es complicado ¿verdad? Seleccionar entre 613 preceptos y dictar cuál es el principal. Por eso, los judíos lo más que lograban era dividirlos entre preceptos pesados y preceptos ligeros. Cristo es tajante y les dice: ‘Este es el primero y en el cual se funda toda la revelación de Dios. Habéis enredado la revelación del Señor de modo que ya ni se entiende, porque habéis hecho leyes de hombres en vez de la ley de Dios. Echemos abajo todos estos mandamientos humanos. Fijaos en lo principal. Este es el principal mandamiento: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser. Y el segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo’.

Lo original de Cristo no es decir que el principal mandamiento es amar a Dios, sino que puso en el mismo nivel ‘el amor al prójimo’ y la regla que dispuso fue ‘como a uno mismo’. Esto sí es original del cristianismo: tenemos que amar al prójimo como amamos a Dios, y no podemos separar estas dos direcciones del amor.

Hay quienes han olvidado amar a Dios y al prójimo y, tan sólo se aman a sí mismos; un amor propio que les lleva a negar a Dios y a enfrentarse con el prójimo, o a olvidarlo que es otra forma de golpearlo con el desprecio y la indiferencia.

Están también quienes entran en las iglesias, se comen a los santos, cumplen minuciosamente los preceptos y mandamientos de la Iglesia, pero, después olvidan sus obligaciones con el prójimo y pasan a su lado sin ningún tipo de sentimiento ante sus dificultades, sin empatía, sin mover un músculo para socorrerle.

Muchas veces hemos dicho que no es posible celebrar la Misa el Domingo con mucha devoción y vivir una semana cometiendo injusticias u omitiendo salir al encuentro de los necesitados. Jesús nos lleva a una vivencia de la fe en la que Dios es fuente y, a Él le debemos toda la Gloria, el Honor y el Poder, pero también nos enseña y nos lleva a reconocer en el prójimo la aplicación práctica de una fe que no nos puede esconder lo que vivimos o anestesiar ante tantas realidades humanas de dolor. Algunos se quedan tan anchos cumpliendo el mandamiento de acudir a Misa todos los domingos, pero no tienen ningún problema de pasar por alto las necesidades humanas cercanas a su vida; comulgan con toda devoción, con los ojos cerrados y con las manitas juntas, pero continúan con los ojos cerrados ante las necesidades de los demás y con las manos juntas inactivas e insolidarias.

¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley? Si la gloria de Dios es que el pobre viva, el mandamiento principal de la Ley es cuidar a quien vive una vida indigna, golpeada por la necesidad material o espiritual. Qué terrible tiene que ser luchar por llegar a fin de mes, o sacar a los hijos adelante con recursos escasos. Qué terrible vivir sin trabajo, hipotecado, desahuciado, con enfermedades terminales, en soledad; qué terrible vivir en pecado, sin conocer a Jesús, siempre con malas noticias; qué terrible vivir las cárceles de las adicciones: la droga, el alcohol, el sexo; qué terrible vivir la soledad o la violencia o el desprecio dentro del matrimonio o la familia… No seamos ingenuos para pensar que no hay necesidad a nuestro alrededor. Esas son las mentiras a las que nos acostumbran nuestros políticos, que suelen barrer ante ciertas visitas y meten la basura debajo de la alfombra. Sí hay necesidad, sí hay personas que están fuera de los límites sociales, sí es necesario que adoremos a Dios en la carne débil y golpeada de nuestros prójimos. Sí podemos adorar a quien tenemos a nuestro lado, dedicándole tiempo y cariño en sus necesidades y nuestros bienes si fueran necesarios. El diezmo no es dar de lo tuyo, sino devolver al pobre lo que le pertenece.

Es curioso que los políticos y otros piensan que las soluciones a los problemas sociales tienen que ser técnicas o económicas. La propuesta de Jesús es más sencilla y real, va a lo esencial: amar y amar; en tres direcciones: a Dios, al prójimo y a nosotros mismos. Amén.                                                                                      P. Ángel Hernández Ayllón

Dad frutos agradables a Dios

Domingo XXVII. Tiempo ordinario. Ciclo A.

Dad frutos agradables a Dios

Comienzan las lecturas con un pensamiento de amor y ternura: ‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña’. Sintámonos arrullados por ese canto de amor y acojámoslo no como extraños, sino como protagonistas de ese amor.

El Señor plantó la Iglesia en el mundo como una viña. Nos dice la Palabra que la entrecavó, la descantó y plantó buenas cepas… la cuidó con cariño, con esmero, con dedicación…, y esperó que diese uvas, sin embargo dio agrazones… Nos podemos interrogar nosotros ¿qué es lo que Dios espera de nosotros? Como Iglesia, la viña de Dios, ¿estamos dando los frutos esperados por Dios? La segunda lectura, nos sirve de examen de conciencia, pues nos habla de posibles frutos que debemos dar: ‘todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta’. 

En el Nuevo Testamento encontramos dos textos donde se nos urge a que demos frutos agradables a Dios: ‘El Espíritu da frutos de amor, alegría y paz; de paciencia, amabilidad y bondad; de fidelidad, humildad y dominio propio’ (Gálatas 5, 22-23), ‘…debes ser un ejemplo para los creyentes en tu modo de hablar y de portarte, y en el amor, la fe y la pureza de vida’ (1Timoteo 4, 11-12).

¿Cuáles son los frutos de nuestra vida? Por vuestros frutos os conocerán (Mateo 7, 20). ¿La gente identifica que somos cristianos por nuestra forma de vivir? El pasado martes entré a un bar para que retiraran un coche que habían aparcado en la puerta de los salones y, al entrar, había un grupo de personas conocidas que me insistieron que tomara algo con ellos. Al final me quedé y tomé un té. Una de las personas, aprovechando que había un cura delante, me espetó, con normalidad y una sonrisa en los labios, que estaba viviendo en pecado. Lo dijo sin ningún arrepentimiento y sin ningún dolor; sin embargo, a renglón seguido, me hacía propaganda ponderando mis virtudes -según ella- y animando a que todos fueran a mi parroquia… ¿Cómo vivimos nuestro bautismo? ¿Cómo cuidamos la viña de Dios en nosotros? Hay una desidia y mediocridad espiritual que en algunos casos es culpable, pues viven su situación irregular, y por lo tanto de pecado, sin ningún pudor y alardeando públicamente de ello. Es posible que, en algunos, haya más de estupidez que de maldad, pero en cualquier caso no creo que sea justo jugar con nuestra salvación, y menos, despreciar la sangre que Jesús derramó en la Cruz para liberarnos de nuestros pecados.

Como Iglesia no podemos aspirar a una religiosidad de cumplimiento, a una gracia barata en la que nos conformamos con los mínimos y siempre buscando rebajas, no podemos pretender tener influencia social…, hay actitudes que tenemos que purificar. Nos dice el Evangelio que el propietario de la viña, envió a sus criados a percibir los frutos que le correspondían. Si el Señor viniera repentinamente para solicitar los frutos de nuestra vida, ¿qué le daríamos?

Otra idea que nos transmite el Evangelio es que la propiedad privada ha de estar sometida al ‘destino universal de los bienes’. No es justo que unos pocos se apropien indebidamente de los bienes que pertenecen a todos, por eso, el propietario de la viña reclamaba los frutos que le correspondían, pero quienes se habían apropiado de ellos no querían desprenderse y para ello, como hemos escuchado en el Evangelio, llegaron hasta matar. ¿Qué estamos haciendo actualmente? Morir de hambre, con los medios que tenemos, es morir asesinado. Todo tiene sus niveles y grados. Si miramos a los ricos del mundo, a los políticos, a los futbolistas de élite…, a todos aquellos que acumulan cuantiosas riquezas, es cierto que se convierten en verdugos sin misericordia de muchos millones de personas que carecen diariamente de lo básico para sobrevivir. No hay derecho a tanta desigualdad, no podemos seguir alimentando una economía que mata y margina. Pero, analicemos nuestras vidas, pues a un nivel inferior y más pequeño quizás estemos haciendo uso de los bienes, aunque sean ‘los nuestros’, de una forma un tanto irresponsable e insolidaria. 

Los frutos que Dios espera de la viña plantada son el derecho y la justicia. Dar los frutos que Dios espera de nosotros es fomentar y cuidar el Reino de Dios en la tierra y hacer posible que los valores del Reino triunfen ante el egoísmo y la sinrazón. 

No vivamos un cristianismo de pantalla. Ahora mismo, hace mucho daño la falta de testimonio de aquellos que han sido bautizados y viven de cualquier forma, exponiendo la vida de gracia y viviendo sin darle importancia al pecado y a actitudes y comportamientos que van en contra de la fe. No podemos jugar a disfrazarnos de cristianos los domingos y vivir durante la semana olvidando, cuando no negando, los ideales del Evangelio. ¿Es posible ser cristiano y ser infiel a mi mujer o marido? Pues no. ¿Es posible ser cristiano y poner mi corazón en las riquezas a costa de pisar al de al lado y acumular y ahorrar siendo insensible a las necesidades básicas de los que me rodean? Pues no. ¿Es posible ser cristiano reduciendo mi fe a un cumplimiento dominical y olvidando a Dios en todo mi quehacer diario? Pues no. ¿Es posible ser cristiano manteniendo hábitos de diversión en los que todo vale, consumiendo de todo, flirteando con todos y no poniendo freno y moderación a los deseos y pasiones? Pues no. ¿Es posible ser cristiano y vivir una vida sin compromiso, preocupados sólo del más allá, olvidando el más acá? Pues no. ¿Es posible ser cristiano sin respetar y amar a la Iglesia? Pues no. ¿Es posible ser cristiano y dar la espalda a los más inocentes y necesitados, a los no nacidos y ancianos? Pues no… 

Debemos vivir como cristianos en los ambientes en los que nos movemos y hacerlo con la alegría propia de los hijos de Dios. Hace unos días un conocido que quiere casarse, lo va a hacer civilmente y alguien le sugirió que le casara yo por la iglesia, a lo que el muchacho contestó que por la Iglesia no; ante tal negativa alguien me dijo que le presionara un poco. Mi contestación fue clara y precisa: un matrimonio por la Iglesia obligado es un divorcio seguro. Prefiero que viva ‘en pecado’ pero que no se viva la fe obligadamente y por necesidad impuesta. Es una pena ver el panorama eclesial y la situación de muchos bautizados que han sido sacramentalizados por rutina, por inercia, por tradición…, y que ahora son indiferentes, cuando no contrarios a lo que la Iglesia les propone. La fe cristiana se debe transmitir por atracción, por seducción…, nunca por imposición. Nos sobran cristianos de nombre y nos hacen falta cristianos ‘de verdad’ de los que dan fruto, el fruto que Dios espera.

Querido hermano, hermana, tenemos la oportunidad, que es también obligación y desafío, de vivir santamente nuestra vida, dando lo mejor de nosotros mismos, viviendo con compromiso nuestro bautismo. Dar fruto en la vida, es vivir con compromiso la vida, sin perder la tensión de saber que un día nos presentaremos ante Dios y le daremos cuenta de todo lo que hemos vivido. El Señor envió a su Hijo para animarnos a vivir nuestra vida eucarísticamente, es decir, entregando nuestro cuerpo y derramando nuestra sangre por todos aquellos que siendo hijos de Dios están llamados a vivir en la verdad. Que tu vida dé fruto abundante, no te conformes con ir tirando de sensación en sensación. Amén                             P. Ángel Hernández Ayllón.