Austeridad responsable y solidaria

No compliquemos la fe, no la barnicemos, no suavicemos sus ideales y compromisos, no contaminemos lo que es puro y no compliquemos lo simple. Quizás hemos llenado la fe de devociones, algunas supersticiosas, de ritos tan complicados y solemnes que ya no nos reconocemos en ellos, de ideología y moral, pensando asegurar unas formas de cumpli-miento. ¿Con qué Jesús nos encontramos cada día? ¿Qué Jesús es el que celebramos?… ¿Jesús, sigue siendo una respuesta para la vida de los que andan tirados en las cunetas?

Si Jesús se encarnó y se hizo uno de nosotros; si, no teniendo pecado, cargó con nuestro pecado y sus consecuencias, no fue simplemente para compartir tal condición y suerte, idealizándola, sino para redimir el ser humano y conducirlo a la salvación. Si Jesús se hizo pobre con los empobrecidos, no fue para justificar o sacralizar su pobreza injusta, sino para superarla, por ser contraria a la voluntad amorosa de Dios. Jesús es pobre por amor a los pobres, no por amor a la pobreza injustamente impuesta.

Como iglesia no podemos permanecer callados e insensibles ante el clamor de aquellos que padecen la injusticia social en los diferentes frentes de la vida: laboral, familiar, derechos fundamentales, la vida, la libertad,… En un estudio sobre ‘Cristo y la opción por el pobre’, del teólogo recientemente fallecido Julio Lois, concluía encendiendo tres luces que deberíamos no apagar en nuestra iglesia: la primera, Jesús estuvo de parte de los pobres, los que lloran, los que pasan hambre, los insignificantes, los excluidos…; la segunda, que la opción decidida por los pobres y su justa causa forma parte esencial e irrenunciable del seguimiento de Jesús; por último, que la credibilidad de la fe cristiana, en una sociedad en la que se dan tantas desigualdades hirientes entre ricos y pobres, depende de que los creyentes, personal y comunitariamente, vivamos con autenticidad esta opción.

Ante la situación actual ¿qué podemos hacer? Una propuesta sería vivir una ‘austeridad responsable y solidaria’. La situación de crisis a algunos nos obliga a la austeridad, pero la austeridad sin solidaridad cae en la avaricia, y la solidaridad sin el compartir es una mentira. Debemos vivir  la moderación, la sencillez, un consumo responsable, que nos lleve a discernir y recortar las necesidades artificiales que nos hemos ido creando en la vida cotidiana, para poder compartir generosamente con los hermanos.

‘El pecado más grave en el mundo de hoy es el de la pereza y la apatía’. En el llamado ‘juicio de las naciones’ (Mt 25, 31-46), la exclusión del Reino de Dios es únicamente por pecados de omisión: no visitar a los presos, no dar de comer al hambriento, no vestir al desnudo… San Agustín era muy claro: “Si ha de ir al fuego eterno a aquél a quien Cristo diga: ‘Estuve desnudo y no me vestiste, estuve en la cárcel y no me visitaste, ¿qué lugar habrá en el fuego eterno para aquel al que le ha de decir: Estaba vestido y tú me desnudaste, era libre y me convertiste en esclavo?” No olvidemos el pecado de omisión, los cristianos no podemos ser neutrales ante las lágrimas y clamores de los que sufren; con nuestra indiferencia podemos desnudar, despojar de lo que legítimamente pertenece a todos, de encarcelar a los pobres, ancianos… Muchas personas, más de las que pensamos, sufren en nuestra ciudad no sólo por las decisiones o actos de unos, sino también por el silencio, la omisión y la indiferencia de otros.

Como iglesia debemos responder no sólo con documentos o estudios sobre la pobreza, sino con gestos que muestren nuestra posición ante el clamor y la necesidad. Juan Pablo II en la encíclica ‘Sollicitudo rei socialis’ declaraba que: ‘pertenece a la enseñanza y a la praxis más antigua de la iglesia la convicción de que ella misma, sus ministros y cada uno de sus miembros, están llamados a aliviar la miseria de los que sufren cerca o lejos, no sólo con lo ‘superfluo’, sino con lo ‘necesario’. Ante los casos de necesidad, no se debe dar preferencia a los adornos superfluos de los templos y a los objetos preciosos del culto divino; al contrario, podría ser obligatorio enajenar estos bienes para dar pan, bebida, vestido y casa a quien carece de ello’ (SRS 31). ‘Austeridad responsable y solidaria’.                                      Ángel Hernández Ayllón

Escondidos con Cristo en Dios…

Por lo tanto, ya que habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas del cielo, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Pensad en las cosas del cielo, no en las de la tierra. Pues vosotros habéis muerto, y ahora vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cristo es vuestra vida. Cuando él aparezca, vosotros también apareceréis con él y tendréis parte en su gloria. (Col 3, 1-4)

‘La ilimitada entrega de amor a Dios y la donación de Dios a nosotros, la unión completa y duradera, es la suprema elevación del corazón que nos es posible alcanzar, el supremo grado de oración. Los hombres que lo han alcanzado son verdaderamente el corazón de la iglesia: en ellos vive el amor sacerdotal de Jesús. Escondidos con Cristo en Dios, no pueden sino irradiar en otros corazones el amor divino de que están llenos, y así colaborar en llevar a la perfección la unión de todos en Dios, que fue y es el gran deseo de Jesús.’  (Edith Stein)