Jesús vencedor de nuestras muertes

Hay quienes opinan que pensar en la muerte y en una vida posterior puede conducirnos a la apatía, de forma que la existencia de aquí se viva sólo a medias con el corazón y se limite uno a ‘recorrer su camino’ o a ‘soportar la vida’. Pensar en la muerte y en la vida del más allá nos puede conducir –dicen- a olvidar el más acá y llevarnos a dilapidar los tesoros de la vida pensando en el cielo.

El pensar en la muerte y en una vida después de la muerte no tiene que desviar nuestra atención de esta vida, sino que puede y debe dar profundidad a lo que vivimos sabiendo que todo es pasajero. Más todavía, el reprimir todo pensamiento de la muerte y vivir como si dispusiéramos de tiempo infinito nos vuelve superficiales e indiferentes. Hay gente que en su prepotencia intenta luchar contra la enfermedad, discapacidad e incluso contra la ancianidad. En nuestra sociedad de rendimiento y consumo, la salud significa ‘ser apto para el trabajo’ y ‘poder disfrutar de los placeres’. Cualquier cosa que altere esas capacidades se considera padecimiento y se experimenta como algo sin sentido.

La muerte pone un plazo al tiempo de nuestra vida, y hace que esta sea breve. La angustia de morir, una angustia inconsciente, se manifiesta en la prisa con que se vive: ¡Venga, en seguida! Tan sólo el que vive más deprisa, saca más de la vida. A pesar de que eso sea lo que se nos transmite, sigue siendo verdad que tan sólo el que vive lentamente, entra realmente en lo que es la vida ‘Conócete a ti mismo’, ‘sábete que eres mortal’. ‘Señor, enséñanos a tener en cuenta que hemos de morir, para que lleguemos a ser prudentes’ (Salmo 90, 12).

Hoy día de Pascua, donde la muerte ha sido vencida, os comparto un himno precioso: ‘Y cuando los corazones humanos se rompen bajo la barra de hierro de la tristeza, entonces encontramos ese mismo sufrimiento profundamente dentro del corazón de Dios’. La Resurrección de Cristo es la respuesta de Dios a nuestra pequeñez, a nuestros dolores, a nuestras cargas.

En la experiencia de pérdida o abandono, en la enfermedad o en la muerte nos unimos al grito de Cristo en la Cruz: ‘¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?’ y la mirada puesta en Cristo crucificado nos consuela, al ver que él murió también exclamando ese grito en la cruz: Cristo hace que acuda Dios a nuestro más profundo abandono, y lleva ese abandono nuestro hasta la presencia de Dios. Es el consuelo de Cristo crucificado, que trae el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo a los abismos de nuestros sufrimientos y lágrimas, para que no nos hundamos en el dolor, sino que nos enderecemos y resucitemos con él y creamos en la victoria de la vida sobre la muerte: ‘Yo vivo y vosotros también viviréis’ (Juan 14, 19).

Con alegría compartida os saludo en el espíritu de Jesús Vivo y Resucitado.

Jesucristo no es una filosofía, ni una serie de reglas imposibles de cumplir, no es un fantasma religioso, no es ni siquiera una emoción. Se trata de ¡Cristo vivo, auténtico y Resucitado!, Él no está muerto, porque no es imitación de nada y de nadie y porque no se le puede encontrar en cosas muertas y sin sentido.

La Resurrección es sin duda la garantía probada por fuego de los pilares fundamentales de nuestra fe (Hechos 17, 31). Es garantía de que no somos un accidente, de que existimos por un motivo grande y valioso, de que el Dios Vivo pensó en nosotros para sus planes de amor, de que nuestros seres amados que han muerto en su misericordia nos esperan de aquel lado, junto con Él, de que el Espíritu Santo es Señor y Dador de Vida.

¡Atreveos a creer en un Dios Grande y veréis un Dios Grande! No aceptéis imitaciones, ‘¿por qué buscar entre los muertos al que vive?’ (Lucas 24, 5-6).

Digámosle ‘Sí’ a la Vida y a su Autor, gritémosle ‘No’ a la muerte y su cultura. ¡Cristo está vivo! ‘Yo soy la Resurrección. El que cree en Mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? (Juan 11, 25-26)

Jesús ha Resucitado, cuando: La paz te inunda y el gozo te acompaña, a pesar de las dificultades, cuando te gastas voluntariamente para hacer de tu vida un servicio a los demás, cuando eres capaz de perdonar, cuando luchas para que tu familia esté cada vez más unida, cuando vives el espíritu de las bienaventuranzas: misericordia, pobreza, limpieza de corazón, mansedumbre… Jesús ha resucitado cuando acogemos al pobre y necesitado. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

                                                                               Ángel Hernández Ayllón

CRISTO SIGUE MURIENDO

                      En la Semana Santa vamos a meditar el escándalo de la cruz y su valor salvífico. La cruz es escándalo por varios motivos: por lo que tiene de muerte, por hablarnos del sufrimiento de un inocente y por tratarse de Jesús, el Hijo de Dios. La cruz sigue siendo escándalo no sólo a nivel racional, sino también cuando nos enfrentamos a ella desde la fe.

La cruz nos habla de sufrimiento y el sufrimiento lo vemos diariamente encarnado en tantas personas que cargan con la cruz del desempleo, de la enfermedad, de la pobreza, del desahucio, de la muerte inesperada, del maltrato, de la falta de libertad, de la falta de amor… Ante tantos calvarios seguimos haciéndonos la misma pregunta: ¿dónde está Dios en medio del sufrimiento? ¿quién murió en la cruz, Jesús o Dios? ¿qué nos enseña la cruz? La vida sigue mostrándonos la crueldad de muchos que no tienen posibilidad de vivir con los mínimos exigibles para hacerlo con dignidad. Y, ante esta realidad, todos, creyentes y no creyentes nos hacemos la misma pregunta: ¿es posible compaginar un Dios bueno con el mal, el sufrimiento y el dolor de los inocentes?

Ante la celebración del Semana Santa que hoy comenzamos con la ‘Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén’ seguimos preguntando si sirvió y sirve de algo la ‘muerte de Jesús –Hijo de Dios- en la Cruz’, pues nos revelamos ante el sufrimiento de la gente y ante la idea de pensar que a Dios no le importa lo que vivimos, las lágrimas de los inocentes, las heridas de tantos que llenan las cunetas de la vida.

Es paradójico, pero es real que el sufrimiento muchas veces es ridículo, inútil, irracional…, no tiene sentido, pero sí tiene futuro al acogernos a Cristo. Al contemplar a Jesús en la Cruz, contemplamos a Dios en la Cruz, y lo contemplamos con esperanza de saber que Él está ahí para vencer y derrotar a nuestro enemigo: la muerte. Lo más maravilloso de esta semana es saber que el mismo Dios ha aceptado, al modo de Dios, encarnarse en la historia, dejarse afectar por ella y dejarse afectar por la ley del pecado que da muerte. La cruz, aun en su parte más irracional, la del sufrimiento del inocente y más del Hijo de Dios, significa también la aceptación del sufrimiento por parte de Dios.

En el misterio de la cruz, Dios nos anima a que nos comprometamos también en las cruces reales de la vida, pues sólo así la historia será salvada, aunque eso nos lleve a la cruz. En la vida no hay amor sin solidaridad y no hay solidaridad sin encarnación, sin cercanía. La pregunta sería: ¿qué más puedes hacer por aquellos ‘Cristos’ que sufren a tu lado, en tu familia, en tu comunidad de vecinos? ¿qué más puedes hacer por aquellos que diariamente ves malvivir y sufrir en sus pesadas cruces?

Lo que el sufrimiento de Dios en la cruz dice es que el Dios que lucha contra el sufrimiento humano ha querido mostrarse solidario con los seres humanos que sufren, y que la lucha de Dios contra el sufrimiento es también a la manera humana. Como Cristo no sólo debemos llorar el sufrimiento de los demás, sino acercarnos a las cruces y cristos actuales y cargar con ellos el sufrimiento.

Lo que ese Dios crucificado nos recuerda siempre es que no hay liberación del pecado sin cargar con el pecado, que no hay erradicación de la injusticia sin cargar con ella. Jesús siendo rico, se hizo pobre, cargó con nuestra realidad. ‘Si Dios calla ante el dolor es porque él mismo padece y hace suya la causa de los martirizados y de los que sufren (cf Mateo 25, 31). El dolor no le es ajeno; pero si lo asumió no fue para eternizarlo y dejarnos sin esperanza, sino porque quiere poner fin a todas las cruces de la historia’ (L. Boff).

Termino deseándoos una feliz Semana Santa y pidiéndoos que la viváis no ritualmente, sino existencialmente, es decir, intentando hacer realidad y compartiendo, en nuestras vidas con los que nos rodean, la liberación que Jesús-Dios nos ha alcanzado venciendo a la Cruz.      Ángel Hernández Ayllón

ES QUE EN ‘LA MAYOR’ HAY MUCHO EXTRANJERO…

Cuando hablamos de Iglesia no puedo imaginar mayor estupidez que distinguir y crear muros de separación en razón del color de la piel o en cualquier otro motivo. Lo único que establece distinción en la comunidad cristiana es seguir a Cristo de forma real y práctica o vivir una religión aburguesada y rutinaria que no cambie el corazón cumpliendo unas normas externas que al final no significan nada en la vida.

Son varias veces las que he tenido que escuchar que ‘en la Mayor hay mucho extranjero’. A esa gente quiero aclararles que en la comunidad cristiana, a Dios gracias, cabemos todos porque por todos entregó la sangre Jesús en la Cruz; expresar semejantes cosas demuestra una alta miopía de lo que realmente es la vida y comunidad cristiana.

‘Ese tipo de gente’, que expresan ‘ese tipo de cosas’ no entienden el carácter universal de la salvación de Jesús, no entienden que al rezar el ‘Padre Nuestro’ estamos proclamando implícitamente que ‘todos somos hermanos’, no entienden que el mandamiento del ‘amor’ no es sólo para los blanquitos, los de su grupito, los que ‘cumplen’ y son ‘buenos’ como ellos…, no entienden que Dios es negro y blanco y amarillo…, no entienden que la fe nada tiene que ver con la ‘acepción de personas y los grupitos o cotos cerrados’.

Esta visión clasista está motivada por el individualismo atroz que impera en la sociedad y que nos lleva a consumirlo ‘todo’ y a someter a un proceso de elección aquello que consumimos. Lo triste es que incluso en la fe establecemos esos criterios. Se ha canonizado la sociedad globalizada que nos pone al alcance de la mano cualquier producto para que lo consumamos y, así podemos comer comida japonesa, vestir ropa italiana, adornarnos con diamantes y piedras preciosas de África, escuchar música de Cuba…, sin embargo, no queremos que la gente que ‘viene de fuera’ se siente a nuestro lado, rece con nosotros… Soy consciente que quien va a recibir este artículo son aquellos que sí acuden a la Iglesia de La Mayor, pero confío que la providencia de Dios haga que llegue también a aquellos que para rezar necesitan una selección previa.

Debemos pasar de una iglesia entendida como ‘sociedad perfecta’, a una iglesia que ha de ser prioritariamente concebida como ‘misterio de comunión’ y ‘sacramento de salvación’. El concilio Vaticano II definía a la Iglesia como ‘signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano’. Esto nos conduce a vivir dos dimensiones: por un lado, la dimensión vertical en la que como comunidad cristiana tenemos que mostrar que estamos acompañados, perdonados, salvados y amados por un Dios maravilloso. Por otro lado, la dimensión horizontal que es algo más que un respeto humano o tolerancia al otro; es descubrir la riqueza del hermano, es darme cuenta que no puedo rezar ‘Padre nuestro’ dirigiéndome a Dios, si no rezo también ‘hermano mío’ encontrándome con el prójimo.

La Iglesia, la verdadera, tiene su fundamento en Dios y participa de la vida del amor trinitario. Me explico: nuestro Dios no es un Dios solitario, sino comunitario: un solo Dios, tres personas distintas, por eso, la Iglesia está llamada a ser imagen y semejanza de ese Dios amor, es decir reflejo de la vida divina: vida comunitaria y unidad en la diversidad. Para los que creen que en la Mayor hay demasiado extranjero quiero decirles con cariño que también hay un sitio para ellos y que ‘esos miedos y prejuicios’ se curan acogiendo y encontrándose con la gente. Nunca la diversidad ha sido un peligro sino una riqueza.                                                              Ángel Hernández Ayllón

Tiempos de cambio

¿Quién será el nuevo Papa? ¿Cambiará el rumbo de la Iglesia? ¿Permitirá que los curas se casen y las mujeres se ordenen? ¿Será negro, italiano, americano…? Hay cuestiones que son bastante triviales y que por ser accidentales nada afectan a la esencia propia de la Iglesia; otras sí tienen una importancia que trasciende el momento, la moda o las tendencias.

Hoy día 28 de febrero, cuando la renuncia del Papa se hará efectiva, es cuando estoy escribiendo este artículo; son todos los medios de comunicación los que se están haciendo eco de tan extraño e histórico suceso. Lo novedoso, lo que encierra posibles y turbias interpretaciones…, todo eso nos llama la atención, pero…, como cristianos debemos vivir estos momentos pidiéndole al Señor que el nuevo Papa sepa guiar y pastorear a la Iglesia sin importarnos quién será el que ‘ostente’ el anillo del ‘pescador’.

Hay otras cosas mucho más importantes que por ser más cercanas les quitamos el valor. Un problema actual es que solemos derivar la responsabilidad en las instancias superiores; lo hacemos en política y así eludimos la responsabilidad civil que nos corresponde a cada uno; también lo hacemos en la Iglesia, mostrando mucha atención a lo universal y descuidando lo local y personal. No creo que debamos confiarlo todo a las altas esferas, en ninguno de los ámbitos de la vida, en la Iglesia menos. Si el Papa es santo, sabio, prudente, dialogante…, es importante, pero también lo es que las parroquias cada vez más, sean comunidades vivas y estén formadas por cristianos maduros, críticos, generosos con su tiempo y su dinero, y comprometidos en ser sal y luz en medio de la sociedad.

En ‘román paladino’ quiero decir que a nivel cristiano nos debe preocupar, no de forma exclusiva y excluyente, el tomar conciencia de nuestro bautismo y ser miembros vivos, activos y comprometidos en nuestras comunidades cristianas. ¿Es importante que el Papa sea negro, joven, italiano, que sepa 10 idiomas…? Para mí, NO; pero sí es importante que la comunidad cristiana en la que diariamente vivo mi fe sea cada vez más consciente de su responsabilidad con una sociedad que está sufriendo y que no conoce a Dios. Para mí es muy importante no el cumplimiento de unas normas o el que la iglesia se llene, sino que cada uno de los bautizados sigamos a Jesucristo, vivamos el ideal de las bienaventuranzas, extendamos su Reino en nuestras familias y tomemos conciencia de que el ministerio del Papa, por muy importante que este sea y para mí lo es, no suprime la responsabilidad que cada uno tenemos en la misión de la Iglesia. Mi oración es muy sencilla: ‘Que Dios suscite un Papa santo y sabio, lleno de amor y con corazón de pastor semejante al de Cristo, y también que nos despierte como comunidad para que tomemos conciencia de nuestro bautismo y seamos sal y luz en medio de nuestra sociedad’.

Algunos van a estar profundamente preocupados de si su tendencia aparece en la elección del nuevo Papa, pero quizás no vivan con tanta preocupación el que el día a día de nuestras ‘comunidades’ encarnen el Evangelio de Jesús y seamos más sencillos, más generosos, más creyentes y menos ‘observantes’ o clientes de lo religioso.                                                                                  P. Ángel Hernández Ayllón