Jesucristo no es uno más

Después de oír las declaraciones de Elena Valenciano sobre Jesucristo, como un revolucionario más de la historia, al nivel de Felipe González o del Ché Guevara, no puedo sino compartir una pequeña reflexión.

España sigue manejando políticos con verdadera alergia a lo cristiano, pero no a lo cristiano ‘maquillado’, sino a lo cristiano de verdad. Es lógico que para Elena Valenciano le resulte cómodo equiparar a Jesucristo con el Ché Guevara y con Felipe González – menuda patada a la lógica, a la verdad y a la cultura-, pero lo entendemos porque es muy popular desvirtuar aquello que está moralmente por encima de unos ‘valores políticos ideológicos’ que se reclaman en orden a la justicia, aunque casi todos entendemos que lo único que son realmente es el ‘pesebre’ de quienes sólo se representan a sí mismos.

Es triste que la imagen de Jesucristo para muchos sea la de un buen hombre que se entregó a los demás, que murió y… ‘aquí acaba la historia’. Pues no, la revolución propuesta por el Ché Guevara o por Felipe González nada tiene que ver con la propuesta por Jesucristo. En primer lugar porque los medios utilizados son diametralmente distintos. La revolución impuesta por el Ché fue la violencia, para Felipe González fue el cambio de ‘todo’, como la quimioterapia que arrasa con todo, lo bueno y lo malo. Pero, ¿cuáles fueron los medios utilizados por Jesucristo? Pues bien, nada populares ni mediáticos, pero totalmente eficientes para sanar el corazón de las personas: el amor misericordioso, el perdón, el espíritu de las bienaventuranzas, la generosidad, la acogida, la cercanía… Hay revoluciones que destrozan a la gente, las conciencias, la moral, que enfrentan a las personas, que las marginan en razón de su credo, de su edad, de su ideología, de su poder adquisitivo, de su historial médico, de su expediente delictivo, de su… La revolución que Jesucristo trajo al mundo nada tiene que ver con sus ‘ídolos de barro’, señora Valenciano. Y estoy seguro de que si esa es su idea de Jesucristo… mal vamos.

Además de todo, Jesucristo se ha acercado a la pobreza y a los pobres, renunciando a su categoría de Dios. No sólo ha hablado de ella o de ellos, no, ha sido capaz de mirar la miseria, de tocarla, de cargarla y de entregar su vida para aliviarla. La visión política siempre es interesada y encumbra lo económico como lo más importante; pues bien, en la revolución de Jesucristo lo más importante es la persona y además ‘el más pequeño’: el marginado, el dolorido, el extranjero, el niño, la mujer, el leproso, el anciano, la adúltera… Y es importante la persona no cada cuatro años o por intereses partidistas, no, Jesucristo se ponía del lado de la persona sin importarle la procedencia: amaba al judío y al romano, a la mujer sirofenicia y a la samaritana, al recaudador de impuestos, al fariseo y al publicano y al pecador en la cruz.

Podríamos seguir dando pistas a ‘la Valenciano’ y a aquellos para los que Cristo es alguien igual a otros. La prueba más notable y que más le distingue es que Jesucristo no tuvo su plan de reforma o revolución, sino que vino al mundo, se encarnó, para cumplir la misión que el Padre le había encomendado, es decir, salvar, redimir al mundo del pecado. El pecado fue un acto de desobediencia a Dios y sólo Alguien a la altura de Dios, pero como hombre, podía restituir la desobediencia con un acto de obediencia: ‘Padre, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya’. En fin, detrás del Ché hay muchos muertos, detrás de Felipe González hay muchos insatisfechos… Pero además, el Ché murió y ‘se acabó’, queda su leyenda negra; Felipe González morirá y lo recordaremos en Wikipedia, pero Jesucristo murió y al tercer día resucitó de entre los muertos y está vivo en medio de nosotros. Sería bueno que quien quiere representarnos en Europa sepa que Jesucristo no fue un revolucionario ‘sin más’, sino alguien que nos salvó desde el amor y está vivo.                                                                                       P. Ángel Hernández Ayllón