Obras son amores…

Este fin de semana celebramos el día del ‘Corpus’, el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Es un día que está unido a la Caridad, al amor fraterno, pues no es posible celebrar y gozarnos de la presencia sacramental de un Dios invisible y no descubrirlo y adorarlo también en la presencia visible aunque misteriosa, pero real, de aquellos que viven postrados en la miseria material, moral y espiritual.

A Dios y, únicamente a Él, le reservamos el culto de adoración. Ya el Antiguo Testamento nos exhortaba a cumplir con este mandamiento: ‘A Yahvé tu Dios temerás, a Él servirás. No vayáis detrás de otros dioses, de los dioses de los pueblos que tendréis a vuestro alrededor, porque Yahvé tu Dios, que está en medio de ti, es un Dios celoso’ (Deuteronomio 6, 13-15). Ese Dios al que debemos adorar se nos ha revelado en nuestra naturaleza, Jesucristo que ‘siendo de condición divina… se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo y pasando por uno de tantos… por eso, Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos y en la tierra y en los abismos y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre’ (Filipenses 2, 6-11). Si adoramos la presencia de Jesús en la Eucaristía es porque ‘Él es la piedra que los arquitectos despreciaron y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos’ (Hechos 4, 11-12).

Es una locura de amor la presencia de Dios en el sacramento de la Eucaristía. Deberíamos tener el deseo de comulgar, de pasar ratos delante del Sagrario, recibiendo ese amor cercano y misericordioso de Dios. Pero, además, Jesucristo se manifiesta también en los débiles, en los pequeños, en los excluidos…, su Cuerpo también se esconde ‘sacramentalmente’ o al menos ‘teológicamente’ en los pobres, en los necesitados, en los marginados y excluidos: ‘tuve hambre y me distéis de comer… estuve desnudo y me vestisteis, enfermo o en la cárcel y me visitasteis… Os aseguro que cuando dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo’ (Mateo 25, 31-46). ¿Somos capaces o queremos descubrir a Cristo y adorarlo en sus múltiples presencias? Quizás nos sintamos cómodos en el interior de un templo, en medio de oraciones, de liturgias…, pero, ¿somos capaces de adorar a Cristo en los pobres, de comulgar con sus necesidades, de adorar ese cuerpo maltratado que también es Cuerpo de Cristo? ¿Nos duele el sacrilegio de ver el cuerpo del pobre tirado y golpeado por la indiferencia social? Si no descubrimos la presencia visible de Cristo en los pobres, no podemos hacerlo tampoco en la presencia invisible del sacramento. Ambas son presencias reales y misteriosas de Cristo, en ambas podemos comulgar y entrar en intimidad con Cristo y no olvidemos que lo que nos juzgará será el Amor y el amor que hayamos vivido y compartido con los demás.

En este punto os escribo literalmente un punto del Papa Francisco en su carta ‘La alegría del Evangelio’: Existe una tentación bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen (EG 231). El Papa nos lo dice clarito: ‘obras son amores…’ Si queremos adorar y amar a Jesucristo en su cuerpo, hagámoslo también con los pobres. La fe no nos puede anestesiar ni insensibilizar ante los sufrimientos de los demás. Comulgar a Cristo o adorarlo en la custodia o el sagrario es fuente de amor para que nuestra fe no quede en el ‘Señor, Señor’, sino que nuestro culto sea verdadero, pues el Señor nos ha revelado que: ‘yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios mejor que holocaustos’ (Oseas 6, 6). Que a lo largo de esta semana podamos adorar a Cristo en sus múltiples presencias, la invisible de la Eucaristía y la visible de los necesitados.

  P. Ángel Hernández Ayllón