‘Venga a nosotros tu Reino’

En 1932, Dietrich Bonhoeffer, pronunció una conferencia en Berlín titulada ‘Venga a nosotros tu Reino’, en la que denunciaba la religión que significa evasión del mundo, que se desentiende de la dura realidad para elevarse sobre ella. Cristo, decía Bonhoeffer, no conduce al hombre, ‘a mundos ideados por la evasión religiosa, sino que lo devuelve a la tierra como hijo fiel’.

‘Venga a nosotros tu Reino’, sólo puede pedirse la venida del Reino cuando se está completamente en la tierra. No se puede orar por el Reino olvidando las miserias del mundo.

No podemos concebir a Dios como alguien que está en las nubes, recibiendo gustosamente el incienso que le enviamos desde la tierra; NO, ésa es una imagen deformada de Dios y de la religión. Dios se encarnó, se hizo uno de nosotros, está presente en nuestra realidad, no de forma simbólica, ritual, ceremoniosamente…, sino de una forma real, encarnada, humana, comprometida, cercana. Por eso, no podemos desentendernos de la realidad de pobreza que está a nuestro alrededor, quien desprecia a los hombres, desprecia lo que Dios ha amado, desprecia la figura del mismo Dios encarnado.

‘Venga a nosotros tu Reino’, nos tiene que llevar a ‘trabajar como si todo dependiera de nosotros y a orar como si todo dependiera de Dios’. No podemos huir del mundo, escondiéndonos en el cumplimiento fariseo de unas normas o en los rezos a un Dios lejano de nuestra realidad, pero tampoco podemos dedicarnos angustiosamente a las tareas sociales olvidándonos de Aquel que da fuerzas, valor y sentido a todo lo humano.

‘Venga a nosotros tu Reino’ es orar para que la ‘Buena Noticia’ de un Dios cercano y humano llegue al corazón de todos y, a la vez elevar nuestra voz y nuestros brazos a la situación de pobreza en la que muchos están. ‘En esto se manifiesta la imprescindible interacción entre amor a Dios y amor al prójimo, de la que habla con tanta insistencia la Primera carta de Juan. Si en mi vida me falta completamente el contacto con Dios, podré ver siempre en el prójimo solamente al otro, sin conseguir reconocer en él la imagen divina. Por el contrario, si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo ‘piadoso’ y cumplir con mis ‘deberes religiosos’, se marchita también la relación con Dios. Será únicamente una relación ‘correcta’, pero sin amor. Sólo una disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama… Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento’ (Benedicto XVI, ‘Dios es Amor’, 18).                                                                           P. Ángel Hernández Ayllón

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