UNA PASTILLA DE ESPERANZA

España está en boca de políticos, economistas, sociólogos…, la situación está con pronóstico reservado; ¿en qué porcentaje nos encontramos con la prima de riesgo?, ¿tendremos que solicitar un rescate para España? Con los recortes a vueltas estamos todos muy alterados y sensibles, pues… ¡esto no puede seguir así!. La corrupción ha llegado a la casa real, a las instituciones…, la Iglesia, en su parte humana y pecadora, no se salva tampoco. Estos días hemos escuchado sonrojados el escándalo, propio de la época medieval, de la publicación de los documentos privados del Santo Padre por parte de su mayordomo, pero podemos añadir los escándalos sexuales de hace años, la falta de vocaciones al sacerdocio, a la vida religiosa…, son muchos elementos los que nos invitan a vivir en la desesperanza.

Ante todas las dificultades que estamos viviendo nos podemos preguntar: ¿sería correcto decir que es misión de la Iglesia ofrecer al mundo de hoy soluciones para sus problemas? ¿Existen soluciones cristianas para los problemas temporales? Creer que el cristianismo tiene respuesta a todas las cuestiones sociales y políticas del mundo, para restablecer el orden del mundo, sería un manifiesto error. Jesús no se ocupa en absoluto de la solución a problemas temporales. Su palabra no está esencialmente determinada desde abajo, sino a partir de arriba, no es solución, sino redención.

Pero, la constatación de esta verdad no nos lleva a desentendernos de las realidades temporales, pues debemos influir en ellas con el mensaje positivo de que sí hay esperanza. Como san Pablo, nosotros esperamos contra toda esperanza. Nuestra esperanza no se basa en la reducción de la prima de riesgo, ni la supresión de la deuda, ni en el disfrute de una Iglesia influyente, ni… Nuestra esperanza se basa en Dios y únicamente en Él. El Salmo 146 nos dice: ‘No confiéis en los príncipes seres mortales que no pueden salvarse… Dichoso aquel… cuya esperanza es el Señor su Dios’.

La voluntad de Dios no es caprichosa. Lo que Dios quiere es siempre el bien común, el de todos. No siempre nos resulta fácil apreciar qué es lo mejor para todos. Pero si nuestros esfuerzos se encaminan a hacer, en la medida de lo posible, lo que sirve al bien común, entonces estamos haciendo la voluntad de Dios y, en esa medida, la voluntad de Dios se está cumpliendo en la tierra; la petición de ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’ no es una petición a Dios para que haga el milagro a expensas nuestra, sino una oración en la que nos comprometemos instrumentalmente, es decir deseamos que la voluntad de Dios ordene y redima la creación a través de nuestro trabajo a favor de la justicia siendo sal, luz y fermento en las realidades temporales.

¿Cuál es la raíz de toda la crisis económica, de las rupturas familiares, de los enfrentamientos bélicos, de las luchas de poder de la Iglesia, de la tristeza que muchas veces nos corroe…? La causa de todo lo que está mal es el egoísmo humano. Dios lo podemos encontrar entre las víctimas de la injusticia, entre aquellos contra los que se está pecando, los pobres, los marginados, los enfermos, los excluidos… Cristo en la cruz fue, es y sigue siendo víctima del pecado.

El objeto de la esperanza cristiana es el bien común. No formamos parte del plan redentor de Dios cuando tenemos por objeto y meta en la vida un interés egocéntrico, interesado y estrecho de miras: esperanza en un futuro mejor para mí, para mi familia y para mí país a costa de otras personas. Rezar ‘hágase tu voluntad así en la tierra…’ nos ha de llevar a no mirar a los lados, a no ser indiferentes ante los más necesitados, a no tener miedo a mancharnos con los problemas de los demás, a vivir más austeramente, a ser más generosos, a no levantar barreras que nos separen y dividan de los demás… ¡Ponte manos a la obra!                                     P. Ángel Hernández

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