Una misión: ¿hacia dónde y para qué?

¿Qué queremos decir cuando hablamos de evangelización? ¿Cuál es la meta de la misión diocesana? Es cierto que desde Roma y el Burgo de Osma se nos está urgiendo a que ‘evangelicemos’ y a ‘participar localmente en la misión diocesana “Despertar a la fe”’. Pero, ¿estamos seguros de saber que significa todo ello y a qué puerto nos lleva este barco? ¿De dónde nace la propuesta? ¿De sentirnos menos influyentes socialmente y en las conciencias de la gente? ¿De ver nuestras iglesias vacías y la indiferencia de jóvenes, matrimonios, adultos, universitarios…? O ¿de la necesidad de hacernos presentes en la vida de la gente para mostrarles la Buena Noticia, persona viva de Cristo que ilumine sus vidas y dé respuesta a sus más íntimos interrogantes? ¿Nos duele que la gente no conozca a Cristo como Señor y Salvador?

En esta misión diocesana debemos ‘despertar’ como comunidad cristiana de esa modorra que durante mucho tiempo nos ha mantenido en una ‘religiosidad de inercia’ de ‘cumplimiento’, de ‘obediencia ciega’ a normas que vienen de arriba… La misión diocesana nos ha de llevar a reconocernos como pueblo de Dios en este camino de la historia; nos ha de llevar a descubrir que nuestro compromiso cristiano está en que cada uno, no sólo los curas y monjas, estamos comprometidos ‘ministerialmente’ en la expansión del Evangelio;  nos ha de enseñar que la comunión eclesial incluye la obediencia pero también la corresponsabilidad de todos los creyentes.

La misión diocesana nos ha de enseñar que en la Iglesia se pueden descubrir dos planos: la realidad sustantiva, en la que todos coincidimos comos creyentes, como discípulos de Cristo y a la que accedemos a través del bautismo, sacramento sobre el que se fundamenta la Iglesia y las realidades relativas que nos diferencian unos de otros: ser papa, obispos, sacerdotes, religiosos, laicos. Lo más importante no son las realidades relativas, sino la realidad sustantiva, que está por debajo, como fundamento, de todas las diferencias, ser simplemente cristiano.

Esta misión diocesana nos ha de ‘despertar’ especialmente de inercias, de religiosidades vacías y supersticiosas, de una fe desencarnada de lo humano y social, de teologías muy conceptuales, de una vida cristiana de cumplimiento… La misión diocesana sólo puede ser obra de la Iglesia, y la Iglesia es pueblo de Dios con diversidad de ministerios y carismas.

La finalidad de la misión diocesana no es otra que provocar la fe, el encuentro personal con Jesucristo y esto no es sólo tarea del obispo y los curas, esta tarea te corresponde a ti y me corresponde a mí. Tú vida y la mía tienen que ser fermento, sal y luz para que los que nos rodean conozcan a Jesús y conociéndole, le amen y encuentren en Él la salvación. ‘Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo’ (Juan 3, 16-17). ¡Feliz misión diocesana! ¡Despertar a la Fe!                                                P. Ángel Hernández Ayllón

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