NUESTROS MAYORES

                      Hace unos días celebrábamos a san Joaquín y santa Ana, los abuelos de Jesús. Una cierta mentalidad utilitarista, mira a la persona mayor, al anciano comoaquel sencillamente que ya no produce. En nuestras sociedad hay una edad delimitada, hay un momento, una edad donde la gente se jubila y parece que en ese momento, cuando termina la productividad económica, pensamos que termina la productividad y la utilidad en la persona, es decir, ya no se puede esperar más de ella. Los criterios de utilidad, eficacia y productividad los aplicamos no sólo a las cosas, desgraciadamente también lo hacemos con las personas.

Pienso, sin embargo, que los ancianos han de iluminar la construcción de nuestra sociedad. Tenemos que volver a apreciar lo que significa la sabiduría. Durante siglos y siglos en todo tipo de sociedades, naciones y pueblos los ancianos eran los que gobernaban, tanto que la palabra presbítero con la que se designa al sacerdote quiere decir ‘anciano’. Los presbíteros son los ancianos. Y la razón por la que el anciano tiene esa capacidad de liderazgo es porque ha pasado por muchas situaciones, es decir porque tiene experiencia, y también porque sus propios intereses se suponen que han cambiado, han madurado, son menos apasionados y más ponderados. Aquel que ha visto el principio y el final de cada cosa, aquel que ha visto cómo empieza la pasión, cómo evoluciona el amor, cómo termina la vida, esa persona que ha visto la curva entera, puede evaluar con mayor serenidad, con mayor tranquilidad qué es lo que sucede, qué es valioso y qué no es valioso. Por eso, debemos recuperar el valor de la persona mayor en nuestra sociedad por la importancia que tiene el consejo y la sabiduría.

Hay un segundo aspecto. Cuando hablamos de la persona mayor, hablamos de alguien que tiene que ver mucho más cercano el final de su propia vida. Y esa cercanía del final, cercanía por tanto de la muerte, digámoslo abiertamente, suele tener un efecto saludable en la manera de valorar o juzgar las cosas. Cuando decimos que la muerte está próxima, tenemos necesariamente que preguntarnos qué es lo valioso y qué no es valioso. Fíjate cómo las personas que han pasado por experiencias extremas, por ejemplo accidentes de los cuáles se han salvado milagrosamente, repiten este tipo de frases: ‘volví a nacer’, ‘para algo me tiene Dios en esta vida’… Y hay algo que siempre sucede, cuando pasan por experiencias de este tipo, empiezan a evaluar las cosas de otro modo. ¿Cuáles son los proyectos que verdaderamente valen la pena en esta vida? ¿Por qué vale la pena realmente disgustarse? ¿Cuáles son los empeños que realmente se justifican? Solamente cuando uno es consciente de la proximidad de ese final, empieza a evaluar las cosas de forma distinta, relativizando muchas cosas.

Pidámosle a Dios que sepamos valorar a las personas mayores por su sabiduría y por su capacidad de juzgarlo todo a la luz de la eternidad.

                                                                                          P. Ángel Hernández

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