ES QUE EN ‘LA MAYOR’ HAY MUCHO EXTRANJERO…

Cuando hablamos de Iglesia no puedo imaginar mayor estupidez que distinguir y crear muros de separación en razón del color de la piel o en cualquier otro motivo. Lo único que establece distinción en la comunidad cristiana es seguir a Cristo de forma real y práctica o vivir una religión aburguesada y rutinaria que no cambie el corazón cumpliendo unas normas externas que al final no significan nada en la vida.

Son varias veces las que he tenido que escuchar que ‘en la Mayor hay mucho extranjero’. A esa gente quiero aclararles que en la comunidad cristiana, a Dios gracias, cabemos todos porque por todos entregó la sangre Jesús en la Cruz; expresar semejantes cosas demuestra una alta miopía de lo que realmente es la vida y comunidad cristiana.

‘Ese tipo de gente’, que expresan ‘ese tipo de cosas’ no entienden el carácter universal de la salvación de Jesús, no entienden que al rezar el ‘Padre Nuestro’ estamos proclamando implícitamente que ‘todos somos hermanos’, no entienden que el mandamiento del ‘amor’ no es sólo para los blanquitos, los de su grupito, los que ‘cumplen’ y son ‘buenos’ como ellos…, no entienden que Dios es negro y blanco y amarillo…, no entienden que la fe nada tiene que ver con la ‘acepción de personas y los grupitos o cotos cerrados’.

Esta visión clasista está motivada por el individualismo atroz que impera en la sociedad y que nos lleva a consumirlo ‘todo’ y a someter a un proceso de elección aquello que consumimos. Lo triste es que incluso en la fe establecemos esos criterios. Se ha canonizado la sociedad globalizada que nos pone al alcance de la mano cualquier producto para que lo consumamos y, así podemos comer comida japonesa, vestir ropa italiana, adornarnos con diamantes y piedras preciosas de África, escuchar música de Cuba…, sin embargo, no queremos que la gente que ‘viene de fuera’ se siente a nuestro lado, rece con nosotros… Soy consciente que quien va a recibir este artículo son aquellos que sí acuden a la Iglesia de La Mayor, pero confío que la providencia de Dios haga que llegue también a aquellos que para rezar necesitan una selección previa.

Debemos pasar de una iglesia entendida como ‘sociedad perfecta’, a una iglesia que ha de ser prioritariamente concebida como ‘misterio de comunión’ y ‘sacramento de salvación’. El concilio Vaticano II definía a la Iglesia como ‘signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano’. Esto nos conduce a vivir dos dimensiones: por un lado, la dimensión vertical en la que como comunidad cristiana tenemos que mostrar que estamos acompañados, perdonados, salvados y amados por un Dios maravilloso. Por otro lado, la dimensión horizontal que es algo más que un respeto humano o tolerancia al otro; es descubrir la riqueza del hermano, es darme cuenta que no puedo rezar ‘Padre nuestro’ dirigiéndome a Dios, si no rezo también ‘hermano mío’ encontrándome con el prójimo.

La Iglesia, la verdadera, tiene su fundamento en Dios y participa de la vida del amor trinitario. Me explico: nuestro Dios no es un Dios solitario, sino comunitario: un solo Dios, tres personas distintas, por eso, la Iglesia está llamada a ser imagen y semejanza de ese Dios amor, es decir reflejo de la vida divina: vida comunitaria y unidad en la diversidad. Para los que creen que en la Mayor hay demasiado extranjero quiero decirles con cariño que también hay un sitio para ellos y que ‘esos miedos y prejuicios’ se curan acogiendo y encontrándose con la gente. Nunca la diversidad ha sido un peligro sino una riqueza.                                                              Ángel Hernández Ayllón

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