Las estadísticas NO sangran, las personas SÍ

En torno al 1 de mayo la HOAC y Cáritas organizan cada año actos para sensibilizar y traer a la conciencia de la comunidad cristiana la realidad, en estos momentos trágica, del trabajo. El pasado jueves, los que asistimos, pudimos disfrutar de las pautas que D. Francisco Javier García Cadiñanos, párroco de San Juan Ortega de Burgos, nos dio. Mostró la realidad injusta a nivel social y político y barajó posibles soluciones en las que de forma enunciativa decía: lo primero es tener la audacia de conocer la realidad, después viene el coraje de dejarnos afectar por ella, también atrevernos a disentir de lo políticamente correcto y por último, tener la osadía de crear nuevos modelos y alternativas.

Creo que la asignatura pendiente la tenemos precisamente en la elaboración de esos nuevos modelos o alternativas que surgen de la pasión por el Reino de Dios y de un dejarnos afectar más y más por el estilo de Jesús de Nazaret. Habló de la necesidad de encontrarnos con Jesús, conocerle más y dejarnos guiar e interpelar por el estilo de vida que propone en el Evangelio.

                        La exigencia fundamental del compromiso cristiano es la lucha por defender la causa de los pobres. La pobreza no es un hecho natural, sino un hecho social. Es decir, los más de seis millones de parados en España no se deben a que naturalmente tiene que haber gente pobre, como hay gente rubia, morena, alta o baja…, la pobreza, en este caso el paro, se debe a la mala organización de la sociedad y se debe principalmente a aquellos que dirigen sus intereses no a crear un bien común, sino a crecer y asegurar sus seguridades, caprichos o privilegios.

 La injusticia es fruto de una economía especulativa, de una política de intereses partidistas, del silencio de aquellos que se sienten buenos y no miran a los márgenes de la vida y, también, de los cristianos que se conforman con una religiosidad burguesa que les relaciona con un Dios ‘demasiado espiritual’ que está fuera de la realidad, y no con el ‘Dios encarnado’ de Jesús, al que sí le interesa el dolor, las lágrimas, el sufrimiento de las víctimas, que son sus hijos.

Dios prefiere a los pobres por una razón muy sencilla: si un padre tiene varios hijos, pero entre sus hijos hay alguno o algunos que viven situaciones dolorosas, lo más natural es que ese padre prefiera y ponga su mayor cuidado en los que sufren. Eso justamente es lo que le pasa a Dios. Por eso, él se revela en la Biblia como el Dios de los pobres. Y, por eso, también Jesús de Nazaret se puso de parte de los pobres.

Seguir a Jesús nos pone en la clave que la solidaridad con los pobres –paro, hambre…- no se puede reducir a ‘estar con los pobres o a hablar de ellos’, sino que tiene además que asumir su ‘causa’. Ignacio Ellacuría hablaba del pueblo crucificado, ‘el pueblo que es continuación histórica del siervo de Yahvé, al que el pecado del mundo sigue quitándole toda figura humana, al que los poderes de este mundo siguen despojando de todo, le siguen arrebatando todo, hasta la vida, sobre todo la vida’. Ante esta realidad, más de seis millones de parados, ¿en qué clave leemos el evangelio y con qué clave nos encontramos con todos aquellos que sufren la falta de trabajo y todo lo que ello implica? Es claro que la falta de trabajo denigra a la persona y, cuando el derecho se convierte en privilegio, niega su esencia universal y deja de ser derecho del hombre para ser privilegio de clase o de grupo de individuos.

Los cristianos ante realidades como el paro no podemos seguir leyendo el evangelio en clave espiritual de ideas, no, tenemos que leerlo con el compromiso de vivirlo. Un pequeño ejemplo: ¿de qué forma leemos la parábola del ‘buen samaritano’? Esa parábola la tenemos que rezar viviéndola y cargando con aquellos que están tirados en ‘las cunetas de la vida’. ¿Qué significa cargar a los tirados? Ignacio Ellacuría hablaba de ‘hacerse cargo de la realidad’: supone ‘un estar en la realidad de las cosas, un estar ‘real’ en la realidad de las cosas’ que va más allá del conocimiento superficial o del ‘deseo’ de que todo te vaya mejor.

La causa del hombre es la causa de la Iglesia. El ponente del pasado jueves nos decía citando al teólogo Mardones que en la iglesia hay enfermeros que ponen tiritas, paños, que ponen el termómetro…, pero también necesitamos médicos que, analizando las causas de la enfermedad, apliquen el remedio y la solución al problema. En la Iglesia necesitamos enfermeros, pero también necesitamos médicos que se impliquen en lo social, en lo político, en todas las causas humanas que destruyen a las personas. En torno al 1 de mayo aprovecho para dar gracias a HOAC, Cáritas… y a todos los cristianos que intentáis ser sal y luz en medio de lo social y público. Este es el gran desafío hoy de la Iglesia: ‘la solución no puede estar en un salirse de este mundo y hacer frente a él desde púlpitos alejados de la realidad, sino en introducirse en él para renovarlo y transformarlo  hacia ‘la utopía’ de la tierra nueva y del Reino de Dios’. No olvidemos como comenzábamos este artículo: las estadísticas NO sangran, las personas SÍ.                                                  ´                            Ángel Hernández Ayllón

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