Estad alerta, despiertos. ¡Mirad bien!

Estos días tengo muy presente en mi pensamiento y en mi corazón al ‘bueno de Matías’, ese ‘tío grande’ con el que algunas veces, cariñosamente, me dirigí a él. En la Eucaristía de funeral y al hablar de él, lo recordé en su actitud en la fe crítica e inquieta, en su no querer acomodarse. Creo que es necesario que seamos inquietos, que no nos conformemos con lo de siempre… El Evangelio nos llama siempre a ‘estar alerta, despiertos, con los ojos bien abiertos’.

Uno de los males que el Papa desprecia en la vida cristiana, es lo que Él llama la ‘mundanidad espiritual’, es decir, conformarnos con un cumplimiento externo de las normas, con un cumplimiento que anestesia nuestra conciencia y en el que no nos planteamos ningún tipo de compromiso con los demás. Es como dice el Papa: ‘buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal’… Es una espiritualidad que ‘no sale realmente a buscar a los perdidos ni a las inmensas multitudes sedientas de Cristo. Ya no hay fervor evangélico, sino el falso disfrute de una autocomplacencia egocéntrica’. La fe se convierte en una pildorita, que en el mejor de los casos, nos tomamos ‘los domingos y fiestas de guardar’.

‘Estad alertas, despiertos, con los ojos bien abiertos’. ¿Qué quiere decirnos Jesús con esta advertencia? Los cristianos solemos tender, en lo relativo a Dios y a la salvación, a primar la invisibilidad, la lejanía, la ‘gracia invisible’. Cuando hablamos de salvación, la mayor parte de las veces, pensamos en el más allá, como si la salvación fuera invisible a este mundo. Pues bien, Jesús insiste en la visibilidad, en lo visible, en la necesidad de percibir las cosas.

El cristianismo no es una invitación al adormilamiento, a la inercia, a conformarnos con lo de siempre. Uno de los graves peligros es atender sólo a nuestros intereses, ignorando lo que ocurre a nuestro alrededor, por eso, la fe no puede ser un narcótico, una anestesia a todo lo que nos rodea, como si todo lo pudiéramos solucionar con ‘rezar’ o ensimismarmos con los ojos torcidos mirando al cielo.

Uno de los trastornos que más nos limitan son los problemas de la vista. Pero, ¿qué ocurre cuando interiormente no somos capaces de ver, observar, mirar, contemplar? Ver, mirar bien, necesita tiempo… El Papa nos decía en el mensaje de cuaresma que tenemos que mirar la miseria, pero, ¿queremos mirarla o miramos a otros lados? Jesús insiste: quien no esté alerta, quien no abra los ojos, en una palabra, quien no afine su vista, tampoco estará preparado para conocer e intimar con Dios.

Me explico por qué. Dios no cabe en los que no tienen bien graduada la vista espiritual por una sencilla razón, porque quien excluye de su campo visual las necesidades del prójimo, cuando llega al Templo lo que ve está distorsionado. Es como si padeciera ‘glaucoma espiritual’, es decir, va perdiendo poco a poco la visión de descubrir a Dios. ‘Mirar bien’, nos ayuda a descubrir el valor de la vida, de las cosas y de las personas. El ‘Mirar bien’ nos obliga a construir una cultura de la empatía, del servicio, de la convivialidad. En la alegoría de Jesús sobre el Juicio universal (Mateo 25, 31-46) se manifiesta un criterio que no deja de ser inquietante: lo que decidirá sobre la salvación o condenación, el cielo o el infierno, no será tanto lo que pensemos sobre  Dios como la manera en que nos comportemos con los demás, los desconocidos.

El cristiano ha de abrir los ojos y acoger a todos, pues en su pretensión de misión universal ha de unir la cultura de la empatía, del reconocimiento de los demás en su alteridad: el otro es un lugar donde me puedo encontrar con Dios. Abramos los ojos a la realidad del Otro (Dios) y a la realidad del otro (el prójimo-próximo). No cerremos los ojos para vivir una fe ensimismada en un dios de rezos y normas, abramos los ojos a un Dios que nos lanza a la relación, al reconocimiento del otro, a la acogida, al encuentro, al compromiso social, a ser fermento en nuestras familias, en el trabajo, en la vida.

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