¡Atrévete a ser radical!

Nietzsche profetizó, como consecuencia de la muerte de Dios por él anunciada- el colapso de ‘toda nuestra moral europea’. Perdón por el inicio, alguno se preguntará: pero, ¿Dios ha muerto?, ¡pues no me había enterado! La respuesta a esta pregunta no es tan sencilla. A nivel teológico Dios sigue vivo y sigue siendo motivo de muchos libros y discursos; a nivel litúrgico sabemos que Dios se hace ‘presente real y substancialmente’ en las especies de pan y de vino; a nivel eclesial se hace presente aquí y ahora cuando dos o más están reunidos en el nombre de Jesús.

Todo esto está muy bonito, pero ante la pregunta ¿Dios ha muerto? yo no creo que podamos responder tan a la ligera. Quizás siga vivo a nivel teológico, filosófico, litúrgico…, pero creo que el nivel más importante y decisivo es el existencial, el personal. La cuestión no es que Dios viva en el mundo de las ideas o los ritos, sino en el mundo de las relaciones y de las personas. Y ahí, es donde sí estoy de acuerdo con la afirmación que la crisis de Dios tiene como consecuencia el colapso de la moral. Cuando Dios desaparece del ámbito personal y de nuestras relaciones la moral deja de obligarnos y comenzamos a dirigirnos por gustos, por violencia, por interés… Cuánta violencia en nuestras familias, en la sociedad… ¿Queremos que nuestros hijos crezcan en valores que nos ayuden a relacionarnos y a cuidarnos los unos a los otros o en intereses que se imponen a la fuerza? ¿Nos sentimos modernos por tener control de la vida a su inicio y a su término? ¿Pensamos que hemos madurado por expulsar a Dios de nuestras decisiones, de nuestro ocio, de nuestros intereses?

A Dios lo hemos expulsado de la esfera de nuestras relaciones y lo hemos arrinconado en los templos o en la intimidad de hogares todavía cristianos. Como hijos de Dios y cristianos deberíamos comprometernos en purificar con nuestro testimonio la imagen deformada de un dios ritual, moralista, teórico…, que no lo podemos escribir con mayúsculas porque no es el verdadero.

Hoy, más que nunca, el cristianismo tiene que proclamar que Dios sigue vivo, pero no en las ideas, o los programas pastorales, sino en la vida de las personas: en ti y en mí. Hoy más que nunca debemos ‘despertar a la fe’, una fe que nos desafíe a ser radicales (no fanáticos) en la sociedad en la que vivimos. ¿Qué significa ser radicales? ¿Romper farolas, atacar al orden público, hacer pintadas…? Pues no, no hablo de la radicalidad que mata y que ignora los compromisos sociales y las reglas de juego que aseguran una convivencia pacífica. Cuando hablo de radicalidad, hablo de vivir el Evangelio de Jesús. Hablo de orar y hablo de compartir en sociedad lo que celebramos y vivimos dentro del templo. Hablo de decir Sí a la Vida siempre. Hablo de no ignorar la presencia de Jesús en los pobres y de comprometernos con sus causas. Hablo de dar valor a las pequeñas cosas, a lo sencillo, a lo pequeño, al enfermo… Hablo de compartir tiempo y alegría con los que no lo tienen. Hablo de abrir espacios de diálogo con aquellos que son ‘diferentes’. Hablo de ir más allá de las palabras y hacerlo en el ámbito que nos corresponde. Hablo de no vivir con los ojos cerrados al clamor de las víctimas sociales. Hablo de compartir también nuestro dinero y no sólo lo sobrante. Hablo de poner nuestra mirada en lo que esencial, no sólo en lo pasajero. Dios ha muerto en muchas personas y yo quiero que mi vida refleje que Dios está vivo, que sigue salvando, que seguir a Cristo nos ayuda a ser mejores personas. Que tu vida y la mía manifiesten que Dios es la mejor apuesta en nuestra sociedad. Atrévete a ser radical, atrévete a vivir el Evangelio, atrévete a compartir a Jesús con una vida alegre y entregada. ¡Feliz Semana!.

 

 

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