Sólo por Amor

Comenzamos la Semana Santa, semana de gracia, semana en la que actualizamos litúrgicamente el misterio pascual de Jesús, su pasión, muerte y resurrección. En estos días se vuelve a declarar que el dolor que vale es aquel que es fruto de un amor; un amor que no se echa atrás ni siquiera en la máxima prueba de la entrega sacrificial por aquellos a los que ama. La ‘Semana Grande’ es volver a recordar que el amor de Dios es un amor loco, llevado al extremo hacia aquellos, por los que sin darle motivos, ha entregado su vida.

Algunos, sin embargo, tienen una idea de Dios o de la Cruz de Jesús un tanto deformada. En el extremo de esta ‘religiosidad deformada’ está la práctica de aquellos que sienten una sensación de bienestar por celebrar la Semana Santa detrás de un hábito pero, a lo largo del año, se olvidan de la relación con un Dios personal que les llama al Amor.

Pero a la vez, en los que sí mantenemos una relación con Dios se pueden dar dos serios problemas en la concepción de la Cruz de Jesús y de la Semana Santa. El primer peligro sería querer aplicar a la Cruz de Jesús la justicia humana, tan cercana a la venganza y considerar a Dios Padre como alguien que reclama justicia y necesita que alguien, que esté a la medida de su dignidad, pague las deudas que nosotros hemos cometido. Jesucristo se convertiría en el bicho expiatorio que saciaría la sed de justicia de ‘un dios malhumorado’ por nuestros delitos. Esta concepción del sacrificio de Jesús está en radical contraste con lo que Jesús enseñó y vivió en su vida. Jesús nos decía: ‘Se os dijo: ama a tu prójimo y aborrece a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos para que seáis hijos de vuestro Padre que hace salir el sol sobre justos e injustos…’ (Mt 5, 45) Amar al enemigo es no devolverle mal sino desearle bien. Y, si ha sido injusto, el mayor bien que se le puede desear es que se libere de su maldad. La justicia del Dios revelado en Jesucristo es la justicia de ‘ajustarnos’ al Amor de Dios. El motivo de la Cruz de Cristo no fue la necesidad de expiar unos delitos cometidos, sino la necesidad de amar por parte de Dios a sus criaturas en su pequeñez, en sus dolores, en su pecado, en sus ‘cruces’.

Otro peligro que nos sumerge en una ‘religiosidad deformada’ es pensar que necesitamos buscar sustitutos misericordiosos a ese ‘dios inmisericorde’ que reclama justicia y desviamos nuestra mirada hacia devociones que nos desvían del encuentro personal e íntimo con Jesucristo. Muchas veces podemos poner en duda que el sacrificio de Cristo en la Cruz lo hubiera ganado todo y por ello nos agarramos ‘supersticiosamente’ a devociones o a imágenes que niegan o deforman una relación sana con un Dios bueno. La devoción mariana o a los santos, cuando se purifica en una vida litúrgica sacramental, es camino de perfección. Pero, ¿qué podemos pensar de una vida cristiana reducida a unas procesiones durante una semana?

La muerte de Jesús fue consecuencia de su vida entregada y no una exigencia de la justicia de Dios. A Cristo lo matan por su tipo de vida, por lo que dijo y por lo que hizo, lo matan por lo que estorbó, porque se puso del lado del pequeño, de las víctimas, de los arrinconados sociales y religiosos. Cristo entregó su vida por nosotros no para satisfacer una justicia que es mera proyección de la venganza humana, sino porque la maldad humana, eso que llamamos pecado, no es meramente una ofensa al Amo, sino algo mucho más serio: una ofensa al Amor. Decía Óscar Romero que el ‘pecado es aquello que dio muerte al Hijo de Dios, y pecado sigue siendo aquello que da muerte a los hijos de Dios’. Contemplemos, no sólo estos días, esas imágenes vivas de Jesús que siguen sufriendo el desprecio, la miseria material, el abandono humano, el paro… Que no nos conformemos con vivir una fe de cumplimiento, de procesiones, de superficialidad, sino que vivamos una fe de encuentro y seguimiento a Jesús, que murió, resucitó y vive en medio de nosotros. Feliz Semana Santa.                                                                                                                                                                      P. Ángel Hernández Ayllón

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *