Domingo XXX. Ciclo A

Todos somos muy dados a proteger nuestros derechos, aunque a veces, algunos con bastante frecuencia, olvidan sus obligaciones. Algunos omiten sus responsabilidades laborales haciendo mediocremente sus trabajos, faltando a la puntualidad… Conocemos funcionarios que pasan más tiempo tomando su cafetito que cumpliendo con sus obligaciones profesionales, pero que ante un recorte salarial o cualquier aplicación que les exija reducir ‘sus derechos’ y ampliar ‘sus obligaciones’ o al menos realizarlas con mayor control, ponen el grito en el cielo.

La primera lectura del Éxodo es del mismo libro en el que Dios traza una alianza con los hombres: ‘Seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo’. Pero, como en toda alianza, aquí también hay condiciones: ‘No oprimir ni abusar del forastero, no explotar a viudas y a huérfanos…, pues si los explotáis y ellos gritan a mí, yo los escucharé, se encenderá mi irá y os haré morir’. Dice más: ‘si prestas dinero, no seas usurero cargándole intereses… Si el pobre grita, yo lo escucharé’.

Algunos piensan que estas advertencias no tienen consecuencias, pues se agarran a que ‘Dios es misericordioso’ y…, se amparan en la misericordia de Dios, tratándole como el abuelo que nada niega a sus nietos, porque desconocen todo lo que dice la Palabra de Dios: ‘si los explotáis y ellos gritan a mí, yo los escucharé, se encenderá mi ira y os haré morir’. En estos años, ha habido gente que ha actuado fuera de la ley y ha abusado de aquellos que ‘a toda costa’ buscaban trabajo para vivir. Algunos han hecho contratos atentando contra la dignidad de las personas y contra la justicia social; han abusado de las personas: les han exigido trabajar duramente en condiciones pésimas, mal pagados y algunos incluso sin contratos, sin seguridad social… Este tipo de personas tienen que saber que todo tiene sus consecuencias y que a Dios no se le pasa por alto las injusticias que ofenden y atentan contra la justicia. Si es cierto que Dios se ablanda ante un corazón arrepentido, pero no es menos cierto que Dios actúa con severidad ante las injusticias que se comenten contra los pobres.

¿Qué decir de las expulsiones en caliente en Ceuta y Melilla o de los enfermos de ébola en países africanos o de los desahuciados, o de los parados, o de los abortos…? Desgraciadamente son muchas las situaciones en las que actualmente el hombre y su dignidad quedan en entredicho. Pero, no pensemos que Dios pasa por alto ese tipo de comportamientos, pues Jesús expresó cuál es el verdadero culto que le debemos a Dios: ‘misericordia quiero y no sacrificios’.

En la época de Jesús los judíos tenían 613 preceptos que cumplir (y una buena memoria para recordar semejante lista). 248 eran preceptos positivos y, el resto, 365 eran prohibiciones: ‘no harás…, no harás… y no harás’. Vivían enredados en esa casuística. Podemos entender entonces que un doctor de la Ley se acerque a Cristo para tentarle con preguntas trampa. El domingo pasado veíamos cómo le planteaban ‘si era lícito pagar el tributo al César’. Y ahora le presentan otra pregunta, referida a las leyes: ¿Cuál es el principal de los mandamientos? ¿De los 613 cuál es el más importante?

Es complicado ¿verdad? Seleccionar entre 613 preceptos y dictar cuál es el principal. Por eso, los judíos lo más que lograban era dividirlos entre preceptos pesados y preceptos ligeros. Cristo es tajante y les dice: ‘Este es el primero y en el cual se funda toda la revelación de Dios. Habéis enredado la revelación del Señor de modo que ya ni se entiende, porque habéis hecho leyes de hombres en vez de la ley de Dios. Echemos abajo todos estos mandamientos humanos. Fijaos en lo principal. Este es el principal mandamiento: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser. Y el segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo’.

Lo original de Cristo no es decir que el principal mandamiento es amar a Dios, sino que puso en el mismo nivel ‘el amor al prójimo’ y la regla que dispuso fue ‘como a uno mismo’. Esto sí es original del cristianismo: tenemos que amar al prójimo como amamos a Dios, y no podemos separar estas dos direcciones del amor.

Hay quienes han olvidado amar a Dios y al prójimo y, tan sólo se aman a sí mismos; un amor propio que les lleva a negar a Dios y a enfrentarse con el prójimo, o a olvidarlo que es otra forma de golpearlo con el desprecio y la indiferencia.

Están también quienes entran en las iglesias, se comen a los santos, cumplen minuciosamente los preceptos y mandamientos de la Iglesia, pero, después olvidan sus obligaciones con el prójimo y pasan a su lado sin ningún tipo de sentimiento ante sus dificultades, sin empatía, sin mover un músculo para socorrerle.

Muchas veces hemos dicho que no es posible celebrar la Misa el Domingo con mucha devoción y vivir una semana cometiendo injusticias u omitiendo salir al encuentro de los necesitados. Jesús nos lleva a una vivencia de la fe en la que Dios es fuente y, a Él le debemos toda la Gloria, el Honor y el Poder, pero también nos enseña y nos lleva a reconocer en el prójimo la aplicación práctica de una fe que no nos puede esconder lo que vivimos o anestesiar ante tantas realidades humanas de dolor. Algunos se quedan tan anchos cumpliendo el mandamiento de acudir a Misa todos los domingos, pero no tienen ningún problema de pasar por alto las necesidades humanas cercanas a su vida; comulgan con toda devoción, con los ojos cerrados y con las manitas juntas, pero continúan con los ojos cerrados ante las necesidades de los demás y con las manos juntas inactivas e insolidarias.

¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley? Si la gloria de Dios es que el pobre viva, el mandamiento principal de la Ley es cuidar a quien vive una vida indigna, golpeada por la necesidad material o espiritual. Qué terrible tiene que ser luchar por llegar a fin de mes, o sacar a los hijos adelante con recursos escasos. Qué terrible vivir sin trabajo, hipotecado, desahuciado, con enfermedades terminales, en soledad; qué terrible vivir en pecado, sin conocer a Jesús, siempre con malas noticias; qué terrible vivir las cárceles de las adicciones: la droga, el alcohol, el sexo; qué terrible vivir la soledad o la violencia o el desprecio dentro del matrimonio o la familia… No seamos ingenuos para pensar que no hay necesidad a nuestro alrededor. Esas son las mentiras a las que nos acostumbran nuestros políticos, que suelen barrer ante ciertas visitas y meten la basura debajo de la alfombra. Sí hay necesidad, sí hay personas que están fuera de los límites sociales, sí es necesario que adoremos a Dios en la carne débil y golpeada de nuestros prójimos. Sí podemos adorar a quien tenemos a nuestro lado, dedicándole tiempo y cariño en sus necesidades y nuestros bienes si fueran necesarios. El diezmo no es dar de lo tuyo, sino devolver al pobre lo que le pertenece.

Es curioso que los políticos y otros piensan que las soluciones a los problemas sociales tienen que ser técnicas o económicas. La propuesta de Jesús es más sencilla y real, va a lo esencial: amar y amar; en tres direcciones: a Dios, al prójimo y a nosotros mismos. Amén.                                                                                      P. Ángel Hernández Ayllón

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