DOMINGO XXXIII, CICLO A

Nos encontramos en el último domingo del Año litúrgico, previo a la celebración festiva de Cristo Rey. La Iglesia es una comunidad en espera activa del retorno de Cristo.

 El Evangelio nos muestra un hombre rico que antes de marcharse a un país, según la versión de Lucas, un país lejano, repartió sus bienes entre sus empleados: a uno le encomendó cinco talentos, a otro dos y a otro uno. Este detalle es fundamental en nuestra relación con Dios. El ‘irse a un país lejano y repartir sus bienes’ habla que Dios tiene una presencia en este mundo no de intervención directa, y que esta hacienda-propiedad de Dios queda a nuestro cuidado, nos habla de la responsabilidad que tenemos de que el Reino de Dios avance, no sólo por Gracia de Dios, sino también por el compromiso de cada cristiano en su ambiente familiar, social, laboral… Que Dios se ausente, se vaya a un país lejano y nos encomiende la tarea del Reino, es la manera de imaginar que Dios no se hace presente como el gran director del teatro de títeres del universo. Dios no dirige o interviene directamente en lo que ocurre en este mundo. Si lo hiciera ¿dónde quedaría nuestra libertad? Es verdad que nos resulta más cómodo aplicarle toda responsabilidad a Dios: ‘Dios lo ha querido’, ‘si Dios quiere’… u otras, son expresiones en las que derivamos la responsabilidad a Dios…, pero justamente la parábola de los talentos nos está urgiendo a que seamos responsables en nuestra vida y nos comprometamos en las situaciones en las que podemos y debemos intervenir. Debemos ser místicos con los ojos abiertos. Nuestra fe no nos esconde en castillos espirituales. Recordemos también el pasaje de la multiplicación de los panes y los peces: ante la sorpresa de los apóstoles Jesús les dice: ‘dadles vosotros de comer’. Sólo tenemos cinco panes y dos peces…, evidentemente no es suficiente, pero Dios completa nuestra pequeñez y pobreza, no actúa sin nuestro trabajo, no suplanta nuestro esfuerzo. Respeta nuestra libertad y cuenta con ella.

El empleado negligente y holgazán, que piensa en sí mismo, representa la religiosidad individual. No producir los talentos, aunque sean mínimos, es pensar en nosotros mismos. Lo que no se entrega, decía Teresa de Calcuta, se pierde. Por eso, nuestra fe habla de comunidad, de compromiso. No es posible esconder el talento bajo tierra, no es posible vivir la fe individualmente, privadamente: mi fe, mi intimidad, mis devociones…; la fe es personal y lo personal habla y nos dirige a la comunidad. No hablemos de ‘mi salvación’, ‘mi religión’… Hablemos de nuestra salvación pues formamos parte de un pueblo. Nos dice Pedro en una de sus cartas que ‘somos familia escogida, sacerdocio al servicio del Rey, nación santa y pueblo adquirido por Dios’ (1Pe 2, 9).

El vivir la fe con la conciencia de formar parte de un Pueblo, nos abre a una relación maravillosa que es la de los hermanos. Ser cristiano no me pone en relación con Dios olvidando la realidad en la que vivo o ignorando insensiblemente las dificultades de los que me rodean. Cuando rezamos ‘Padre Nuestro’, ese comienzo de la oración del cristiano nos está recordando dos cosas: que a Dios le llamamos Padre y por lo tanto, nos situamos como hijos, pero además, si le aplicamos el ‘nuestro’ estamos declarando nuestra condición de hermanos y por lo tanto, no podemos vivir la fe sólo unidos a Dios y ajenos a los demás, no es posible, no es cristiano.

 La segunda lectura nos urgía a que despertáramos de la modorra en la que la sociedad actual nos introduce: estad vigilantes y despejados. Es una invitación a no perder de vista la meta y el camino que estamos haciendo. No podemos peregrinar de cualquier forma y no podemos desviarnos del camino. Estar vigilantes y despejados significa que no invirtamos el valor a las cosas, que sepamos distinguir entre lo relativo y lo absoluto, entre lo bueno y lo malo; significa no olvidar que nuestra meta no pertenece a este mundo, pues todo es pasajero y caduco, estar vigilantes y despejados es no dar espacio al pecado y a todo lo que nos divide, es abrir los ojos y descubrir que el otro, el que está cerca de mí, con el que vivo y trabajo es mi hermano y que no puedo crecer y madurar sin él. Estar vigilante y despejado es no vivir en la mentira de confundir lo urgente con lo importante o lo que tiene precio con lo que tiene valor, es descubrir a Dios como meta y guía en la vida. 

Hoy ponemos nuestra mirada en la Iglesia Diocesana y en la Iglesia necesitada y perseguida. Lo Diocesano me habla de que formo parte de una familia, una porción del pueblo de Dios; existe un vínculo fuerte que me une a aquellos que forman parte de mi diócesis: el obispo nos une como principio visible y fundamento de unidad… Hay momentos donde nos cuesta salir de nuestros particularismos, de nuestros grupos y corremos el peligro de olvidar que formamos parte de un cuerpo, de una historia, de una familia. Oremos hoy por la Iglesia Diocesana que nos engendra y alimenta en la persona de nuestro obispo y de toda la riqueza espiritual que en ella se encuentra. Oremos para que nuestras diócesis sigan siendo lugares donde el Evangelio se encarna y se transmite, donde la Palabra de Dios resuena y purifica, donde la Eucaristía se parte como alimento, donde la gente encuentre consuelo y apoyo.

A la Iglesia Necesitada y Perseguida la ponemos también en medio de nuestras intenciones y oramos en esta Eucaristía por las dificultades de tantos hermanos y comunidades que sufren la necesidad y la persecución. Que el Dios de la paz y la Vida que nos congrega en familia nos bendiga y cuide a todos. Amén.                     

 P. Ángel Hernández Ayllón.

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