ADVIENTO, TIEMPO DE ALEGRE ESPERANZA Y RESTAURACIÓN

Adviento, tiempo de alegre esperanza y restauración.

Este domingo la Palabra es una fuerte invitación a la vigilancia, a estar despiertos, despejados, preparados… El mundo nos propone muchas sensaciones y experiencias pero casi siempre a costa de anular lo espiritual, de anestesiar la parte íntima de la persona. No hay lugar para Dios, algunos a lo más, aceptarán una presencia íntima, privada, separada de la realidad social y humana. Dios recluido en las sacristías y en las conciencias. Hace unos días hablaba con una amiga que había formado parte de una Asamblea de ‘Podemos’ y me alertaba justamente por su planteamiento respecto a la religión: la religión fuera de la escuela, fuera del espacio público…

Pues mirad, el Adviento es justamente lo contrario: acoger a un Dios que sí le interesa lo cotidiano, nos mueve a dejar a Dios el espacio que le corresponde en nuestra vida y en la sociedad. El misterio que preparamos en el Adviento es justamente la venida, la proximidad, la cercanía de un Dios Amor que quiere intervenir en ‘lo nuestro’ y lo hace para redimir, restaurar, sanar, liberar… El Adviento tiene que ser para los cristianos un tiempo en el que renovemos nuestra fe y experiencia en un Dios Amor y cercano que influye en nuestras vidas.

Pero, ¿cómo buscar a Dios si no reconocemos que tenemos necesidad de él? No podemos desear la liberación si no tenemos conciencia de estar oprimidos. Es cierto, que uno de los males que arrastramos es haber perdido la conciencia de pecado y la necesidad de Dios en nuestra vida.

Son muchos los factores que influyen en tan profundas pérdidas. Algunas causas vienen de fuera: potenciar excesivamente lo sensitivo, darle culto de idolatría a los bienes de este mundo, una religiosidad superficial, un individualismo que nos cierra a los pobres y necesitados, olvidar cuál es nuestra meta definitiva…; pero además, algunos han perdido la conciencia de pecado y la necesidad de Dios por los malos ejemplos, silencios, omisiones y pecados de quienes deberían ser ejemplo en sus comunidades. Es doloroso escuchar y tener que aceptar los pecados y actos delictivos en los que algunos clérigos han incurrido. Ante tan vergonzosas situaciones el Papa marca el camino: tolerancia cero, pedir perdón a la víctima, acompañarla y acudir con urgencia a los tribunales. Es un mal que termina por afectar a toda la Iglesia y que pone en cuestión la maravillosa obra que la Iglesia está realizando en los lugares más olvidados, por miles de cristianos anónimos, sacerdotes y laicos. Como sacerdote pido perdón en nombre de la Iglesia a todas las víctimas y a todas las personas sencillas que sienten dolor y desazón por los acontecimientos que se están investigando últimamente.

Ante las supuestas situaciones nuestra posición es clara: son crímenes detestables y pecados horribles. Pero, ¿cómo reaccionamos? Lo primero es sentir un profundo dolor, pues es la Iglesia la que se pone en entredicho. Lo inmediato es acompañar a las víctimas en su dolor y acudir con urgencia a los tribunales colaborando con ellos. Ahora bien, el adviento nos ayuda a responder y a situarnos ante el misterio de la vida, de dolor y del pecado, desde la clave de un Dios que se aproxima a nuestra realidad humana para elevarla y sanarla. Hoy más que nunca necesitamos de un Dios encarnado que se hace presente en nuestra debilidad. Jesús vino no a condenar, sino a salvar, a redimir, a rescatar lo que estaba perdido: ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos, por eso el Adviento nos habla de restauración, de reconciliación, de salir al encuentro de aquellos a los que les hemos retirado la confianza y la vida les ha robado las oportunidades. El Papa ha ‘primereado’ esta crisis. Su inmediatez y contundencia en la acción marcan de nuevo el camino a seguir: las llamadas a la víctima, su petición de perdón, el compromiso para resolver el asunto con urgencia, su invitación a denunciar ante los tribunales y su propuesta para formar parte de la Comisión de víctimas.

Jesucristo condenaba el pecado, pero acogía al pecador. Justamente el Adviento nos prepara para recibir a Jesús que vino restaurar, a acoger, a purificar, a sanar… Ante el pecado o delito, el mundo no entiende de procesos humanizadores, de restauración, de reconciliación…, la justicia humana aun cuando debería ser restaurativa, no acoge sino que aplica una pena fría…

La iglesia nace y renace continuamente de la gracia de Dios, por eso, aprovecho para animar a todos y a cada uno de los bautizados a que no nos avergoncemos del Evangelio y de la Iglesia que es nuestra madre; es cierto que está llena de arrugas, pero sigue siendo nuestra madre, la que nos engendra y alimenta. En el Credo profesamos que es Santa en sus medios, en su fundamento, en su institución…, pero pecadora en sus miembros y por lo tanto necesitada de conversión diaria en ti y en mí.

Pues bien, ante esta realidad dolorosa de pecado en la Iglesia y en cada uno de nosotros, el Adviento es un tiempo de conversión, de purificación, de pedir a Dios que nos mantenga en la vigilancia, que estemos atentos en nuestra vida y en nuestra comunidad para que siempre demos lo mejor y nuestras actitudes y planteamientos pastorales permitan que Cristo Jesús se encarne y nazca entre nosotros. No podemos vivir el adviento alimentando actitudes que corrompen el Evangelio, por eso, se hace urgente que como comunidad permitamos a Dios habitar y fecundar nuestras vidas.

El salmo responsorial nos decía: Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. “Restáuranos, que brille tu rostro”. Es la meta que nos debemos proponer en este Adviento, que brille el rostro de Dios en nosotros, en nuestras acciones y en nuestras actitudes y que finalmente Jesús nazca en nuestras vidas. Para ello, debemos estar vigilantes y no debe decaer nuestra esperanza. Quiero terminar con la segunda lectura: ‘En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús…: porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo… y Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el tribunal de Jesucristo Señor Nuestro. Y Él es fiel’. Gracias a todos vosotros, los que formáis esta comunidad, por vuestro testimonio cristiano, por vuestra fidelidad, por vuestro compromiso… Hay manchas en la Iglesia, pero también hay un testimonio sincero y fuerte en todos vosotros. Le pido a Dios para que todos, vosotros y yo, seamos fieles a su gracia y caminemos por el Adviento manifestando a los demás que Jesús está vivo y que la vida de Cristo es con mucho lo mejor. Que Dios cuide de su Iglesia y nos de la gracia de una renovación profunda que nos restaure, para que Cristo brille con su luz. Amén.                                               P. Ángel Hernández Ayllón

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