ESTAD ALEGRES… NOS VIENE UNA BUENA NOTICIA

Estad alegres… Nos viene una Buena Noticia. Domingo III Adviento. Ciclo B.

El Evangelio nos habla de Juan Bautista que tenía dos misiones importantes: la primera dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. Aunque él no era la luz, sino tan sólo testigo de la luz. La segunda misión es la de ser voz que grita: allanad el camino al Señor.

Ser luz y ser voz. Luz para iluminar, para ayudar a salir de las tinieblas y voz para avisar, recordar, anunciar y también para denunciar. Un cristiano ha de iluminar y ha de proclamar, no es posible un cristiano apagado y callado.

No podemos olvidar que Jesucristo hace presente el amor de Dios y lleva a cabo la profecía de Isaías. La vida de Jesús ilumina y da sentido a las múltiples situaciones de limitación y dolor que vivimos: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor’. El Señor viene a dar buenas noticias, a vendar los corazones, a dar libertad, a sanar, a perdonar… Jesucristo viene a sacar de las tinieblas en las que muchas veces vivimos y darnos un mensaje de salvación, de amor y de paz de parte de Dios.

Pero, ¿qué Navidad estamos preparando? ¿A quién estamos esperando? Nos dice Juan que la luz vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron, pero a los que la recibieron les dio poder para ser hijos de Dios. Pues bien, Jesús viene a traernos luz y una Palabra, un mensaje de salvación y de paz, pero provoca dos reacciones: en unos la fe y en otros el rechazo, prefieren las tinieblas a la luz.

¿Es posible rechazar el amor, la paz…? No es lógico, pero sabemos que sí es posible y la realidad es que algunos prefieren vivir de espaldas a Dios. Pero, ¿cuáles son las consecuencias de vivir de espaldas a Dios? Destacaría dos: la pérdida de esperanza y la tristeza existencial. La raíz de la falta de esperanza está en el intento de olvidar a Dios en nuestras vidas; nos llenamos de cosas, necesitamos consumir de todo, pero no nos satisface nada, siempre necesitamos más y más. Hay una necesidad interior que nada puede llenar, además, el olvido de Dios conduce al abandono y al enfrentamiento con el hombre. Permitidme, una pequeña valoración: es curioso que en la Navidad todos tengamos necesidad de darnos a los demás, ¿por qué no hacerlo durante el año? ¿Es proporcional la ayuda que prestamos a los demás con lo que invertimos en nosotros? ¿Estamos dispuestos a que nos afecte la vida de los demás o tan sólo queremos dar cosas puntualmente? Más todavía, cuando perdemos la esperanza no sabemos dar sentido al sufrimiento, a las dificultades, a la enfermedad y mucho menos a la muerte. Cuando perdemos la esperanza la vida se reduce a lo que vemos y tocamos y perdemos de vista la meta a la que somos llamados.

Otra consecuencia de vivir de espaldas a Dios es la tristeza existencial. Vivimos en una sociedad con acceso a ‘muchas cosas’, podemos satisfacer muchos deseos e incluso caprichos, sin embargo, arrastramos una tristeza que no encuentra motivos interiores para vivir con gozo y alegría. La segunda lectura nos desafía precisamente a ‘estar siempre alegres, a dar gracias constantemente por todo. El prefacio de la Misa nos dice: ‘En verdad es justo y  necesario es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar’. ‘Darte gracias siempre y en todo lugar’.

 

La alegría del mundo depende del tener, del disfrutar, de experiencias que vienen del exterior…, son alegrías, algunas muy intensas, pero siempre pasajeras, que dejan el corazón herido y que nos llevan a buscar más y más y siempre más intenso.

 

La alegría del Evangelio, sin embargo, nace del encuentro con Cristo y del compartir con los pobres. «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 2).

 

La alegría nos viene en una persona, la de Jesús, el Hijo de Dios. Allanemos el camino, es decir, preparemos nuestra vida para acogerle. Te formulo dos preguntas: ¿Vives la alegría, vives desde la alegría? Quizás estés lleno de cosas que no te satisfacen o quizás estés cargando con dificultades grandes que te hacen perder los motivos de esperar y de vivir: una enfermedad, un no saber cómo afrontar los pagos del alquiler, de la calefacción, un tener que soportar el alcohol en mi marido, la muerte de un ser querido… Te formulo la segunda pregunta: ¿De qué forma vas a acoger a Jesús en tu vida? Se me ocurren algunas: vive la oración cada día, haz una buena confesión, no tengas miedo a desprenderte de tus bienes, comparte de lo tuyo, se más austero, dedica tiempo al silencio, visita enfermos, no hables mal de los demás, perdona a quien te haya ofendido y pide perdón a quien le hayas herido, apaga la televisión e interésate por los de tu casa…

 

La Palabra nos recuerda que no hay otro dios fuera del Señor: Yo soy el Señor y no hay otro. En el Evangelio Jesús nos dice: ‘Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. Aquí reside el motivo de nuestra tristeza o de nuestra alegría.

 

Quizás estemos usurpando a Dios lo que le corresponde y estemos viviendo una vida sujeta a lo material, a lo caduco, a lo pasajero, a la embriaguez del dinero, de la apariencia…, que no alcanza su plenitud y alegría porque le falta lo más importante y fundamental: dar a Dios lo que le corresponde, ponerlo en su lugar.

 

Allanar el camino al Señor es descubrir que Dios no es un accesorio más…, algunos piensan que sin Dios es posible vivir bien y que Dios lo único que hace es complicar la vida…, nada más falso de la realidad. Dios no es un obstáculo, ni un problema, todo lo contrario; Dios es nuestro mejor aliado, pues el misterio del hombre se esclarece únicamente en el misterio de Dios. Vive el tiempo de Adviento preparando la venida del Señor, Él es luz y trae un mensaje de salvación para que seas feliz.

                                                                                  P. Ángel Hernández Ayllón

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