UN DIOS QUE RECONCILIA

Homilía del Papa Francisco en la Casa  Santa Marta. 23/1/15

Dios ha reconciliado consigo el mundo en Cristo y nos confió a nosotros el mensaje de reconciliación (cf. 2 Corintios 5, 19). Es hermoso este trabajo de Dios: reconciliar. Dios nos encomienda también a nosotros esta tarea, es decir, realizar la reconciliación, reconciliar siempre.

No cabe duda que el cristiano es hombre y mujer de reconciliación, no de división. Y sabemos que el padre de la división es el diablo. Es Dios mismo quien da este ejemplo de reconciliar al mundo, a la gente. Hemos escuchado en la primera lectura, de la Carta a los Hebreos (8, 6-13), esa promesa tan hermosa: “Yo haré una nueva alianza”. Es una cuestión tan decisiva que cinco veces en este pasaje se habla de la alianza. En efecto, es Dios quien reconcilia, estableciendo una nueva relación con nosotros, una nueva alianza. Y por ello envía a Jesús; el Dios que reconcilia es el Dios que perdona. Este pasaje termina con esa hermosa promesa: “Ya no recordaré sus pecados”. Es el Dios que perdona, que reconcilia. Sella la nueva alianza y perdona. Pero ¿cómo perdona? Ante todo, Dios perdona siempre. No se cansa de perdonar. Somos nosotros quienes nos cansamos de pedir perdón. Cuando Pedro preguntó a Jesús: ¿cuántas veces tengo que perdonar?, ¿siete veces?, la respuesta recibida fue elocuente: «No siete veces sino setenta veces siete» (cf. Mateo 18, 21-22). Es decir, siempre, porque precisamente así perdona Dios: siempre. Si tú has vivido una vida con muchos pecados, muchas cosas malas, pero al final, arrepentido, pides perdón, te perdona inmediatamente.

En cambio nosotros no tenemos esta certeza en el corazón y muchas veces dudamos  si Dios perdonará. En realidad  sólo hay que arrepentirse y pedir perdón: ¡nada más! ¡No hay que pagar nada! Cristo pagó por nosotros y Él perdona siempre.

Otra cosa importante es que Dios no sólo perdona siempre, sino también que perdona todo: no existe pecado que Él no perdone. Tal vez alguien podría decir: «Yo no voy a confesarme porque he hecho muchas cosas malas, muchas de esas cosas, por lo que no tendré perdón…». En cambio, esto no es verdad, si tú vas arrepentido, Dios lo perdona todo. Y muchas veces no te deja hablar: tú comienzas a pedir perdón y Él te hace sentir la alegría del perdón antes de que tú hayas acabado de decir todo. Como sucedió con ese hijo que, tras haber malgastado todo el dinero de la herencia con una vida inmoral, luego se arrepintió y preparó el discurso para presentarse ante su padre. Cuando llegó el padre no lo dejó hablar, lo abrazó: porque él perdona todo. Lo abrazó.

Luego hay otra cosa que hace Dios cuando perdona: hace fiesta. Y esta no es una imagen, lo dice Jesús: “Habrá fiesta en el cielo cuando un pecador vaya al Padre”. Así cuando nosotros sentimos nuestro corazón apesadumbrado por los pecados, podemos decir: vayamos al Señor a darle alegría para que me perdone y haga fiesta. Dios actúa así: hace fiesta siempre porque reconcilia.

Las palabras de la Carta a los Hebreos sugieren algo hermoso sobre el modo de perdonar de Dios: Dios olvida. Con otras palabras la Escritura dice también: «Tus pecados los arrojaré al mar y si son rojos como la sangre, llegarán a ser blancos como un corderillo» (cf. Miqueas 7, 19; Isaías 1, 18).

Dios, por lo tanto, se olvida. Y así, si alguno de nosotros va al Señor y dice: ¿Te acuerdas, yo ese año hice aquella cosa mala?, Él responde: «No, no, no. No recuerdo». Porque una vez que Él perdona no recuerda, olvida, mientras que nosotros muchas veces con los demás llevamos una “cuenta corriente”: este una vez hizo esto, una vez hizo esto otro…». En cambio,  Dios, no: perdona y olvida. Y si Él olvida, ¿quién soy yo para recordar los pecados de los demás? El Padre, sin embargo, olvida, perdona siempre, todo y hace fiesta, quiere reconciliarse y encontrarse con nosotros.

Cuando uno de nosotros —un sacerdote, un obispo— va a confesar, siempre tiene que pensar: ¿estoy dispuesto a perdonar todo,  a perdonar siempre? ¿Estoy dispuesto a alegrarme y hacer fiesta, a olvidar los pecados de esa persona? Si tú no estás dispuesto, mejor que ese día no vayas al confesonario: que vaya otro, porque tú no tienes el corazón de Dios para perdonar. En la confesión, es verdad, existe un juicio, porque el sacerdote juzga, diciendo: «has hecho mal en esto, has hecho…». Sin embargo, es más que un juicio: es un encuentro, un encuentro con el Dios bueno que siempre perdona todo, que hace fiesta cuando perdona y que olvida tus pecados». Nosotros sacerdotes debemos tener esta actitud: hacer encontrar. En cambio, muchas veces las confesiones parecen un trámite, una formalidad, donde todo parece mecánico, pero ¿dónde está el encuentro con el Señor que reconcilia, te abraza y hace fiesta? Este es nuestro Dios, tan bueno.

Es importante enseñar a confesarse bien, de modo que aprendan nuestros niños, nuestros jóvenes, y recuerden que ir a confesarse no es ir a la tintorería para que te quiten una mancha: confesarse es ir al encuentro del Padre que reconcilia, que perdona y que hace fiesta.

Pensemos en esta alianza que el Señor hace cada vez que pedimos perdón y en nuestro Padre que siempre reconcilia: el Dios reconcilió consigo al mundo en Cristo, confiando a nosotros la palabra de la reconciliación.  Que el Señor nos dé la gracia de estar contentos hoy por tener un Padre que perdona siempre, que perdona todo, que hace fiesta cuando perdona y que se olvida de nuestra historia de pecado.                                                            PAPA FRANCISCO

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