CRISTO, PIEDRA ANGULAR. Homilía del Domingo IV de Pascua

La piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en piedra angular. ¿Qué significa esta expresión? La piedra angular en donde todo se apoya y sin la cual el edificio se viene abajo. ¿Sobre qué estamos edificando? ¿Cuál es nuestra piedra angular?

Actualmente se nos invita a consumir sensaciones, experiencias, a viajar…, se nos ofrece todo y muchas veces no se nos da nada. Cuando quitamos la piedra angular a nuestra vida hay momentos en los que no podemos dar respuesta a las preguntas que la vida nos hace. Cuando miramos al Resucitado siempre renace la esperanza, pero ¿qué ocurre cuando nos olvidamos de quien tiene la respuesta y da sentido a nuestras vidas?

Todos sabemos qué ocurre cuando edificamos la vida sin fundamento, sin verdaderos apoyos, cuando intentamos llenarnos de cosas, cuando nos dejamos llevar por las metas humanas de consumir, tener, alcanzar, viajar… Hay personas que han corrido mucho, han llegado muy alto, tienen nombre social…, pero sin embargo, hay una tristeza vital, la tristeza dulzona que amodorra al mundo y que nos hace perder el sentido de las cosas y oscurece el destino al que estamos llamados.

Hay personas que han perdido de vista su destino en la vida. Algunos reducen su vida a comer, beber, relacionarse, trabajar y huir de todo aquello que perjudica y dificulta la vida, como la enfermedad y la muerte. Pero, ¿a qué estamos llamados? ¿cuál es nuestro destino? ¿nuestra vida la podemos reducir a comer, reproducirnos, viajar, dormir, enfermar y morir? Entonces, ¿nuestro destino es el mismo que el de un pájaro, un perro, o un caballo? Mi destino personalmente no. Nos lo dice la Palabra de Dios: ‘Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar y, bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos’.

¿Quiénes son los arquitectos? Son los que proyectan y ordenan la sociedad: políticos, profesores, guionistas… A Dios lo han marginado de nuestra sociedad y lo han pretendido ocultar, algunos hasta matar. No tenemos que irnos muy lejos. El discurso político de agrupaciones ‘progresistas’ antiguas y otras emergentes quieren marginar el sentimiento religioso, quieren romper relaciones diplomáticas con el Vaticano, quieren hacernos creer que la fe, lo religioso no ha de ser público. Mi fe, la de Cristo, me impide vivirla íntima y privadamente, pues fue Él quien dijo que una vela no la podemos poner debajo de la mesa, si no que tenemos que ponerla visible para que alumbre a los de casa. Estos arquitectos utilizan sus púlpitos, mucho más visibles que en el que yo me encuentro, para ridiculizar la fe sencilla, pero valiente y pública de muchos creyentes que tenemos a Cristo como piedra angular de nuestra vida. La ley de libertad religiosa no puede impedir y obstaculizar que vivamos, celebremos y manifestemos nuestra fe.

Es un momento fundamental el que estamos viviendo, pues hay grupos que se están manifestando en contra de principios que para nosotros son fundamentales. No podemos enfrentarnos a nuestra obligación de ciudadanos sin haber hecho una reflexión ponderada y madura de qué nos ofrece cada uno y cuáles son las consecuencias.

Es claro que todos tenemos una responsabilidad en la construcción del bien común y que todos debemos participar, los cristianos también; como creyentes, todos tenemos que aportar al bien de la sociedad nuestra genialidad y originalidad evangélica y no dar la espalda a la construcción de una sociedad mejor y más humana; los cristianos, en esto, debemos estar muy comprometidos para que la piedra angular no se deseche y desprecie. La dimensión política de la fe es fundamental, no podemos cerrar los ojos a la realidad social que nos rodea y, menos aún, no podemos callarnos ante propuestas políticas que vulneran los derechos de las personas y arrinconan la libertad religiosa. Como cristianos tenemos la obligación de ofrecer una palabra creyente y unos criterios y propuestas para que nuestros políticos no abandonen el bien común de las personas por los intereses partidistas de poder.

El Reino de Dios en el que los bautizados estamos comprometidos tiene que dar luz. La economía, el poder político, los arquitectos de este mundo tienen respuestas técnicas que no responden a las necesidades de muchos. Uno de los problemas a los que nos enfrentamos actualmente es que a Dios se le ha negado su lugar en la sociedad, en la familia y en la vida de muchas personas. Cerrar los ojos ante Dios, nos convierte también en ciegos ante los demás. En palabras de Mons. Óscar Romero: ‘Dios es el Dios de Jesucristo. El Dios de los cristianos no tiene que ser otro, es el Dios de Jesucristo, el que se identificó con los pobres, el que dio su vida por los demás, el Dios que mandó a su Hijo Jesucristo a tomar una preferencia sin ambigüedad por los pobres’. ¿Qué lugar ocupan los pobres en nuestra sociedad? ¿Hasta qué punto los programas políticos están preocupados por asegurar la dignidad de cada persona? ¿Qué lugar ocupan los parados, los transeúntes, los privados de libertad, los desahuciados…? Una sociedad que le preocupa más el dinero y su inversión que las necesidades de las personas es una sociedad que no tiene respuestas a las cuestiones más importantes.

Pero, tenemos que tener cuidado de no mirar la mota del ojo ajeno sin ver la viga que llevamos en el nuestro. Por eso, dentro de la Iglesia debemos analizar si Cristo es la piedra angular. ‘Este es el compromiso de ser cristiano: seguir a Cristo en su encarnación, y si Cristo es Dios majestuoso que se hace hombre humilde hasta la muerte de los esclavos en una cruz y vive con los pobres, así debe ser nuestra fe cristiana. El cristiano que no quiere vivir este compromiso de solidaridad con el pobre, no es digno de llamarse cristiano’.                                  P. Ángel Hernández Ayllón  

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