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DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES

Sábado, Febrero 14th, 2009

 

 

 

Mediante el trabajo, el hombre, usando su inteligencia, logra dominar la tierra y hacerla su digna morada. La propiedad privada es un elemento esencial de una política económica auténticamente social y democrática y es garantía de un recto orden social. La doctrina social postula que la propiedad de los bienes sea accesible a todos por igual.

 

La tradición cristiana nunca ha aceptado el derecho a la propiedad privada como absoluto e intocable. Siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar de los bienes de la creación entera: el derecho a la propiedad privada como subordinada al derecho al uso común, al destino universal de los bienes’. El destino universal no se opone al derecho de propiedad. Pero, el destino universal de los bienes exige que se vele con particular solicitud por los pobres, por aquellos que se encuentran en situaciones de marginación y, en cualquier caso, por las personas cuyas condiciones de vida les impiden un crecimiento adecuado.

 

La miseria humana es el signo evidente de la condición de debilidad del hombre y de su necesidad de salvación. De ella se compadeció Cristo Salvador, que se identificó con sus ‘hermanos más pequeños’ (Mt 25, 40.45). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres. La buena nueva ‘anunciada a los pobres’ (Mt 11, 5; Lc 4, 18) es el signo de la presencia de Cristo.

 

El amor de la Iglesia por los pobres se inspira en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús y en su atención por los pobres. Este amor se refiere a la pobreza material y también a las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa.

 

‘Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia’ (San Gregorio Magno). El amor por los pobres es ciertamente ‘incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta’ (Sant. 5, 1-6).

Una parábola actual

El desperdicio habitual en los países ricos es del 85%. Hace años una investigación realizada por el Ministerio de Agricultura americano calculó que de 161 mil millones de kilos de productos alimentarios, 43 mil millones, es decir, cerca de la cuarta parte, acaban en la basura. Ante esta realidad el mayor pecado contra los pobres y los hambrientos es la indiferencia, fingir no ver, ‘dar un rodeo’ (Lucas 10, 31)